El pasado 4 de julio el sol ya se había metido y el río seguía sonando de fondo, y para entonces ya llevábamos como seis cervezas encima cada uno. El grupo se había hecho más grande de lo que esperábamos, y entre las carpas ajenas apareció una pareja que no conocíamos de nada: ella se llamaba Mandy, una rubia flaca de tetas paradas que se le marcaban con la pura camiseta mojada, y él, Marcos, un tipo moreno, grande, de brazos peludos y una sonrisa de perro sabiendo lo que quiere. Nos cayó bien desde el principio. Con mi esposo se hicieron cuates rápido, y yo con Mandy me fui soltando con el trago.
Ya entrada la noche, cuando todos los demás estaban roncos de tanto hablar pendejadas, Marcos nos miró y dijo, sin rodeos: "¿Y si nos pasamos a su carpa? La noche está buena para no dormir". Mi esposo me miró, yo lo miré a él, y Mandy ya me estaba sobando la pierna por debajo de la mesa. No dijimos nada. Nos levantamos y nos fuimos los cuatro a nuestra carpa, como si nada.
Dentro de la carpa olía a pasto y a sudor y a cerveza. Mandy fue la primera en moverse: me besó, y no fue un beso de despedida, fue un beso con lengua, con dientes, con ganas. Yo sentí cómo me apretaba el culo con una mano mientras con la otra me jalaba el pelo. Atrás de nosotros, mi esposo ya se estaba quitando la camiseta, Marcos el pantalón, y cuando vi la verga de Marcos salir de su pantalón se me hizo agua la boca. Estaba bien parada, gruesa, con la cabeza morada y brillosa de tan dura.
Mandy me tumbó en el colchón inflable y me abrió las piernas sin pedir permiso. Se metió de golpe y empezó a chuparme la panocha como si tuviera hambre, con la lengua plana, después con la punta, después metiéndome dos dedos mientras yo me retorcía. "Estás empapada", dijo contra mi piel, y yo sentí sus palabras en el clítoris. Mientras tanto, mi esposo se estaba cogiendo a Mandy de perrito — la tenía agarrada de las caderas y le estaba dando duro, con un ritmo seco que hacía sonar la carpa, y ella gemía con la cara enterrada en el colchón, mordiendo la tela.
Yo no podía dejar de mirar. Ver a mi marido clavarle la verga a esa rubia flaca, verle las nalgas recibiendo cada embestida, me prendió como si me hubieran metido un dedo en el culo de sorpresa. Marcos se dio cuenta de que lo estaba mirando y se agachó sobre mí, me puso las piernas en los hombros y me la metió sin avisar. Me llenó toda — era más grande de lo que parecía y me estiró hasta que sentí que me partía en dos, pero no quise que parara. "Cógela duro", le dijo mi esposo desde atrás, y Marcos me cogió duro, con unas embestidas que me hacían rebotar contra el piso, mientras yo le pasaba las uñas por la espalda.
Mandy se volteó para mirarme mientras se la seguían cogiendo, y sus ojos me buscaron con una sonrisa sucia. Se arrastró hasta mí y me besó con la boca abierta, con sabor a cerveza y a saliva, mientras su esposo me empujaba y yo sentía mi propia sangre caliente. Los dos hombres nos estaban usando a la vez, y a ella le encantaba verme sufrir de gusto. "¿Te gusta que te la metan así?", me preguntó Mandy en el oído, y yo solo supe gemir.
Terminamos todos, pero no fue un final limpio. Yo me vine primero con un grito que se escuchó hasta el río, y luego Mandy se vino encima de la cara de mi esposo, y Marcos me llenó toda y se derrumbó sobre mí sudado y temblando. Ahí nos quedamos un rato, mezclados, oliendo a sexo y a humedad, con las piernas enredadas y las respiraciones entrecortadas.
A la mañana siguiente, cuando salimos de la carpa, ya sabíamos que la habían escuchado — las miradas, los cuchicheos, las risitas. Pero no me importó. Ver a Mandy desayunando con su esposo, con las marcas de mis dientes en el cuello, fue suficiente recompensa. Y mi esposo, desde el otro lado del fuego, me sonrió con una mano en la entrepierna, calentándome otra vez, porque sabía que esa historia no había terminado, apenas había empezado.







Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar