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De chico a chica, mi primer deseo sexual

De chico a chica, mi primer deseo sexual

Yo tenía 13 años cumplidos, vivía en una pequeña finca con mis abuelos y dos tías adolescentes de 15 y 17 años. Eramos pobres, sin electricidad, y ni siquiera un baño. Llevaba viviendo allí desde que tenía memoria. Mi rutina no dependía del reloj, sino de la luz del día. Por la mañana con mis tías hacíamos oficio, ordenando la casa, mientras mi abuela preparaba los alimentos del día y mi abuelo atendía las gallinas. Después de almuerzo, mi abuelo se acostaba a su siesta, mi abuela desaparecía en la casa entre sus cosas, y mis tías y yo nos aseábamos, bañándonos en el tanque que había detrás de la casa. Luego, esperábamos la hora de la cena y que cayera la noche para irnos a dormir.

Así pasaban los días, uno tras otro, pero los años no son iguales, uno crece, y eso cambia la rutina. En esos días, después de almuerzo, justo cuando llegaban las horas de tedio, la cosas habían empezado a cambiar.

 

Mis dos tías estaban en la edad cuando las hormonas viven alborotadas y eso atraía a los hombres jóvenes de las fincas vecinas que habían empezado a asomarse entre los arbustos para espiarlas, con el temor de encontrarse con mi abuelo, reconocido por ser un viejo déspota y violento. Quien cuando los descubría, no tomaba revancha contra los jóvenes, sino que castigaba a mis tías, y el castigo era tan cruel y furioso, que los gritos se escuchaban por toda la vereda, y la castigada quedaba en cama por varios días, recuperándose de los golpes recibidos.

Los muchachos cada vez eran más cuidadosos, y mis tías les ponían fácil la tarea, pues en las tardes, mientras mi abuelo hacia su siesta, ellas habían empezado a bañarse, casi desnudas, en la alberca que quedaba en un rincón de la finca, alejada de la casa. Por los sonidos de entre los arbustos, sabíamos que los muchachos estaban fisgoneando. A mis tías les gustaba y aprovechaban para acariciarse sus carnes blancas y mojadas, mientras que a mi me gustaba verles las sonrisas excitadas, que les hinchaba los cachetes enrojecidos.

 

Yo era un chico delgado y bajito, era más bajito que mi tía menor, de 15 años quien medía un metro y medio. Tenía mi desarrollo tardío y mi cuerpo era aún de niño, y también mis sensaciones, pues hasta ese día no había sentido mi primer deseo sexual. Puedo decir que lo sentí ese día, cuando mi tía menor vino hacia mi afanada corriendo, a pedirme que les avisara si mi abuelo se despertaba. Yo corrí a la casa y lo encontré durmiendo, entonces la curiosidad me llevó a la alberca, y vi por primera vez a los muchachos de los arbustos. Habían salido, estaban parados en círculo, cuando me acerqué, pude ver en el medio de todos, a mi tía mayor, acostada desnuda sobre el suelo, con un muchacho también desnudo entre sus piernas abiertas, los brazos se le asomaban con dificultad sobre la espalda gruesa del muchacho, como tratando de abrazarlo. La cara se le veía hermosa, tenía los ojos entrecerrados, y la boca roja medio abierta. El muchacho se movía apretando las nalgas con poder. Era bello, aunque no le vía el rostro, su cuerpo estaba bien tallado, se le veían los músculos excitados apretujarse sobre el cuerpo dominado de mi tía. El espectáculo era lo más sensual que yo había visto hasta ese día, pero no fue eso lo que me despertó mi primer deseo sexual.

 

Mi primer deseo llegó cuando entre los muchachos localicé a mi tía menor. Ella estaba allí, parada, al igual que todos, viendo el espectáculo, su hermana mayor estaba siendo penetrada. Un brazo de uno de los muchachos la tenía agarrada por la cintura. Se veía pequeña entre la multitud de hombres. La falda un poco levantada dejaba ver los muslos gruesos, blancos, y vírgenes, y casi se alcanzaba a ver el panti amarillo que le cubría con dificultad la concha abultada. Tenía las manos agarradas al brazo fuerte del muchacho que la sujetaba. Movía el pecho con fuerza, como si los senos quisieran salir del vestido con cada respiración. El cabello largo y desordenado no le tapaba la cara, sino que lo tenía hacía atrás, dejando al descubierto los cachetes gordos y rojos. Ella sintió mi mirada, y me clavó la suya con los ojos grandes y brillantes, nos miramos en silencio, me sonrió, yo reconocí la sonrisa, la misma con la que se bañaban excitadas por las tardes, y entendí que moría de ganas, que sabía que seguía y esperaba su turno, entonces también le sonreí y la envidie. Quería ser ella, quería ser la que seguía, quería estar tirada en el piso con un hombre encima mio, entonces sentí deseo sexual por primera vez.

