Entramos a un bar un poco oscuro, pedimos cerveza y nos sentamos en una mesa del fondo.
A los pocos minutos llegó un muchacho joven, de unos veintitantos, bien vestido y con cara de estar buscando. Se nos quedó mirando a ella de una vez. No disimulaba. Cada vez que ella se reía o se inclinaba un poco, el man se le iba la mirada directo a las tetas.
Yo lo noté y le dije bajito a ella:
—Ese pelao se te está comiendo con los ojos.
Ella se rio y le lanzó una mirada larga. El muchacho no se hizo el difícil. Se acercó, pidió permiso y se sentó con nosotros. Empezó a hablar, pero no podía concentrarse. Cada rato se le iba la vista a su escote y se le notaba que se le estaba parando.
Después de un par de tragos el man ya no aguantaba. Le dijo directo:
—Usted está demasiado rica… se me está parando solo de mirarla.
Ella se mordió el labio y me miró. Yo le hice una seña con la cabeza. El muchacho entendió. Pagamos la cuenta y nos fuimos los tres a un motel cerca.
Apenas entramos a la habitación, el joven se le tiró encima. Le bajó el vestido de un jalón y esas tetas enormes le cayeron en la cara. Se las chupó como loco, mordiéndole los pezones, apretándolas con las dos manos. Ella gemía y le agarraba el pelo.
—Qué tetas tan hijueputas… me voy a volver loco —decía él mientras las lamiaba.
Yo me senté a ver. El muchacho se bajó el pantalón y sacó una verga gruesa y dura. Ella se arrodilló y se la metió en la boca de una, chupándola profunda, babosa, mirándolo a los ojos. Él la agarró del pelo y le empezó a dar en la garganta, gemiendo.
Después la tiró en la cama, le abrió las piernas y se le montó encima. Se la embrocó de un solo empujón hasta el fondo y empezó a culiarla duro, bien salvaje. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y ella gritaba:
—Así… más fuerte… reventame la pucha…
El joven estaba como poseído. Le daba sin parar, sudando, mirándola con cara de no creerse lo que estaba culiando. Yo me acerqué, le puse la verga en la boca y ella me la chupó mientras el otro se la seguía culiando. El sonido de la pucha siendo golpeada se mezclaba con los chupidos.
En un momento la volteamos. El muchacho se la culiaba por la pucha y yo le metí la verga en el culo. Quedó llena de las dos. Empezamos a moverla entre los dos, profundo, fuerte. Ella gritaba, se corría, temblaba, con la boca abierta y la lengua afuera.
El joven no aguantó mucho. Se vino adentro de la pucha a chorros, gritando. Yo seguí culiándole el culo un rato más y también me vine, llenándoselo. Cuando sacamos las vergas, ella se quedó tendida, la pucha y el culo abiertos y chorreando semen de los dos, las tetas llenas de marcas de dientes y esa cara de puta completamente usada.
El muchacho se quedó mirándola un rato, todavía agitado, y solo dijo:
—Me volví loco con esta mujer…
Esa noche no salimos del motel hasta tarde.







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