El bus de la ruta Unicentro Yo lo tomo desde Fontibón con las puertas ya medio abiertas antes de detenerse por completo. Subí entre tres o cuatro personas más, agarrándome del pasamanos del primer escalón, Iba para el trabajo, rumbo al Lago, y conocía la rutina lo suficiente como para no buscar asiento: a esa hora el bus viajaba repleto y era normal ir de pie, apretado entre cuerpos, con el balanceo del vehículo marcando el ritmo de cada frenada.
Llevaba un vestido de popelina —tela respirable, fresca, pero ceñida al cuerpo— que había estado de moda por una época por alla den los 90's cómodo para el clima de Bogotá. Debajo, unos boxer de seda fría que se ajustaban sin apretar, una segunda piel casi imperceptible. Siempre con la mochila al frente, por los ladrones - no vaya ser ser roben mi almuerzo, y me acomodó en el espacio estrecho entre el pasamanos vertical y el respaldo del asiento que tenía delante. Cerré los ojos. El bus tomó la carrera 99, llena de huecos y el movimiento natural del chasis nos empujaba hacia adelante, hacia el hombre sentado justo delante de mi.
Primero fue el roce ordinario del transporte público. El hombro del hombre rozaba mi cadera al pasar por los baches, contacto sin intención, el tipo de cosa que nadie registra. Pero algo cambió. El hombro no se apartó cuando el bus se niveló ya en el Dorado. Se quedó ahí, presionando mi paquete, y después se deslizó con un movimiento que no tenía nada de casual. Bajó por la tela del vestido, se metió por debajo de mis huevos, y se quedó ahí, frotando con una presión calculada que no podía confundirse con el balanceo del vehículo.
Me separe un poco, desplazando el peso hacia el pasamanos. Abrí los ojos a medias. A mi alrededor, conversaciones en voz baja, el pitido del teléfono de alguien, el zumbido del motor. Frente a mi, contra la ventana una mujer de unos cuarenta años sostenía un libro abierto. Leía mientras hablaba con él, sin levantar la vista de las páginas. Me llamo la atención la portada: Adivina cuánto te quiero, de Sam McBratney. El libro infantil con las liebres dibujadas en la cubierta. Ella comentó algo sobre uno de sus hijos —"el menor no quiere ir al colegio mañana"— y el hombre respondió sin girarse, algo sobre una reunión con los profesores, y ella siguió leyendo, pasando la página con el pulgar, no debia ser un libro complicado pense, leer y hablar, bueno me entienden .
El hombro volvió. Se ubicó justo debajo de mis huevos y reinició el movimiento, esta vez con más decisión, una fricción ascendente que presionaba la base de mi verga contra la tela del boxer. Apreté la mochila contra el pecho y miré hacia abajo, por encima del hombro del hombre. Chaqueta oscura, cabello castaño cortado corto, barba de varios días con canas en la barbilla. Grande. Espalda ancha que ocupaba todo el asiento. Barbado, blanco, de unos cuarenta y cinco años. En ocasiones la cabeza ligeramente inclinada hacia la esposa, como si escuchara su lectura, pero el hombro no se detenía.
Dejé que siguiera, lo disfrutaba. La fricción constante sobre mi paquete, el roce de la tela del pantalón contra el boxer de seda fría, la presión del hombro grande y firme empujando mis huevos hacia arriba con cada movimiento del bus. Mi verga empezó a endurecerse, inflándose contra la tela, curvándose buscando espacio que no había. El boxer la apretaba, pero este tipo de materiales no tienen la fuerza para contener y cada movimiento del bus empujaba el hombro más fuerte contra ella. Noté cómo el hombre ajustaba el ángulo, girando el hombro apenas unos grados para que la costura de la chaqueta pasara directamente por el tronco de mi verga, de abajo hacia arriba, un movimiento que no lo da el bus, repetidamente.
La esposa leyó un pasaje en voz baja: "Te quiero hasta la luna", dijo, y el hombre respondió algo sobre que el niño iba a crecer y entender. Ella sonrió sin levantar la vista del libro.
La verga estaba tiesa hasta el punto de no poder más, dura como piedra, palpitando contra la tela del boxer con cada latido. Las contracciones empezaron sin que pudiera controlarlas. Primero una, un espasmo corto en la base, y después otra, y otra, y el semen saliendo empapando la tela de seda, caliente, espeso, empapando el boxer y manchando el frente del pantalon de popelina. Me temblaron las piernas en cada contracción, inconscientemente empujando contra él, los músculos de los muslos tensándose involuntariamente, los nudillos agarrando la correa de la mochila. Una, dos, tres, cuatro contracciones más, cada una con su temblor, cada una vaciándome un poco más. El semen se esparció por la seda fría del boxer, resbaló por la base de su verga, goteó hacia sus huevos.
La esposa seguía hablando con él como si nada, sin dejar de leer el libro. Comentó que el mayor había sacado un cinco en matemáticas. El hombre respondió "qué bueno" con la voz tranquila, y su hombro dejó de moverse.
Entonces, con disimulo, el hombre pasó su mano derecha por el frente de mi pantalon. Los dedos buscando la mancha húmeda, tibia, y presionando. Tomó el semen entre los dedos —índice y pulgar— y se los llevó a la boca. Los metió despacio, chupando la punta del índice, limpiándose los dedos con la lengua. Todo mientras la esposa pasaba otra página del libro.
Sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta. Primero se limpió el hombro, donde la chaqueta de cuero contenía parte del semen que goteó. Después pasó el pañuelo por el frente de mi pantalón, presionando suavemente, absorbiendo lo que pudo, pude ver una buena burbuja de semen en su pañuelo. La esposa giró la cabeza hacia él por un instante pero volvió a su libro.
El hombre abrió el pañuelo. Por el lado de la esposa estaba cerrado, doblado sobre sí mismo. Por el lado mio, el pañuelo quedaba abierto y visible. Y ahí, donde la esposa no podía ver, el hombre me mostró cómo pasaba la lengua por la burbuja de semen. Lamió el semen del pañuelo con movimientos lentos, largos, la lengua recorriendo la tela de punta a punta, recogiendo cada gota, cerrando los ojos un instante. La esposa leyó en voz baja el final del capítulo.
Pensé: adivina cuánto te quiero. Y si ella supiera cuánto quiere él mi leche.
Ya estábamos tomando la caracas por teusaquillo, saco el hombre una barra de mentas le ofreció una pastilla a ella y el tomo otra, diciéndole ella o que rico
Ella se bajo primero, se dieron un beso. La esposa cerró el libro, lo guardó en el bolso, y se levantó. El hombre se corrio un poco para abrirle paso para que ella bajara, pasó junto a mi. Me sente en el puesto libre que dejo ella. El rozándome el brazo con el suyo, apretaba mi pierna y con disimulo mi paquete. La tela del vestido estaba húmeda contra mis muslos, el boxer pegajoso y frío ya contra la piel. Con disimulo, pase la mano por el frente, alise la tela, me acomodó. Limpie lo mejor posible el desastre: estiró el pantalon, secó lo que pudo con un pañuelo propio, cruzó las piernas y el mirando. Presentandose, me dejo su numero de celular, se puso de pie y bajó los escalones del bus sin mirar atrás. La puerta se cerró.
El bus siguió su ruta hacia el Lago, y me quedé mirando por la ventana, con el sabor de la escena todavía pegado a la piel.







Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar