estaba en el sofá con la laptop abierta, pero no hacía nada. Mateo se había encerrado arriba hace rato. Se escuchaban risitas y gemidos bajitos de la videollamada. El cabrón se estaba culeando a su novia por la pantalla y me había dejado tirado como un pendejo.
De pronto el ruido de las llaves.
Levanté la cabeza. No esperaba a nadie.
La puerta se abrió y entró Elena, la mamá de Mateo.
Venía con el pelo en un moño medio desordenado, una blusa fina y arrugada que se le pegaba a las tetas y una falda vaquera cortita que le marcaba ese culazo de una forma criminal. Cada paso que daba el pantalón se le metía entre las nalgas.
—Andrés, ¿tú todavía aquí? —dijo con una sonrisa—. Pensé que ya te habías ido. ¿Mateo está en su cuarto?
—Sí… está… ocupado.
Elena dejó las bolsas en la cocina y se estiró despacio, arqueando la espalda. La blusa se le tensó contra esas tetas enormes y se me secó la boca. Se le notaba el pezón duro a través de la tela.
—Qué calor tan horrible… —murmuró—. Necesito una ducha. Quédate tranquilo, sigue con lo tuyo.
Subió las escaleras y yo no pude evitar mirarle el culo. Ese culo redondo, grande, que se movía con cada paso. El balanceo de las caderas me tenía hipnotizado.
Me senté otra vez, pero estaba jodido. No podía concentrarme. El baño de Elena queda justo arriba del salón y al rato se escuchó el agua. Intenté pensar en otra cosa, en la universidad, en lo que fuera, pero solo me venía la imagen de ese cuerpo.
Entonces un gemido. Un “ay…” suavecito, casi inaudible.
Me levanté de un brinco. Subí los escalones de dos en dos sin hacer ruido. El corazón me latía a mil. La puerta del baño estaba entreabierta, solo una rendija, y salía vapor.
Me acerqué y me asomé.
Y la vi.
Estaba de espaldas bajo el chorro. Joder, qué cuerpo. Esas tetas colgando perfectas, pezones oscuros y duros. El agua le resbalaba por la espalda, bajaba por el surco y se perdía en ese culo redondo, grande, blanco. Se agachó un segundo a agarrar el jabón y se le abrieron las nalgas. Se le veía el ojito del culo y el vello oscuro del coño.
Me quedé helado. La verga ya estaba dura, clavada en el pantalón, pidiendo a gritos salir. Me la toqué por encima de la ropa sin darme cuenta.
Elena se giró un poco de lado. Se le veía el perfil de la teta… Era una diosa, una mujer hecha para que la follen.
Me moví sin querer y la madera crujió.
Entonces pasos arriba. La puerta del cuarto de Mateo se abrió de golpe.
—¿Qué coño pasa, tío?
Mateo bajaba las escaleras descalzo, en calzoncillos y una camiseta de mierda, con el celular en la mano. Se paró en seco al verme la cara: rojo, sudado, los ojos desorbitados.
—Joder, ¿qué te pasa? Pareces que te pilló la muerte culeando.
Su mirada bajó hasta mi entrepierna. El bulto se notaba de lejos.
—Hostia puta, tío…
—No, es que… subí a mear —tartamudeé, intentando taparme.
Mateo se acercó despacio. Esa sonrisa de hijo de puta se le dibujó en la cara.
—Has estado espiando a mi mamá, cabrón. No me jodas.
—¡No! Yo solo…
—Tío, llevas la verga tan dura que parece que va a reventar los pantalones. —Señaló el bulto con la barbilla—. No me vengas con pendejadas.
Quería que me tragara la tierra. Pero Mateo no se enojó. Se quedó ahí mirándome, burlándose.
—La viste en la ducha, ¿verdad?
—¡Mateo, joder!
—¿Qué? Es mi mamá, sí, pero no soy ciego. —Se encogió de hombros—. Sé lo que tengo en casa. Cada vez que trae algún amigo a cenar se les cae la baba. Una vez el vecino del segundo se quedó mirándole el escote y se le cayó el vaso de vino encima.
Tragué saliva. No podía creer que estuviéramos hablando de esto.
—Es una milf de manual. Una puta diosa. —Bajó la voz, mirando hacia el baño donde todavía se oía el agua—. A veces pienso que si no fuera mi mamá ya le hubiera intentado tirar los perros.
