Las cabañas formaban un triángulo silencioso alrededor de la piscina. Tres casas, construidas por un viejo que las dejó como herencia a cada uno de sus hijos. Una estaba vacía. Otra la ocupaban dos hermanas con sus respectivos esposos. La tercera la tomamos nosotros 7 personas Yo y seis compañeros de universidad.
Llegamos el viernes por la noche. El Mazda 323 de uno de mis amigo y yo en moto. Mochila al hombro y en camiseta ajustada que no disimulaba los pectorales ni los brazos gruesos. La semana anterior había levantado 118 kilos en press banca, quedando decimocuarto en un campeonato de press plano en Bogota. No era un número para enmarcar, pero me daba cierta tranquilidad saber que mi cuerpo respondía. Era fisiculturista desde los 16, y a mis veintitrés la disciplina había tallado un físico que no pasaba desapercibido.
Tampoco tenía novia. La que iba a acompañarlo estaba en otros planes. Más exactamente: se había ido con un conocido suyo, un hombre casado cuyo matrimonio terminó destruido en el proceso. El asunto le había dejado un sabor amargo y pocas ganas de buscar reemplazo inmediato.
La piscina era el centro de todo. Yo en tanga la pasaba allí, orgulloso del trabajo que le había metido al hierro durante meses. Los vecinos de la otra cabaña aparecieron pronto. Dos hermanas mayores que nosotros, quizá de treinta o treinta y tantos, con cuerpos agradables y caras lindas. Sus esposos eran dos tipos que bebían desde el desayuno. Con ellos, el grupo de la cabaña hizo rápida empatía: compartieron cervezas, música, charla de nada.
Yo no bebía tanto. Estaba en vacaciones laborales y quería mantenerse pleno para el gimnasio. Además, me aburrió de ser testigo de los coqueteos entre sus amigos y las mujeres del grupo. Así que se meti en la cocina. Preparaba desayunos, almuerzos y cenas. Primero para los siete de su cabaña. Después, cuando las hermanas probaron mi arroz con pollo, también para los cuatro de la otra.
Por parte de la otra cabaña colaboraban con los gastos, y la convivencia se volvió natural.
El bronceador fue el puente. Una de las hermanas le ofreció aplicármelo en la espalda, y acepte. Luego les devolvi el favor. Las manos que recorrían hombros, cintura, la zona baja de la espalda. El contacto se fue haciendo más largo, más deliberado. Las conversaciones cambiaron de tono. Ya no hablaban del clima ni de la carretera. Hablaban de parejas, de insatisfacciones, de lo que les gustaba en la cama. Yo respondía con franqueza, y ellas con una curiosidad que no era solo conversacional.
Empezaron a presentarse cosas con las hermanas arrimones. Un roce de cadera junto a la parrilla, un pellizco en un mi entrepierna. Un beso rápido en la cocina cuando los esposos estaban en la piscina bebiendo. Otro beso, más largo, detrás de la cabaña, mientras ellos tomaban en la piscina. Las dos hermanas participaban, por turnos, sin que los esposos pillaran nada.
El lunes por la tarde, mis amigos salieron de regreso: lunes después del almuerzo, en el Mazda 323, apretados pero viables. Yo no iba con ellos, estaba en mi moto. Tenía martes libre, no trabajaba ni estudiaba. Las hermanas supieron que estaba de vacaciones y me quedaba en un hotel de Melgar. Una de ellas me abordó junto a la piscina, ya entrada la tarde del lunes, cuando el auto del esposo arrancaba para Bogota.
—Quédate —dijo, con una mano en su antebrazo—. Cuando se vayan ellos, pasa de noche. Quédate en nuestra cabaña los días que quedan.
La otra hermana asintió desde la puerta, con una sonrisa que no era exactamente hospitalaria. Había algo en la forma como lo dijeron, un morbo contenido, una promesa que no se decía con palabras. SE notó y no disgustó.
Pase como a las 6:30. Los esposos ya habían partido. La puerta de la cabaña estaba abierta y las dos mujeres me esperaban en la sala pequeña, cada una con un traje de baño que no dejaba mucho a la imaginación. La mayor usaba un bikini de dos piezas que apenas cubría lo necesario. La menor llevaba un conjunto negro con tiras finas que se cruzaban sobre el abdomen.
El saludo no fue en la mejilla. Fue en la boca. Primero una, con labios húmedos y presión firme. Luego la otra, con un mordisco leve en el labio inferior.
—Ponte cómodo —dijo la mayor, pasándome un vaso con hielo y algo transparente—. Quédate en tangas, lindas —añadió la menor, riendo con una voz grave que no tenía nada de inocente.
Me quité la camiseta. Quede en ropa interior unas tangas licradas, mostrando mi cuerpo que había cultivado durante meses las dos hermanas me miraron con una franqueza que no se molestaban en disimular, ya podían descararse nadie las veía, yo pensé y lo esposos creyendo que las hermanas solas si van a portar bien..
Los besos se volvieron frecuentes y descarados. La mayor le pasaba la lengua por el cuello mientras la menor me acariciaba el pecho. Las conversaciones giraban en torno al sexo: lo que les gustaba, lo que querían probar, lo que nunca habían hecho. Las parteas superiores del bikini desaparecieron. Los pechos al aire, los pezones oscuros, firmes. Las caricias eran de puro sexo: manos que bajaban por mi abdomen, dedos que se colaban por el caucho de mi ropa interior, uñas que raspaban la piel interna de los muslos.
La más lanzada me puso un condón con la boca, se montó encima y me cabalgó con un ritmo constante que lo dejó sin aliento. Luego la segunda, más lenta, más deliberada, con las manos apoyadas en su pecho mientras se movía.
Pero había algo que no me cuadraba. La erección no bajaba. Después de venirme, después de que ambas terminaran, seguía dura, pesada, casi dolorosa. Me senté en el borde de la cama y se la agarró con la mano, mirándola con perplejidad.
—¿Qué me dieron? —pregunté.
Las hermanas se miraron entre sí y soltaron una risa.
—Viagra —dijo la mayor, sin remordimiento—. Te la echamos en el trago, somos 2 mujeres ardientes y tienes que satisfacernos a las dos toca que aguantes.
La menor se acercó y me acarició la nuca.
—¿Alguna vez te han dominado? —preguntó—. ¿Alguna vez te has dejado someter por mujeres?
Negué. Nunca le había pasado, hombres si mujeres no.
—Sabes, Queremos dominar a un hombre grande —dijo la mayor, empujándome suavemente hacia atrás sobre la cama—. y tu eres nuestro candidato.
Me amarraron. Las muñecas a los postes de la cabecera con unas correas que aparecieron de ninguna parte. Los tobillos a los pies de la cama, separados, expuestos. Probe la sujeción: no cedía.
Las dos se arrodillaron entre mis piernas. Mi verga parada en la tanga parecia una carpa de circo. La mayor le tomó mi verga con una mano y se la metió en la boca, bajando hasta la base, con una succión profunda y húmeda que le hizo arquear la espalda.
La menor me lamía los huevos mientras la otra mamaba. Después se turnaron. La menor era más lenta, usaba más lengua, me pasaba la punta por el glande en círculos lentos. La mayor era brutal: tragaba entero, sacaba la verga babeada y se la golpeaba contra la lengua.
Me mordían las tetillas. Me arañaban los pectorales, los costados, los muslos. El dolor se mezclaba con el placer de una forma que no había experimentado. La erección seguía ahí, implacable, la verga tan pesada que dolía.
La mayor me pone un condón y se montó otra vez. Con condón al principio. Me cabalgó con fuerza, apoyando las manos en el pecho, mordiéndome el labio, con los pechos rebotando con cada embestida. Después se bajó y la menor tomó su lugar, más lenta, con la cabeza echada hacia atrás, agarrándose de sus muslos amarrados para encontrar el ángulo.
En algún momento, la mayor me quitó el condón. Senti el agarre de mi verga desnuda y guiarla hacia su vagina. Se la metió cruda. Húmeda, caliente, sin barrera. La sensación lo hizo jadear. - Me vas a dar toda tu leche verdad, vamos a salir embarazadas de ti despues de este paseo.
—Eso, Sacale la leche —le dijo a su hermana, mientras se acercaba para morderme una tetilla—.
Cambiaron, La menor se montó a pelo. Me cabalgó mirándome a los ojos, con las manos en mi garganta, apretándome asfixiándome un poco, dominando. La mayor le arañaba el pecho desde atrás, le pasaba la lengua por el oído, le decía cosas sucias.
En algún momento no aguante más y me vine dentro de una de ellas, me cabalgaba y me clavaba las uñas en el pecho, ella solo decía moviendo la cadera eso dámela toda asi, cambio con la hermana y ella la menor mas calmada también se movía encima mio, Me dijo al oido cuando mi hermana te dice que saldremos embarazadas de ti, yo si lo quiero, mi esposo no puede tener hijo y yo quiero, asi que dámelo todo y termine corriéndome dentro de ella también
Terminé rellenándolas varias veces esa noche. A una, adentro. A la otra, en la boca. Otra vez a la primera, a pelo, con las piernas de ella abrazándolo por la cintura mientras. embestía desde abajo. Me sacaron todo lo que tenían que sacarle. Mo dejaron seco, con la verga todavía dura pero vacía, el cuerpo arañado y mordido, tumbado en una cama que no era la suya, entre dos mujeres que seguían acariciándolo como si no hubiera terminado nada.
Pero el paseo estaba por comenzar aun








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