Versalles es un barrio de casas señoriales y calles amplias. Allí vive Carolina, una mujer que a sus cuarenta y seis años es pura sensualidad. Me contactó su esposo, Felipe, un abogado de cincuenta y cinco años: "Mi esposa es una mujer que necesita ser deseada. Yo la deseo, pero ella necesita más. Necesita sentirse joven. ¿Vos podés?".
Carolina me recibió en la puerta de su casa con un vestido de seda color vino que se ceñía a sus curvas y dejaba ver un escote generoso. Cuarenta y seis años, cabello castaño oscuro cayendo en ondas hasta los hombros, ojos marrones intensos, piel blanca con pecas finas en los brazos. Su cuerpo era de madre y de amante: senos grandes y naturales que aún se sostenían firmes, con pezones rosados y grandes; cintura que había resistido el paso del tiempo; caderas anchas y redondas; muslos gruesos con celulitis que le daban un aire salvaje; piernas largas y torneadas. Olía a jazmín y a vino tinto.
—Felipe —dijo sin mirarlo—. Andá al jardín. Y no vuelvas hasta que te llame.
Felipe obedeció. Carolina me tomó de la mano y me llevó al dormitorio, una habitación con paredes de papel tapiz y muebles antiguos. Sin preámbulos, se quitó el vestido. Debajo llevaba un conjunto de encaje color marfil que apenas contenía sus pechos. Le quité el sostén y sus senos aparecieron, pesados, hermosos. Los lamí, los chupé, sentí sus pezones endurecerse.
La recosté en la cama y le quité la lencería. Su sexo era maduro, depilado al ras, con los labios vaginales gruesos y un clítoris que asomaba. Lo lamí sin prisa, saboreando cada gota. Carolina gemía con un vozarrón ronco, sus dedos enredados en mi cabello, sus caderas levantándose.
—Felipe —gritó ella—. ¡Ya podés salir!
Felipe salió del jardín y se quedó en el marco de la puerta, mirando cómo su esposa se retorcía de placer bajo mi lengua. La penetré con ritmo, sintiendo sus paredes apretarme, sus gemidos llenando la casa. Carolina se corrió con un grito que retumbó en todo Versalles. Después, Felipe se acercó y le dio un beso en la frente. "Gracias", me dijo. "No sabés lo que acabás de devolverme".
¿Quieres vivirlo? Escríbeme. Sin drogas, sin dinero. Solo placer.








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