“Los derechos humanos no desaparecen cuando una persona se desnuda”
Andrea Amaya es psicóloga especialista en sexualidad, extrabajadora de la industria para adultos y activista, conoce de cerca las luces y las sombras de un sector que suele ser juzgado desde afuera. Después de conocerla en el AEFEST Bogotá, conversamos con ella sobre consentimiento, salud mental, derechos laborales y educación sexual, pero también sobre humor, placer y la posibilidad de construir una industria más segura.
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Antes de estudiar psicología y especializarse en sexualidad, Andrea Amaya fue modelo webcam, creadora de contenido y participó en producciones pornográficas. No reniega de ese pasado ni lo presenta como una experiencia exclusivamente negativa.
En la industria encontró independencia económica, oportunidades para viajar, amistades, espacios para explorar su sexualidad y una comunidad que, según cuenta, muchas veces se cuida más de lo que imaginan quienes la observan desde afuera. Sin embargo, también conoció los estigmas, las violencias, la falta de garantías y ciertas prácticas que suelen justificarse bajo la idea de que “así funciona la industria”. La psicología le permitió ponerles nombre a muchas de esas experiencias. Más adelante, la especialización en sexualidad terminó de conectar su historia personal con su ejercicio profesional.
“Hoy no hablo de sexualidad solamente desde un libro. Tampoco hablo de la industria como alguien que la observa desde afuera. Mi ejercicio profesional está atravesado por haber sido trabajadora sexual y por saber que detrás de una cámara hay una persona con límites, historia, emociones y derechos”.
Su postura no busca romantizar la industria ni condenarla. Andrea conoce sus luces, pero también sus sombras.
Acompañar sin juzgar ni decidir por el otro
Su experiencia le permite comprender que no todas las personas llegan a la industria por las mismas razones. Algunas lo hacen por necesidad económica; otras, por curiosidad, autonomía, exploración sexual, gusto por la exhibición o una combinación de varios factores.
En un país como Colombia, explica, tampoco puede ignorarse que muchas personas jóvenes encuentran en el modelaje webcam y la creación de contenido una posibilidad de recibir ingresos en dólares, administrar sus horarios y alcanzar una independencia que el mercado laboral tradicional no siempre les ofrece. Por eso, cuando una persona vinculada a la industria llega a consulta sintiéndose cansada, confundida o pensando en retirarse, Andrea evita partir de preguntas que puedan esconder un juicio moral.
En lugar de decidir qué debería hacer, propone explorar cuánto tiempo quiere permanecer en la industria, qué espera conseguir, cuáles son sus límites y cómo podría construir otras alternativas.
Si desea continuar, el acompañamiento puede ayudarle a encontrar maneras más seguras y sostenibles de hacerlo. Si quiere retirarse, la salida puede planearse progresivamente, sin convertirla en una obligación inmediata ni en una supuesta condición para recuperar el bienestar.
“No toda persona que entra a la industria necesita ser salvada y no toda persona que quiere salir puede simplemente levantarse un día e irse”.
El estigma también vulnera derechos
Uno de los prejuicios más frecuentes consiste en asumir que una persona que muestra públicamente su cuerpo pierde el derecho a la intimidad, al respeto o a sentirse vulnerada.
El estigma puede aparecer en las redes sociales, pero también extenderse a la familia, las relaciones de pareja, el acceso a otros empleos, la atención en salud y la credibilidad de una persona cuando denuncia una violencia.
Sus consecuencias incluyen aislamiento, ansiedad, vergüenza, temor a ser reconocida y agotamiento emocional. Además, persiste la creencia de que una trabajadora sexual siempre está disponible o que sus límites resultan contradictorios con la actividad que realiza.
“Una persona puede trabajar con su sexualidad sin que su sexualidad deje de pertenecerle”.
Para Andrea, recibir un pago no anula el consentimiento. Una modelo webcam puede decidir qué prácticas no realiza; una creadora puede establecer qué muestra y qué no; una actriz puede detener una escena, y una trabajadora sexual puede aceptar un servicio y negarse a determinadas prácticas.
Consentir una producción no significa consentirlo todo
Para Andrea, este tema es profundamente personal. Ella presentó una denuncia por un presunto abuso sexual ocurrido durante una producción para adultos. De acuerdo con su testimonio, aceptó participar en una grabación bajo unas condiciones específicas, pero la persona con quien supuestamente realizaría la escena no llegó y terminó interviniendo alguien diferente.
Durante la producción le dieron un cóctel cuyo contenido desconocía. Según relata, después de beberlo vomitó, perdió el control de sus sentidos y tuvo momentos de inconsciencia. Mientras se encontraba en ese estado ocurrieron situaciones sexuales que actualmente forman parte de su denuncia y de una investigación.
