UNA NOCHE SIN PERSONAJES
Capítulo 1: Esta noche no somos unos santos.
La primera vez que me abrió la puerta, me miró de arriba abajo y soltó una carcajada.
—¡Joder! ¿Así que ese es el atuendo que elegiste para impresionarme?
—¿Qué tiene de malo?
—Nada, cariño. Solamente esperaba que tuvieras un poquito más de imaginación.
—Y yo esperaba que fueras más amable.
—Pues empezamos mal, porque hoy no pienso ser especialmente amable.
Me hizo pasar y cerró la puerta.
Llevaba una blusa negra, una falda ajustada y unos tacones que parecían diseñados para llamar la atención. Tenía una copa en la mano y una sonrisa de esas que anuncian problemas.
—¿Vino? —preguntó.
—Claro.
—Bien. Porque tengo unas cuantas cosas que decirte y no pienso hacerlo con la garganta seca.
Nos sentamos frente a frente.
—Voy a preguntarte algo —dijo—. Y quiero una respuesta sincera.
—Dispara.
—¿Siempre te haces el interesante o solamente cuando estás nervioso?
Me reí.
—¿Siempre eres tan insoportable?
—Solamente con los hombres que me divierten.
Aquella respuesta me hizo sonreír.
La conversación empezó a subir de temperatura. Hablamos de fantasías, de experiencias, de curiosidades y de esas cosas que normalmente se callan por miedo a parecer demasiado atrevidos.
En determinado momento, dejó su copa y se acercó.
—Te voy a decir una cosa: estoy bastante cansada de la gente que presume de ser atrevida y después no sabe mantener una conversación interesante.
—¿Y qué consideras interesante?
—Alguien que tenga personalidad. Que sepa bromear, provocar, escuchar y decir lo que piensa sin comportarse como un completo idiota.
—Vaya lista de exigencias.
—Y todavía no he terminado, cabrón.
Solté una carcajada.
Ella también.
Después se levantó, puso otra canción y extendió la mano.
—Ven.
—¿A dónde?
—A bailar. No me jodas, tampoco te estoy pidiendo que construyas una casa.
Me levanté y acepté.
Bailamos entre risas, miradas y pequeñas provocaciones. En un momento apoyó las manos sobre mis hombros.
—¿Sabes qué me gusta de ti?
—Sorpréndeme.
—Que cuando te provoco no sales corriendo.
—Todavía no me has dado motivos.
—No te confíes.
Nos miramos unos segundos.
Entonces me besó.
Fue un beso intenso, inesperado y correspondido. Cuando nos separamos, sonrió.
—Bueno... parece que por fin estamos dejando de hablar tanta mierda.
—¿Y ahora qué?
—Ahora dejamos de fingir que esta noche era una simple invitación a tomar vino.
Me tomó de la mano y nos dirigimos hacia el salón. La puerta quedó entreabierta mientras la música seguía sonando.
No hubo grandes discursos ni promesas ridículas. Solamente dos adultos que habían decidido disfrutar de su complicidad, respetar sus límites y dejar que la noche siguiera su curso.
Más tarde, cuando regresamos por nuestras copas, ella tenía una sonrisa imposible de disimular.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Esa cara no dice nada bueno.
—Estaba pensando que eres bastante menos aburrido de lo que aparentabas.
—Y tú eres bastante más problemática de lo que imaginaba.
Se acercó, me acomodó el cuello de la camisa y susurró:
—Y todavía no conoces mi lado más cabrón.
Me quedé mirándola.
—¿Eso es una advertencia?
—No, querido. Es una invitación para la próxima noche.
Entonces tomó su teléfono, escribió algo y me mostró la pantalla.
Era un mensaje:








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