 

Sin embargo, ese no era un día para que las dos hermanas perdieran la virginidad, porque desde la casa escuchamos el grito de mi abuela, buscándonos. Los muchachos se perdieron en segundos entre los arbustos, dejando a mis tías solas, abandonadas. Recuerdo a mi tía mayor levantarse de un salto del suelo, sacar agua de la alberca y dejarla caer sobre la chocha. Recuerdo ver el agua enrojecida caerle sobre los muslos blancos.

Se vistieron rápido y corrimos a la casa. Esa noche antes de dormir, no pude dejar de pensar en la escena, y esperaba emocionado que llegara el otro día.

 

A la mañana siguiente la rutina empezó igual a los otros días, sólo que mis tías estaban mas calladas que de costumbre, mi tía menor me miraba y me sonreía, permanecía con la respiración alterada, tanto que mi abuela le pregunto si se sentía mal. Hicimos el oficio rápido, como tratando de que la mañana pasara pronto, pero fue al contrario, pues al quedarnos desocupados, se nos hizo eterna. En el almuerzo casi ninguno de los tres quisimos probar la comida, mi abuela dijo que era un virus, que estábamos enfermos, y nos preparó un agua de hierbas.

Fue hasta después, cuando mi abuelo se acostó a su acostumbrada siesta, que los tres, nos cogimos de las manos y caminamos despacio, en silencio, hacía la alberca. Mis tías parecían entristecidas, como sabiendo que lo que estaban perdiendo nunca lo volverían a recuperar, pero era más fuerte la ansiedad y la calentura. Cuando llegamos a la alberca, ya los muchachos esperaban.

 

Al igual que el día anterior, la primera fue mi tía mayor, sin mediar palabra se paró en el medio del círculo de hombres, se quitó el vestido, y sin pensarlo se quitó el calzón blanco quedando totalmente desnuda. Yo por primera vez pude verle el sexo, al final del los muslos, un triángulo con pelos oscuros enroscados. Me sorprendió lo real y maduro que era, entonces entendí la calentura. Ella se acostó sobre el suelo con las piernas abiertas, un muchacho, diferente al del día anterior, también desnudo, se acostó sobre ella y empezó a penetrarla. Los gemidos, por primera vez los escuché, los gemidos, fue lo que me despertaron el deseo ese día. Empezaron como una respiración que cada vez se hizo más fuerte, hasta que se volvieron pequeños quejidos, justo cuando los cuerpos empezaron a moverse casi violentamente, hasta terminar en un gemido largo de los dos, que mi tía disfruto con una larga exhalación y tumbándose totalmente sobre el suelo. Sólo pasó un momento después y ya estaban los dos de pie, cada uno con una sonrisa en el rostro que les ocupaba el ancho de la cara. Entonces fue cuando todos voltearon a ver a mi tía menor. Ella con la cara roja y un poco de sudor, sonrió, entendió que era su turno.

 

Se quitó el vestido, quedando sólo con el calzón, aún llevaba el mismo panti amarillo del día anterior, algo habitual en tiempos de pobreza. Su cara estaba totalmente enrojecida contrastando con su cuerpo blanco, rollizo y firme. Finalmente se bajó el pantí quedando desnuda. Su triángulo se veía mucho más pequeño y con menos pelos que el de su hermana. Cuando quiso buscar su lugar en el medio del círculo, todos los hombres le ofrecieron la mano para que se apoyara. Y ella lo hizo, agarrándose de los brazos de hombre, tal como si no tuviera la capacidad de caminar por cuenta propia. Al llegar al centro del círculo, justo antes de acostarse en el suelo, levantó la cara y me miró sonriendo, pero esta vez fue diferente, pues la sentí un poco triste, entonces yo también sentí nostalgia. Hasta que finalmente se acostó y rápidamente un muchacho desnudo se le acomodó encima, entre las piernas bien abiertas, y empezó a penetrarla. Se veía hermosa, aún más hermosa que su hermana, aunque su gesto más que de placer parecía de dolor. Pero su cuerpo decía otra cosa, pues se movía al vaivén de su penetrador, dispuesto y enardecido. También vi los rostros de los muchachos que observaban, complacidos. A mi me invadió el deseo, y odie no tener un triángulo como el de mis tías, no fue sino hasta mucho tiempo después que entendí que con mi cuerpo, de chico, pero afeminado, también podía complacer a los hombres.

 

Desde ese día a mis dos tías se las culiaban casi todas las tardes. No les gustaba que se las culiaran al mismo tiempo, pues preferían ver el espectáculo, entonces hacían turnos, una tras otra, un muchacho tras otro.

El rumor corrió por toda la vereda hasta que llegó al pueblo, tanto que llegaban muchachos que nunca habíamos visto, a ellas no les importaba quien viniera, desde que llegaran con regalos. Mi abuelo se enteró pero era demasiado tarde, la edad no le perdonó el descuido y la muerte se lo llevó. El día de su entierro mi madre fue a recogerme. Nunca más volví al pueblo. Nunca más volví a ver a mis tías.

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