Secretos de Amigos
Relato de comunidad Bisexualesschedule 8 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Secretos de Amigos

"Pásate por mi casa. Necesito hablar contigo." Esa noche, entre ron y risas nerviosas, mi mejor amigo me soltó un secreto de años. Yo también tenía el mío. 🔥 "Eres el único en la lista."

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Venía directo del aeropuerto, todavía con el mono de vuelo marrón puesto, y debajo solo una franela blanca y unos bóxer blancos tipo brasileños, de esos que no dejan mucho a la imaginación. Siempre he cargado con un guebo grande, motivo de chistes entre los hombres y gancho seguro con las mujeres, que juran que les encantan grandes, hasta que les llega uno grande de verdad. Con esa ropa y ese calor, se me notaba aunque no quisiera.

Apenas aterrizamos y el teléfono agarró señal, vibró con una notificación: un mensaje de voz de Denny. Lo escuché caminando por el pasillo de la terminal.

"Hermano... cuando aterrices, pásate por mi casa. Necesito hablar contigo. No es nada grave, bueno, sí, un poco. Trae algo de tomar."

Tenía la voz apagada, distinta, y me quedé un segundo mirando la pantalla. Cambié de ruta y fui directo a su apartamento.

Denny me recibió en camiseta blanca y bermuda gris, descalzo, con una sonrisa más apagada que de costumbre.

—Llegaste justo. Gracias por venir, loco.

—Me dejaste un mensaje que no me gustó nada. ¿Qué pasó?

—Ahora te cuento. Primero un trago.

Nos sentamos en el balcón con una botella de ron. Al principio hablamos de pura vaina, pero al tercer trago soltó lo que lo tenía así.

—Estoy mal con Vanessa. Peleamos por todo últimamente, y lo peor es que siento que la culpa es mía.

—¿Por qué tuya?

Dio vueltas al vaso un buen rato.

—Porque estoy enamorado de ella, hermano. De verdad. Pero hay algo que siento y no sé cómo manejarlo, y me carcome. No quiero que cambie nada entre nosotros cuando te lo diga.

—Dime.

—Soy bisexual.

Lo dijo mirándome directo, con el pulso latiéndole en el cuello. Me reí, no de burla, sino de alivio al verlo soltarlo.

—¿Y por eso la cara de funeral? Tranquilo, hermano. Eso no cambia nada.

Se relajó, pero el ron ya le había soltado la lengua y no se detuvo.

—Hay más. Llevo años fantaseando con esto, y contigo. Muchas veces me he imaginado mamándote el guebo. —Soltó una risa nerviosa—. ¿Te acuerdas de las veces que hemos meado uno al lado del otro, en el baño de la universidad, en las fiestas, en la carretera? Siempre me he obligado a mirar al frente. Con tantos años de amigos, me daba terror que se me notara. Por eso te dejé el mensaje, no aguantaba más con esto adentro.

Se me aceleró el corazón. Nunca lo había imaginado con él, pero el trago, la noche y la forma en que me miraba hicieron lo suyo. Su mirada bajó sin disimulo hasta mi regazo, y me di cuenta de que el mono abierto hasta el pecho y los bóxer blancos marcándose debajo no le dejaban nada oculto.

—Mira, Denny, por mí no hay ningún problema. Y como estamos en confesiones, yo también tengo una: no sería la primera vez. En uno de mis viajes a Canaima, un hombre ya me lo había mamado, en un trío con una pareja española.

Denny abrió los ojos como platos.

—¿Y me lo dices así, tan tranquilo?

—Con el ron todo sale. Fue una locura de viaje, pero no me arrepiento. Así que si quieres intentarlo, yo no me voy a hacer el santo.

Se levantó despacio y se arrodilló frente a mí, esperando que lo frenara. No lo hice. Bajó el cierre del mono con una calma que me mataba y lo abrió lo justo. Mi guebo ya estaba duro, tirante contra la tela blanca del bóxer, y él se quedó mirándolo como quien por fin ve lo que lleva años imaginando.

—Dios... —murmuró—. Es más grande de lo que pensaba.

Me lo besó por encima de la tela, tanteando, y levantó los ojos para ver mi reacción. Mi cabeza cayó hacia atrás sin que pudiera evitarlo. Eso fue todo el permiso que necesitó. Bajó el bóxer y mi guebo saltó libre, grueso, venoso, latiendo frente a su cara.

Se lo llevó a la boca despacio, con una paciencia que no esperaba, y lo fue tomando centímetro a centímetro, con la lengua tibia y la garganta abriéndose para recibirlo. Se detuvo a la mitad, respiró por la nariz y me miró desde abajo, con los ojos brillantes.

—Mmm... qué rico, pana —murmuró contra mi piel, y volvió a bajar.

Yo apenas podía respirar. Cada vez llegaba un poco más profundo, y entre cada subida soltaba un gemido bajito, mojado, que me vibraba por todo el cuerpo.