La verga me latía con cada palabra. Era surrealista. Estábamos hablando de Elena como si fuera cualquier puta.
—Y esa boca, tío… Esos labios gordos, hechos para chuparla bien. Te la imaginas de rodillas, con esos ojazos verdes mirándote mientras te la…
Se calló un momento. Respiró hondo.
—Te voy a contar una cosa que no le he dicho a nadie. El verano pasado, antes de que mi papá se largara… los pillé una vez. No quería. Me había olvidado las llaves y subí calladito. Y los oí.
Lo miré confuso, todavía con la verga dura.
—Ella estaba a cuatro patas en la cama, con el culo en pompa. La puerta estaba entreabierta, solo una rendija, y yo me quedé clavado en el pasillo sin poder moverme. Ya tenía la verga dura solo de oír los gemidos.
Cerró los ojos un segundo.
—Mi papá estaba atrás, completamente pelado, agarrándola de las caderas. Y ella… joder, Andrés, tenía las rodillas bien abiertas, el coño expuesto, húmedo, brillante. Se le veían los labios hinchados, abriéndose cada vez que él se la sacaba. Y se la sacaba toda, para volver a clavársela hasta el fondo. Se oía el sonido húmedo, de carne contra carne, de los huevos golpeándole el coño…
La cama chirriaba como loca. Mi papá la agarraba del pelo, le echaba la cabeza para atrás y ella arqueaba la espalda ofreciéndole el culo. Se la metía hasta las bolas, se la sacaba hasta la punta y volvía a hundírsela de un solo golpe. Se la follaba con rabia, como si la odiara pero no pudiera parar. Y ella lo pedía. “Fóllame el coño, cariño, fóllame duro, me voy a correr”.
Se me secó la garganta. La imagen era demasiado clara.
—Y entonces se giró un poco. Vi esas tetas colgando, enormes, rebotando a cada embestida. Pezones oscuros, duros. Pero lo mejor… lo mejor fue cuando se abrió las nalgas con las manos. Se las separó y le ofreció el culo. Mi papá le escupió el ojete, le dio una nalgada que le dejó la mano marcada y volvió a clavarle la verga en el coño. Se oía el choque, el sonido de los huevos pegándole, de su coño chorreando.
Mateo se quedó callado un momento, respirando agitadísimo. Se pasó la mano por la entrepierna y se acomodó el bulto sin disimulo.
—Mi papá se corrió adentro. Se quedó quieto, metido hasta las bolas, y soltó un gruñido de cerdo. Y ella… se desplomó en la cama temblando, pero de inmediato se metió la mano entre las piernas. Se tocaba el clítoris como loca mientras él se salía. Vi cómo se le escurría la leche, Andrés. Mucha, espesa, blanca, bajando por los labios y cayendo en las sábanas. Y ella seguía metiéndose los dedos, sacándolos llenos de semen y volviéndoselos a meter, hasta que se vino también. Se le puso todo el cuerpo rojo, temblaba como una hoja y soltó un gemido largo, de puta bien cogida.
Yo tenía la verga a punto de reventar.
—Me corrí en los pantalones, tío. Sin tocarme. Solo de ver cómo mi papá le llenaba el coño de leche y ella se la frotaba para venirse. Y desde ese día, cada vez que la veo pasar con esa falda apretada me imagino el coño chorreando semen, hinchado, usado… y se me para al instante.
El agua del baño seguía, pero más bajito. Elena no tardaría en salir. Miré a Mateo buscando alguna señal de arrepentimiento, pero solo vi esa sonrisa de medio lado, esa cara de pervertido que no se arrepentía de nada.
—Oye, tío… —dije al fin—. ¿No crees que esto es un poco… raro?
Se encogió de hombros.
—La vida es rara, Andrés. Pero no te preocupes, no le voy a decir nada a mi mamá. Además… ¿qué tiene de malo admirar a una mujer así de rica?
Asentí, aunque no estaba seguro. Me sentía dividido entre las ganas de volver a asomarme y la culpa de desear a la mamá de mi mejor amigo.








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login EntrarEs el primer capitulo, quiero oir sus comentarios de como les parece mi primer relato publicado para ustedes.