Andrea aclara que no consume drogas y que desconoce qué contenía la bebida. Su testimonio se concentra en lo que experimentó después de ingerirla y en las condiciones en las que se encontraba.
Haber aceptado grabar una producción pornográfica, insiste, no significaba aceptar cualquier práctica, con cualquier persona y bajo cualquier circunstancia. Tampoco implicaba consentir mientras no se encontraba en capacidad de decidir libremente.
“Consentimiento no es contrato. Trabajar en la industria para adultos nunca significa aceptar un abuso”.
Después de hacer pública su denuncia, otras mujeres comenzaron a compartir experiencias y señalamientos semejantes. Desde entonces, Andrea y su abogado han acompañado algunos de los procesos iniciados por quienes también decidieron hablar.

Ella insiste en que esta experiencia no significa que toda la industria sea abusiva. Durante sus años de trabajo conoció productores, actores y actrices que respetaron sus límites. Precisamente por conocer ambas caras considera urgente crear protocolos claros de consentimiento, condiciones seguras de trabajo, reglas sobre el suministro de bebidas o sustancias, rutas efectivas de denuncia y consecuencias frente a las vulneraciones.
La seguridad de una trabajadora no debería depender de tener la suerte de encontrarse con un buen productor.
Derechos laborales, digitales y humanos
Hablar de la industria para adultos no significa referirse únicamente a la pornografía. También comprende el modelaje webcam, la creación de contenido para plataformas, los espectáculos privados y distintas formas de trabajo sexual presencial y digital, cada una con dinámicas y riesgos particulares.
Entre los principales problemas, Andrea señala las jornadas excesivas, los porcentajes y condiciones poco transparentes, el desconocimiento de los contratos y la falta de claridad sobre cuánto dinero produce realmente el trabajo de una modelo.
En el entorno digital también resulta fundamental proteger la imagen y los datos personales. Comprar una fotografía o un video no autoriza a publicarlo en otros sitios, distribuirlo en grupos, revenderlo ni utilizarlo para acosar a quien lo creó.
“Pagar por contenido no convierte a una persona en propietaria de mi imagen”.
A esto se suma el derecho a conocer con claridad los pagos, las comisiones y las condiciones de plataformas e intermediarios; a contar con descansos y horarios razonables; a cuidar la salud física, sexual y mental, y a no ser discriminada posteriormente en universidades, empleos, instituciones financieras o servicios de salud. Para Andrea, las buenas prácticas no deberían depender únicamente de la voluntad de cada estudio, productor o plataforma, sino convertirse en garantías aplicables a toda la industria.
Construir políticas con las trabajadoras sexuales
Otro cambio urgente consiste en dejar de hablar sobre las trabajadoras sexuales sin contar con su participación.
Andrea destaca el trabajo de Alejandra Omaña, periodista, creadora de contenido, exactriz y activista que ha llevado la defensa de los derechos de esta población a escenarios políticos e institucionales. Su presencia demuestra que quienes conocen la industria desde adentro también pueden intervenir directamente en la formulación de las políticas que las afectan.
Colombia necesita regulación, garantías laborales, protección de los derechos digitales, condiciones contractuales transparentes y rutas efectivas de atención frente a las violencias. Sin embargo, cualquier transformación debería construirse escuchando a las personas que viven esta realidad. También considera necesario diferenciar el trabajo sexual de la trata de personas. Reconocer que existen explotación, violencia y abuso no exige desconocer la autonomía de quienes deciden ejercer.
“No necesitamos que decidan por nosotras; necesitamos garantías para poder decidir y ejercer nuestros derechos”.
Cuando denunciar produce una segunda violencia
Una trabajadora sexual que denuncia una agresión suele enfrentarse a una dificultad adicional: antes de ser escuchada, parece obligada a demostrar que merece ser considerada víctima.
Se examinan sus fotografías, su vida sexual, las escenas que realizó o las decisiones que tomó en el pasado, como si tener una sexualidad pública disminuyera su derecho a recibir protección.
Andrea considera que el sistema de salud necesita profesionales capaces de atender sin morbo ni prejuicios. La justicia debe investigar los hechos y no la reputación sexual de quien denuncia. El entorno cercano, por su parte, debe acompañar sin exigir que la persona se ajuste al comportamiento esperado de una “víctima perfecta”.
Ante una violencia, explica, el cuerpo puede luchar, escapar, paralizarse o intentar complacer como mecanismo de supervivencia. No todas las víctimas gritan, golpean o salen corriendo, y algunas pueden tardar en comprender y nombrar lo que les ocurrió.