—Mmm... qué rico... —repetía, lamiéndome la cabeza antes de volver a tragarme—. Es que es enorme, coño...

Me agarró por los muslos y empujó hacia adelante, decidido. Sentí cómo la garganta cedía poco a poco, apretada, caliente, hasta que sus labios me tocaron la base y se quedó ahí, quieto, con la nariz pegada a mi vientre. Le salió un sonido ahogado, un ghhh profundo, y las lágrimas le rodaron por las mejillas sin que se apartara.

—Carajo, Denny...

Aguantó unos segundos que parecieron eternos, con la garganta contrayéndose alrededor de mí. Después se retiró despacio, con un hilo de saliva colgando, tomó aire con un aaah entrecortado y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Mmm... qué rico, hermano —dijo, ronco, medio riéndose—. Llevo años queriendo hacer esto.

No me dio tiempo de contestar. Volvió a tragarme completo, esta vez con ritmo, subiendo y bajando mientras los glup, glup y los gemidos se mezclaban con la salsa lejana que venía de algún apartamento vecino. Yo le agarré la nuca, sin fuerza, solo para sentir cómo se movía. Cada vez que llegaba al fondo soltaba un mmmgh que me recorría la espalda como una descarga.

Ya había pasado por eso en Canaima, pero con un pana de toda la vida era otra vaina, y sentí que las patas se me volvían gelatina.

—Voy a acabar —le avisé, casi sin voz.

No se apartó. Me apretó los muslos, bajó hasta el fondo y lo recibió todo, tragando con los ojos cerrados, hasta la última gota.

Me quedé desplomado en la silla, con las patas temblando y la franela pegada al pecho. Denny se limpió los labios con el dorso de la mano, se sentó en el suelo contra la pared y soltó otra risa nerviosa.

—Bueno... ya lo dije todo esta noche. Y no sé si me siento peor o mejor.

Me subí los bóxer, me cerré el mono y le serví otro trago. Nos quedamos un rato en el balcón, ya sin hablar de lo que había pasado, como si el ron fuera suficiente para ponerlo en pausa. Hablamos de Vanessa, de lo mucho que la quería. Él vivía solo en ese apartamento, y ella iba y se quedaba de vez en cuando, pero esa noche no tocaba.

—Ya que estamos en confesiones —le dije, con el vaso a medio camino de la boca—, te digo otra.

Denny levantó la vista, todavía con las mejillas rojas.

—Dime.

—Cuando te den ganas de dejártelo meter, quiero ser el primero. Esas nalgas que siempre fueron motivo de joda por lo grandes... hasta a mí se me antojan.

Se quedó mudo un segundo. Después soltó una carcajada nerviosa, de esas que se escapan solas, y se tapó la cara con la mano.

—Coño, loco... ¿Ahora me sales con esas?

—Con el ron salen todas.

—Lo voy a pensar —dijo, sin mirarme, con una sonrisa que no pudo esconder—. Y si algún día pasa, eres el único en la lista.

Chocamos los vasos. Tomamos un par de tragos más, y cuando la botella ya estaba por la mitad, miré el reloj.

—Me voy, hermano, que ya me están esperando en casa.

Denny asintió, sin reproches. Me acompañó hasta la puerta.

—Gracias por no hacerme sentir como un monstruo —me dijo.

—Tú no eres ningún monstruo. No le digas nada a Vanessa por ahora. Ser bisexual no es ningún delito. Eso sí, cuídate.

—Tranquilo —me respondió, serio—. Yo jamás andaría en la calle arriesgándome. Y si algún día aceptas, yo sería bisexual solo contigo, que eres de confianza y sé que nada va a cambiar entre nosotros.

Nos dimos un abrazo largo, de esos que no se dan entre amigos que no han compartido algo. Y al separarnos, le apreté una nalga. Denny pegó un brinco, me miró con los ojos muy abiertos y los dos soltamos una carcajada que casi retumbó en el pasillo.

—Coño, loco, ¡contrólate! —me dijo, riéndose, con la cara roja.

—Era para que no se te olvide la lista.

Bajé las escaleras con el corazón todavía acelerado, el sabor del ron en la garganta y la risa aún pegada. Me senté en el carro, puse las manos en el volante y me quedé con la mirada perdida en la nada.

Entonces, sin permiso, la imagen llegó sola: Denny, de espaldas, esas nalgas grandes que tantas veces fueron motivo de joda, y yo detrás de él, siendo el primero. Sentí cómo la sangre volvía a bajar, y el guebo se me endureció otra vez contra la tela del bóxer.

Me quedé un rato así, respirando hondo, sorprendido de mí mismo. Una cosa era Canaima, con desconocidos y lejos de casa. Esto era distinto: era Denny, mi amigo de siempre, y ahora no lograba pensar en otra cosa. Nunca lo hablamos de nuevo, pero los dos supimos que ya nada volvería a ser igual, y que esa promesa a medias seguía ahí, flotando entre nosotros.

— Realtorsexual

17 de octubre de 2026

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