Cada viernes por la tarde tenía algo especial. Nos reuníamos en uno de los salones de nuestra alma mater para cumplir con nuestras responsabilidades académicas: preparar un taller, repasar las exposiciones del día o estudiar para el parcial de la noche.
Yo solía salir temprano del trabajo, sabiendo perfectamente que aquella tarde quería sorprenderlo. Me arreglaba con especial cuidado: vestido, una blusa de escote pronunciado, tacones y esa elegancia que siempre me había caracterizado. Pero los viernes tenían además un pequeño secreto entre nosotros, uno que hacía que cada encuentro tuviera una emoción diferente.
Llevábamos ya seis meses de noviazgo. Él era siempre atento, caballeroso, inteligente y especialmente pendiente de mí. Aquella tarde llegamos alrededor de las cuatro. Teníamos examen, así que comenzamos a estudiar como tantas otras veces.
Él, siempre preparado, me explicaba con paciencia cada tema. Yo intentaba concentrarme, aunque entre sus explicaciones y nuestras miradas cómplices resultaba cada vez más difícil mantener la seriedad. Había entre nosotros una tensión que no necesitaba palabras. Bastaba una mirada, una sonrisa o un pequeño gesto para saber exactamente qué estaba pensando el otro.
Y sí, estudiábamos. A nuestra manera.
Pasadas las cinco y cuarenta y cinco, cuando terminamos de repasar, el salón quedó en silencio. Cerramos la puerta y, por unos instantes, dejamos de pensar en el examen. Aquella complicidad que había ido creciendo durante los seis meses de relación terminó convirtiendo aquel momento en uno de esos recuerdos que permanecen para siempre.
Fue un encuentro intenso, lleno de deseo, complicidad y cariño. Los dos sabíamos que el tiempo corría y que antes de las seis y media tendríamos que volver a ser estudiantes responsables y presentar nuestro examen.
Nos arreglamos, respiramos profundamente y salimos del salón como si nada hubiera ocurrido.
Luego presentamos aquel examen inolvidable. Quizás fue precisamente porque habíamos vivido juntos una de esas tardes que solo pertenecen a dos personas que se conocen, se desean y se quieren profundamente.
Y lo mágico es que no fue la última vez.
A lo largo de nuestra carrera profesional, aquellos salones terminaron convirtiéndose en testigos silenciosos de nuestra historia. Entre libros, parciales, exposiciones y largas jornadas de estudio, también quedaron guardados nuestros secretos, nuestras miradas y esa pasión que nos acompañó durante buena parte de aquellos años.
Hoy, cuando recuerdo aquellos viernes, no recuerdo solamente la universidad ni los exámenes. Recuerdo una época en la que éramos jóvenes, nos estábamos descubriendo y aprendíamos, tanto dentro como fuera de las aulas, a vivir nuestra relación al máximo.








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