La sommelier y el restaurante
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 6 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La sommelier y el restaurante

Manuela, 29 años, sommelier; Esteban, 44 años, dueño de un restaurante. Viven en un apartamento en el barrio Versalles, en el norte de Cali. Manuela es alta, de metro setenta y cuatro, pelo castaño oscuro ondulado, ojos miel,...

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La sommelier y el restaurante

Manuela me escribió un lunes por la noche, después de cerrar el restaurante. Me dijo que tenía 29 años, que era sommelier, que llevaba cinco años casada con Esteban, el dueño del lugar. Me dijo que lo quería, que admiraba su trabajo, pero que desde hacía dos años la cama era un trámite. Me dijo que había leído mis relatos durante meses, en las noches de cierre, y que por fin se había animado a escribirme.

Le respondí que sí, pero que necesitaba hablar con los dos antes. Le pregunté si Esteban sabía. Me dijo que no, que no sabía cómo decírselo. Le dije que entonces no podíamos vernos.

Que si esto iba a pasar, tenía que pasar con los dos de acuerdo. Manuela me escribió al día siguiente: "Hablé con él. Está de acuerdo. Quiere conocerte".

Quedamos un jueves a las ocho de la noche en su apartamento de Versalles. Esteban me abrió la puerta con una sonrisa tranquila. Me hizo pasar a la sala, donde Manuela esperaba de pie junto al ventanal.

Era alta, de metro setenta y cuatro, con el pelo castaño oscuro ondulado cayéndole sobre los hombros y los ojos color miel. Vestía un vestido de seda vino que le marcaba la cintura.

Nos sentamos los tres. Hablamos claro. Les pregunté si habían hablado de límites, de palabras de seguridad. Esteban me dijo que quería observar esa primera vez.

Manuela me dijo que quería probar la sumisión, que quería no pensar. Les dije que las reglas eran claras: si alguien quería parar, decía la palabra, y todo se detenía. Los dos eligieron la palabra "casa".

Empezamos en el dormitorio. Esteban se sentó en una silla junto a la puerta. Manuela y yo nos quedamos de pie.

Le dije que se quitara el vestido. Lo hizo despacio, sin dejar de mirarme.

Debajo llevaba un conjunto de encaje negro. Le quité el sostén y sus senos aparecieron, medianos, con pezones rosados. La recosté en la cama y la lamí despacio. Manuela gemía bajito, con las manos agarradas a las sábanas.

Cuando la penetré, ella soltó un suspiro largo. La embestí con calma. Se corrió una vez, con un grito corto. Esteban, desde su silla, aplaudió exaltado,

La sommelier y la cámara

Al día siguiente, Manuela me escribió.

Me dijo que Esteban había estado distinto, más atento, que habían hablado hasta la madrugada.

Me dijo que quería verme otra vez, que esta vez Esteban se quedaría hasta el final. Quedamos ese mismo viernes a las cuatro de la tarde.

Esteban me recibió con una sonrisa más relajada. Me dijo que esa tarde tenía una cata y que se iría a las cinco, pero que había instalado una cámara en el dormitorio para ver todo desde el celular.

Manuela estaba en la sala, con un vestido de verano. Olía a jazmín y a vino blanco.

Esteban nos dejó solos a las cinco. Manuela y yo nos quedamos en la sala. La besé de pie, contra el ventanal. Le bajé el vestido y sus senos aparecieron.

La llevé al sofá y la puse en cuatro.

La penetré desde atrás, agarrándola de las caderas, tirándole del pelo. Manuela gemía fuerte, sin pudor. Se corrió dos veces antes de que yo terminara. Me quité el condón y me corrí sobre sus nalgas. Esa noche, Esteban me escribió: "Vi todo desde la cámara. Gracias".

El dueño que sirve

El sábado por la mañana, me escribió Esteban. Me dijo que Manuela quería que la próxima vez fuera más intensa, que él estaría en la casa pero no en la misma habitación. Manuela me confirmó esa tarde: "Quiero que me digas qué hacer. Quiero que Esteban escuche desde el otro cuarto".

