El primer encuentro en un piso 20
Me escribió un martes por la noche. El mensaje era corto, casi seco: "Necesito verte. Mi esposo está de acuerdo. Te mando la dirección". Firmaba como Valeria, treinta y seis años, casada con un médico. No pregunté más. Cuando una mujer escribe así, con esa seguridad, no hay nada que preguntar.
Al día siguiente me llegó la ubicación: un edificio de apartamentos en Pance, piso veinte. La zona estaba tranquila, ajena al ruido de la ciudad, con vista a los cerros y al valle. Subí en el ascensor sin prisa. Toqué el timbre. Abrió él.
Se llamaba Ricardo. Cuarenta y dos años, delgado, con gafas de marco fino y una bata de casa impecable. Me miró con una mezcla de nervios y sumisión que ya conocía de otras veces. Me hizo pasar sin decir nada. En la sala, sentada en un sofá de cuero blanco, estaba ella.
Valeria era todo lo que el mensaje no decía. Alta, de metro setenta y cuatro, con un cuerpo que parecía esculpido a propósito. Su cabello era rubio, largo hasta media espalda, con ondas suaves que le caían sobre los hombros. Sus ojos eran claros, casi grises, con una mirada que te sostenía sin pestañear. Su piel era blanca, con un bronceado dorado que le daba un contraste perfecto. Vestía un top negro ajustado que dejaba ver unos senos talla 40B, firmes, redondos, con un escote que no pedía permiso. Sus piernas eran largas, torneadas, de esas que hacen que un hombre quiera rodearlas con los brazos y no soltarlas. Llevaba shorts de tela fina que marcaban sus caderas y un aroma a crema de coco que se quedaba en el aire.
Me miró de arriba abajo. Yo mido uno ochenta y uno, y ella lo notó. Sonrió. "Pensé que serías más bajo", dijo. "Me gusta que seas más alto".
Ricardo nos sirvió agua y se sentó en un sillón junto a la ventana, con las manos sobre las rodillas. No dijo nada. No hacía falta. Yo tomé a Valeria de la mano y la llevé al dormitorio principal. La habitación era grande, con una cama king size, espejos en el techo y un ventanal que daba a los cerros. Cerré la puerta. Ella se quedó de pie, esperando.
Le quité el top despacio, disfrutando cada centímetro de piel que aparecía. Sus senos eran perfectos, pesados, con pezones rosados que se endurecieron apenas los toqué con los dedos. Le bajé los shorts y me arrodillé frente a ella. No llevaba ropa interior. La besé desde los tobillos hasta los muslos, demorándome en cada pliegue, en cada lunar. Valeria gemía bajito, con las manos apoyadas en mis hombros.
La recosté en la cama y me desvestí frente a ella. Me miró sin disimulo. "Ahora entiendo", dijo. "Por eso me escribiste", respondí.
Empecé a besarla por todo el cuerpo, desde el cuello hasta el ombligo, desde los muslos hasta la parte interna de las rodillas. Sus piernas eran largas, flexibles, y se abrían sin resistencia. Cuando llegué a su sexo, ya estaba húmeda. La lamí despacio, con la lengua plana, subiendo y bajando, trazando círculos en su clítoris. Valeria arqueó la espalda y soltó un gemido largo que llenó toda la habitación.
Saqué un condón de mi bolsillo y me lo puse. Ella me miró y asintió. La penetré despacio primero, sintiendo sus paredes apretarme, y luego más fuerte, agarrado a sus caderas. Sus piernas se enroscaron en mi cintura, y yo las levanté, las puse sobre mis hombros, y la embestí en esa posición, viendo su rostro contraerse de placer. Cambiamos de pose tres veces: de lado, boca abajo, y de pie contra el ventanal, con la ciudad a sus pies. Sus piernas largas se adaptaban a todo, y yo las usaba como palancas, moviéndola a mi antojo.
Ricardo, desde el sillón, nos miraba sin decir nada. De vez en cuando se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo. No se tocaba. Solo miraba, con una mezcla de humillación y alivio que yo ya había visto antes.
Valeria se corrió dos veces. La primera con un grito ahogado, mordiéndose el labio. La segunda con un gemido largo y ronco que retumbó en todo el piso veinte. Después de la segunda, me miró con los ojos entrecerrados y me dijo: "Quiero sentirte sin condón. Quiero tu leche en mis tetas".
Me detuve. La miré. Ella sabía lo que pedía y lo pedía igual. Me quité el condón y unos minutos más, sintiendo su calor directo, su humedad, su olor. Cuando sentí que estaba a punto, salí y me vine sobre sus senos, sobre esas 40B que tanto me habían gustado. La leche cayó espesa, blanca, sobre su piel bronceada. Valeria se la untó con los dedos, se la pasó por los pezones, y luego se giró hacia la puerta, donde Ricardo seguía sentado, y le dijo: "Mírala. Esta es la leche de un macho. Esto es lo que tú no puedes darme". En ese momento entendí que ella era muy amante a lo que yo denominó leche de macho y que yo por cuestión genética puedo darle mucha, sentí que era una prueba un filtro y que lo había pasado con buen puntaje.
Ricardo no respondió. Solo bajó la cabeza. Valeria se limpió con una toalla y luego me miró con una sonrisa tranquila. "Nos hacemos exámenes de ETS en la clínica de mi esposo", dijo. "La próxima vez me llenas de leche. Y habrá próxima vez. Te lo aseguro".
Me vestí sin prisa. Ricardo me acompañó a la puerta. "Gracias", me dijo en voz baja. "Ella hacía meses que no estaba así". No respondí. Solo asentí y salí.
Esa noche, mientras manejaba de vuelta a casa, recibí un mensaje de Valeria: "Quedaste fascinado conmigo, ¿verdad? Yo también.
La próxima será mejor. Esto apenas empieza.
Este es el primero de muchos encuentros.
Guardé el mensaje. Y esperé.
¿Y en la próxima, si la embarazo?
Ya que ellos quieren ser papás pero el cornudo de Ricardo por su baja testosterona no puede hacerlo.
Vendrán más relatos este solo es el primero.
Cornudo no esperes más tú esposa es la siguiente, escríbeme solo parejas cuckcold de cali élite,no dinero, no drogas,solo placer.








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