Los dos cuchos del sur
Yo era mucho más joven entonces.
Siempre he tenido cara de niña de casa, de esas que parecen no saber nada. La mayoría del tiempo sí lo soy. Hasta que me dan ganas. Y esa noche me dieron.
Me fui sola a un bar de mala muerte en el sur de Bogotá. Uno de esos lugares con sillas plásticas, olor a cerveza derramada y luz amarilla que no perdona. Esperaba, sin admitirlo del todo, que apareciera alguien que me gustara. Se me acercaron varios. Me ofrecieron pola. Sonreí, negué con la cabeza, pedí la cuenta y los despaché con educación. No era eso lo que quería.
Hasta que vi a los dos del fondo.
Dos cuchos. Ya entrada la cuarentena, o más. Sentados en una mesa contra la pared, hablando bajo y bebiendo sin apuro. No eran guapos. Tenían cara de haber trabajado toda la vida y de saber exactamente lo que querían cuando miraban a una mujer. Sentí el tirón de inmediato. Ahí podía ser.
Me levanté como si fuera al baño. Al pasar junto a su mesa, uno levantó la vista y se me quedó mirando e. No desvió los ojos. Yo tampoco. Seguí caminando.
El baño era un cubículo miserable con una cortina de tela delgada en lugar de puerta. Desde ahí, entre la rendija, podía verlo. Él se había inclinado un poco en la silla, como intentando mirar más abajo. Entonces, despacio, me bajé las bragas. Eran verdes, de algodón, con un bordado sencillo en el frente. Las dejé a la altura de los tobillos un segundo, lo suficiente para que él alcanzara a verlas bajo la falda. Después las recogí.
Vi que le hablaba al otro y le señalaba hacia el baño. Los dos se rieron. No fue una risa sucia. Fue casi tierna, de sorpresa, como si no esperaran que una muchacha de cara de casa hiciera eso. Entonces decidí terminar de empujarlos: sostuve las bragas en la mano, las moví un poco para que se notaran bien y me las enrollé en la muñeca como si nada. Salí del baño con ellas a la vista.
Me planté a unos pasos de su mesa y les hice una seña con el dedo.
No hay nada más indefenso que un Man parolo con un amigo igual.
Se levantaron sin decir casi nada. Caminamos hacia el fondo del local, donde había un pasillo oscuro que daba a un patio trasero. Dijeron que iban a mear. Nadie preguntó nada. Detrás de una pared baja, lejos de la luz, me quedé frente a ellos.
—Encima de las piernas —les dije—. No me atrevo a la boca.
Uno iba a mear antes, le grité
- Nooooo, aquí encima imbecil.
- Que le orine las patas mi
- ahhh
- ahhh(Cucho huevon)
Ellos asintieron.
Obedientes empezaron a mear, primero este viejo de ejemplo al pendejo, que me meta encima. No sé , nunca año había hecho y tenía morbo
Su amigo vino después. Se nota aquel estaba que se miaba hace horas o que se había hartado media piscina
El olor era fuerte como a amoniaco.
Me dio un poquito de asco? Obvio, de eso se trata.
Se bajaron ambos pantalones a la rodilla., el segundo agarrándolo de un lado como propenso a huir. No en mi guardia. Se los quite.
. Saqué las dos vergas. No eran perfectas. Eran de hombres mayores: más pesadas, con olor a día largo y a ropa usada. Me arrodillé sobre el piso irregular y empecé a chuparles las huevas primero, despacio, mientras las masturbaba. Después subí a las vergas. Las turné. Una en la boca, la otra en la mano. Después al revés. Ellos hablaban poco.
-esta hijueputa que
- quiere chimbo mk, us calles
- me la va arrancar esa malparidaaaa
respiraban fuerte y se miraban de vez en cuando, como sorprendidos de que aquello estuviera pasando de verdad.
Los chupé hasta que los sentí tensarse. Entonces me eché un poco hacia atrás, levanté la falda y les ofrecí los muslos.
Se corrieron casi al mismo tiempo.
Caliente, espeso, resbalando por la piel. Uno más arriba, cerca de la ingle. El otro más abajo, hacia la rodilla. Me quedé quieta unos segundos sintiendo cómo les escurría, con las bragas verdes todavía enrolladas en la muñeca. Me limpie un poco con ellas y me las puse. Sorpresa los viejos.
Después me levanté, me bajé la falda y me acomodé el pelo. Ellos se guardaron en silencio. Uno sacó un cigarrillo con manos un poco temblorosas. El otro solo se pasó la mano por la cara. Pedí uno para mí y lo fume hondo, se lo deje prendido al primer viejo el que más me gustó.
Yo sonreí con mi misma cara de niña de casa.
—Gracias —dije, como si les hubiera pedido la hora.
Besito en la boca a ambos para que se conozcan mejor con el amigo, con trocitos de semen
Y me fui caminando hacia la salida, con el semen todavía fresco en las piernas y las bragas verdes mojadas del sagrado jugo de esas verghas
Esa noche, en un bar de mala muerte del sur, dos cuchos se corrieron encima de la muchacha que parecía no saber nada.
Y yo, por dentro, sabía exactamente lo que había hecho.
Juepucha,me voy a tocar. Esta va, con los dedos ya húmedos por ustedes mis lectores, sobre todo tu que dejaste de insultarme en el chat. Ya no es lo mismo lleno de mandilones








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar