Pance, una finca con piscina y jardines interminables. Me contactó Mauricio, un arquitecto de cincuenta años: "Mi esposa, Beatriz, es una hotwife. Le gusta la naturaleza, el aire libre. Quiere que la tomes junto a la piscina mientras yo preparo la cena".
Beatriz me recibió en la terraza, con un bikini dorado que apenas cubría sus curvas. Cuarenta y dos años, cabello castaño claro con mechas rubias, piel bronceada, ojos color miel y un cuerpo de diosa madura: senos grandes y naturales que el bikini contenía a duras penas, caderas anchas, muslos torneados y un vientre suave con estrías plateadas. Me sonrió con una calma sensual.
—Mauricio —dijo—. Andá a la cocina. Cuando termine, te llamo.
Mauricio se fue sin chistar. Yo me acerqué a Beatriz y le quité el bikini con dos movimientos. Sus pechos cayeron libres, pesados, con pezones oscuros y grandes. La besé mientras mis manos recorrían sus caderas, sus muslos, su sexo ya húmedo. La recosté en una tumbona y me arrodillé entre sus piernas.
Su sexo era maduro, generoso, con los labios vaginales gruesos y un clítoris que asomaba. Lo lamí con calma, saboreando cada pliegue, cada gota. Beatriz gemía con un vozarrón ronco, sus dedos enredados en mi cabello, sus caderas levantándose.
—Mauricio —gritó ella—. Ya podés salir.
Mauricio salió de la cocina con un delantal y se sentó en una silla cercana, con las manos sobre las rodillas. Yo penetré a Beatriz en la tumbona, sus piernas abiertas, sus pies apoyados en mis hombros. La embestí con ritmo, sintiendo sus paredes apretarme, sus gemidos mezclándose con el canto de los pájaros.
—Decile a tu marido lo que sentís —le ordené.
—Mauricio, esto es lo que necesitaba... este hombre me está llenando... —gimió Beatriz.
Ella se corrió con un grito que espantó a los colibríes. Mauricio aplaudió desde su silla, luego se levantó y nos sirvió limonada. "La cena está lista", dijo. "¿Se quedan a comer?".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme serás un gran cornudo. Solo personas de Cali y sus alrededores. No dinero, No drogas.







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