Quedamos ese mismo sábado a las ocho de la noche. Esteban me abrió, me dio la mano y se fue a la habitación de huéspedes. Manuela estaba en el dormitorio con un conjunto de encaje rojo. Le dije que se arrodillara. Obedeció.

Le dije que me lo chupara. Lo hizo, despacio, mirándome a los ojos. La levanté del pelo y la llevé a la cama.

Le dije que se pusiera boca abajo. La penetré despacio, luego más fuerte, dándole nalgadas que resonaban en toda la casa. Manuela gritaba, pedía más. Se corrió tres veces. Me quité el condón y me corrí sobre su espalda.

Manuela llamó a Esteban. Él entró, la cubrió con una sábana y le dio un beso en la frente. "Gracias", me dijo.

El dueño que se retira

El domingo por la mañana, me escribió Manuela. Me dijo que querían verme una vez más, que esta vez Esteban quería servir y luego retirarse para dejarnos solos. Me dijo que él había sido el que lo había propuesto.

Quedamos ese mismo domingo a las siete de la noche.

Esteban me recibió con una botella de vino y dos copas. Manuela estaba en la sala con un vestido de seda verde.

Nos sentamos los tres y hablamos claro. Esteban me dijo que quería servir bajo mis órdenes. Manuela me dijo que quería verlo haciendo lo que yo le pidiera.

Empezamos en la sala. Le dije a Esteban que se quedara de pie junto a la mesa con la botella de agua. Obedeció.

Desnudé a Manuela sin prisa. La lamí hasta que se corrió una vez. Le dije a Esteban que le diera agua a su esposa.

Obedeció, arrodillado, con el vaso en la mano.

Después la penetré en el sofá, con Esteban mirando desde el suelo. Manuela se vino dos veces más.

Me quité el condón y me corrí sobre sus senos. Esteban, sin que yo lo pidiera, se inclinó y lamió lo que escurría.

Manuela se rió y le acarició la cabeza.

La noche entera

El lunes por la mañana, me escribió Esteban.

Me dijo que quería probar algo nuevo: servir la cena y luego retirarse para dejarlos solos toda la noche, sin cámaras, sin llamadas. Manuela me lo confirmó esa tarde: "Quiero que esta vez sea solo nuestro. Esteban se va después de servirnos la cena".

Quedamos ese mismo lunes a las ocho de la noche. Esteban sirvió la comida, llenó las copas, y cuando terminamos, me preguntó si podía retirarse. Le dije que sí. Se despidió de Manuela con un beso en la frente y salió.

Manuela y yo nos quedamos solos. La llevé al dormitorio y la desnudé sin prisa con calma sintiendo su piel erizada.

La lamí hasta que se corrió una vez.

La puse en cuatro y la penetré desde atrás, agarrándola de las caderas. Manuela gemía fuerte, luego la cargué contra la pared.

Se corrió dos veces más. Me quité el condón y me corrí sobre su rostro. Nos quedamos en la cama un rato largo.

Cuando me fui, a las tres de la mañana, Esteban aún no había vuelto.

La última vez

El martes por la noche, me escribió Manuela. Me dijo que habían decidido que este sería el último encuentro por un tiempo.

Me dijo que Esteban quería estar presente, pero sin servir, sin mirar desde la puerta, sin cámaras. Quedamos ese mismo miércoles a las ocho de la noche.

Esteban me recibió con una sonrisa tranquila.

Manuela estaba en la sala con un vestido de seda azul. Nos sentamos los tres y hablamos claro.

Esteban me agradeció. Manuela me dijo que quería despedirse bien.

Esa noche, los tres nos quedamos en la sala hablando un rato largo. Después, Manuela y yo nos quedamos solos en el dormitorio.

La desnudé sin prisa. Luego la puse en cuatro y la penetré desde atrás salvajemente. Manuela se corrió tres veces más.

Después, nos quedamos en la cama un rato largo. Cuando salí, Esteban estaba en la sala con una botella de vino y tres copas.

Brindamos.

Manuela le tomó la mano a Esteban y me miró. "Gracias", me dijo.

Me fui a la medianoche.

— Alejandro-12

16 de octubre de 2026

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