La madrugada avanzaba suavemente en la sala. Entre risas cómplices, el rastro del humo y las copas compartidas, el ambiente se había vuelto denso, cargado de una electricidad sutil que todos respirábamos.
Cuando mencioné que el cuello me dolía por la tensión, uno de ellos se ofreció de inmediato a darme un masaje. Lo vi como algo completamente normal, una atención entre amigos. Pero bastaron unos segundos para que la atmósfera cambiara por completo. Un segundo par de manos llegó a mis pies, luego otro recorrió mis muslos y mi espalda, hasta sentir los cuatro pares actuando en sincronía sobre mi piel.
Estaba allí, boca abajo, entregada al tacto de ocho manos que sabían exactamente dónde presionar. Sentía el contraste de sus palmas: unas firmes, otras más pausadas, trazando recorridos lentos por mi columna y mis piernas. El calor de sus cuerpos cercanos me envolvía. Ninguno necesitaba decir nada; el lenguaje de sus caricias era un mensaje unánime. Mi respiración comenzó a acelerarse y cada roce despertaba un temblor que recorría todo mi cuerpo.
Al girarme boca arriba, la intensidad aumentó. Sus miradas sobre mí eran pesadas, llenas de una admiración absoluta. Sus manos continuaron el recorrido por mi piel, respetando los límites que siempre habíamos tenido, pero llevándome a una sensación extrema de deseo.
Mis gemidos comenzaron a llenar la habitación al saber que todos me tocaban, admirándome y codiciándome a la vez. Mi cuerpo se arqueó por instinto y el placer me inundó por completo, desencadenando un orgasmo intenso que me recorrió de pies a cabeza mientras cerraba los ojos y me dejaba llevar.
En medio de mi respiración agitada, cuando el eco del clímax aún me recorría, uno de ellos se inclinó hacia mí. Su rostro rozó mi mejilla y, con la voz ronca, me susurró al oído:
—No pude aguantar... verte entregada al placer y tan deseada me hizo correrme...








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