La noche iba cayendo sobre la ciudad, tiñéndolo todo con el resplandor de las farolas y el tráfico de la hora pico. En el bus, el aire estaba cargado de rostros fatigados, algunos tristes, otros sonrientes, pero nadie habría imaginado jamás que entre esa masa anónima de pasajeros pudiera encenderse una excitación tan intensa y voraz.
Ella caminó hasta el fondo del vehículo. Al final había un pequeño espacio disponible: un asiento ubicado justo entre dos hombres. Uno de ellos estaba pegado a la ventana; al otro lado, un señor ocupaba su lugar. Ella se acomodó en el centro. Llevaba varios paquetes sobre el regazo y él, el hombre de la ventana, también tenía bolsas sobre sus piernas.
El roce comenzó de manera sutil. Él empezó a frotar su pierna contra la de ella, buscando un contacto deliberado. Un calor vivo y desconocido comenzó a encenderla por dentro de una forma que no imaginaba. Lo que más la calentaba no era solo el roce, sino la atmósfera misma: saberse rodeada de gente tan cercana que podía sentir el calor de su aliento, el olor al sudor de la jornada pesada y los vestigios de perfumes gastados por el día terminado. Lejos de frenarla, esa cercanía multitudinaria la envolvió en un deseo incontenible.
Ella no dudó. Comenzó a tocarle la pierna con suavidad mientras él, cómplice, continuaba jugando con su pie contra el de ella. Con lentitud y sigilo, protegida por el volumen de los paquetes, deslizó su mano hasta el pantalón de él. Sintió la firmeza marcada tras la tela, lo desabrochó, metió la mano entre su verga y comenzó a masturbarlo.
Podía percibir cómo él jadeaba suavemente, ligeramente, sosteniendo la respiración con desesperación para no ser escuchado por el resto de la gente del bus.
Sabía que estaba a punto de llegar a su sitio, que faltaba muy poco para bajarse. Entonces se inclinó levemente hacia él y comenzó a susurrarle cosas muy cerca del oído para que terminara. Los susurros y el ritmo constante llevaron a él a un orgasmo intenso que estalló directamente en la mano de ella.
Sin perder la calma, ella se limpió la mano en el mismo pantalón de él, se levantó, tocó el timbre y caminó hacia la salida. No lo miró, dejando tras de sí la huella sutil y secreta de lo que acababa de ocurrir.







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login EntrarMuy bien relato, felicitaciones, una experiencia muy erotica y muy bien contada.