“Sí, trabajaba en eso. Y precisamente por eso también tenía límites”
Entrar a la industria con los ojos abiertos
Andrea no le diría automáticamente a una persona joven que descarte la creación de contenido para adultos. Considera que hacerlo sería paternalista y desconocería los beneficios reales que algunas personas encuentran en este trabajo. Su recomendación es entrar con información y con los ojos abiertos.
Antes de comenzar, aconseja preguntarse por qué se quiere ingresar, cuánto tiempo se espera permanecer y qué objetivos se buscan. También recomienda definir los límites, proteger los datos personales, leer cuidadosamente los contratos, conocer quién conservará los derechos del material y tener presente que internet guarda memoria. Asimismo, sugiere cuidar la salud sexual, evitar trabajar bajo el efecto de sustancias, construir una red de apoyo y procurar que alguien de confianza sepa dónde se realizará una producción y quiénes participarán.
Tener un plan a mediano y largo plazo también puede ampliar la autonomía: estudiar, emprender, diversificar los ingresos o preparar una transición no significa que la industria sea un lugar del que necesariamente haya que escapar, sino que contar con alternativas permite elegir con mayor libertad.
“Ganar dinero con tu cuerpo no significa que alguien haya comprado tu cuerpo”.
Polikama: arrestar mitos con arte y humor
Además de su ejercicio profesional y su activismo, Andrea es embajadora de Polikama, una propuesta que combina psicología, sexología, actuación, narración y humor.
El proyecto nació de su trabajo junto a Adrián, profesor, actor y contador de historias. Ambos buscaban una forma de hablar sobre placer, deseo, consentimiento y juguetes sin convertir cada encuentro en una clase solemne. Así surgió la “Unidad de Delitos contra el Placer”, dedicada a investigar y “arrestar” los mitos, la culpa, la desinformación y los tabúes que alejan a las personas del disfrute de su sexualidad.

El humor ayuda a disminuir la tensión y permite reconocer aprendizajes absurdos o creencias equivocadas. Sin embargo, Andrea establece un límite claro: es posible hacer humor alrededor de los mitos sexuales, pero nunca a costa de las víctimas ni trivializando las violencias.
Entrevista
Si Polikama emitiera hoy una orden de captura, ¿cuál sería el “delito contra el placer” más buscado en Colombia?
El coitocentrismo. Orden de captura inmediata.
Es esa obsesión por creer que el sexo equivale a penetración y que un encuentro solamente fue bueno si hubo penetración, erección y orgasmo. A muchos hombres les enseñaron que deben rendir, durar y mantener una erección como si presentaran un examen. A muchas mujeres les enseñaron a evaluar su sexualidad alrededor de la penetración, aunque para muchísimas el clítoris sea fundamental para alcanzar el orgasmo.
Tenemos cuerpos enteros llenos de posibilidades y nos educaron para creer que el sexo sucede únicamente alrededor de los genitales. Así que sí: coitocentrismo, se busca vivo o… rehabilitado.

¿Por qué el humor puede ayudar a hablar de sexualidad?
Porque históricamente nos enseñaron la sexualidad desde el miedo y la vergüenza. Nos hablaron de embarazo, infecciones, pecado y peligro, pero muy pocas veces de placer, comunicación o deseo.
El humor reduce esa barrera. Nos permite reconocer cosas que hacemos, reírnos de los mitos que aprendimos y pensar: “miércoles, yo creía exactamente eso”. Pero usar el humor no significa burlarse de las violencias ni restarles importancia.

¿Qué les dirías a quienes trabajan actualmente en la industria para adultos?
Yo no odio esta industria. Una experiencia de violencia no borra los momentos buenos que viví, las oportunidades que tuve ni las personas maravillosas que conocí. Tampoco utilizaría lo que me ocurrió para decirles a otras mujeres que no entren o que todas somos víctimas.
Pero querer una industria también significa poder señalar lo que está mal. Decidí hablar y denunciar no porque quiera destruirla, sino porque sé que puede ser mejor.
¿Y a quienes todavía observan esta industria desde el prejuicio?
Que dejen de reducir a una persona al contenido sexual que hizo alguna vez. Una trabajadora sexual puede retirarse, estudiar, convertirse en psicóloga, escribir libros, hacer activismo, entrar a la política o seguir ejerciendo y hacer todas esas cosas al mismo tiempo.
Nuestro pasado sexual no cancela nuestro futuro. No necesitamos que todo el mundo esté de acuerdo con el trabajo sexual. Necesitamos algo mucho más básico: que entiendan que los derechos humanos no desaparecen cuando una persona se desnuda.

