El Hijo De La Vecina
Relato de comunidad Transexualesschedule 5 min de lectura calendar_today Mayo de 2008

El Hijo De La Vecina

Eran las diez de la noche y mi tí­a apenas habí­a pasado por la habitación para desearme una feliz noche. Como de costumbre la tí­a Carmen Luisa se acostaba a las diez de la noche en punto y ya a las cinco y media de la mañana estaba despierta preparando el desayuno o dedicada a cualquier....

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Eran las diez de la noche y mi tí­a apenas habí­a pasado por la habitación para desearme una feliz noche. Como de costumbre la tí­a Carmen Luisa se acostaba a las diez de la noche en punto y ya a las cinco y media de la mañana estaba despierta preparando el desayuno o dedicada a cualquier tarea domestica. Yo ya tenia varios meses viviendo con ella y aun no me acostumbraba a la rigidez con que manejaba todo en la casa. Mis padres, preocupados por ciertas tendencias supuestamente aberrantes de mi parte, decidieron que un año viviendo con la tí­a Carmen Luisa seguramente arreglarí­a cualquier defecto en mi persona. Desde que me mude a la casa de la tí­a me hice amigo de la vecina del lado, Matilde. Era una señora de unos cincuenta años, viuda pero con una energí­a y una alegrí­a verdaderamente contagiosa. Matilde viví­a en una casa muy similar a la de mi tí­a, de hecho los patios de ambas casas coincidí­an y era fácil pasar de una casa a la otra, aunque mi tí­a Carmen Luisa desconfiaba de todo el mundo y jamás se habí­a atrevido a dirigirle mas que un saludo formal a la amable vecina. Yo, en cambio, la visitaba con regularidad. Ella me recibí­a siempre con mucho cariño y con una ternura como si se tratara de mi madre. Ella tenia dos hijos, un varón de 30 años que viví­a con su esposa en la ciudad pero a quien yo aun no habí­a conocido, y una hija de 24 años que se habí­a ido hace año y medio a Miami donde trabajaba de mesera en una discoteca mientras esperaba casarse y hacer los papeles. Lo divertido de Matilde era que ella mantení­a la habitación de su hija con un grado de orden y limpieza que cualquiera se imaginaria que ella aun viví­a allí­ y que en cualquier momento llegarí­a de la trabajo para descansar, respectivamente, en sus habitaciones privadas. A mí­ me gustaba ver las fotos de su hija, Mónica. Era una joven atractiva, delgada y tenia la misma energí­a en la mirada que su madre. Matilde siempre me mostraba sus fotos, y yo comentaba sobre lo linda que era Mónica. Un dí­a yo estaba en casa de Matilde cuando ella me dijo que tenia que salir a una cita con el medico. Yo comencé a pararme de la silla para despedirme, pero ella me dijo, "tranquilo mijo, quédate acá descansando que yo no me demoro mas que hora y media. Tu sabes que esta es como tu casa ya". Yo quede mudo ante semejantes palabras, agradecí­ su gentileza y ofrecí­ acompañarla al medico. En fin, ella ya tenia quien la llevara en auto y decidí­ quedarme en la casa para no traicionar su bondad y buena fe. Como a los 20 minutos de haberse ido Matilde, se despertó en mi una curiosidad por explorar la habitación de Mónica. Apague el televisor y me fui a la habitación, imitando los pasos delicados de la pantera rosa como si hubiese alguien en la casa que pudiera descubrirme. Entre a la habitación y comencé a explorar las gavetas, descubriendo una increí­ble variedad de ropa juvenil, coqueta y sensual. No aguante mis impulsos y me desnude de inmediato, recordando mis viejos fetichismos, razón por la cual me habí­an castigado enviándome a casa de Carmen Luisa, que ironí­a Dios mí­o! Me coloque unos paties negros y me quedaron un poco ajustados pero divinos. Luego un brasier negro, una blusa apretadita y muy linda y finalmente unos jeans súper ajustados que casi no logro abotonar después de luchar con ellos en la cama. Para finalizar me metí­ al closet de la chica y me coloque unas sandalias de tacón alto que para mi sorpresa no me quedaban tan apretados y podí­a caminar tranquilamente. Completado el vestuario me coloque un poco de maquillaje y me mire en el espejo, estaba divina! ¡Que mamazota, increí­ble como me veí­a de bien, como me quedaba ese jean de sexy, como se llenaba el brazier con las medias que habia colocado en su interior! Quede boba mirándome en el espejo cuando sentí­ que abrian la puerta. ¡Hijueputa! ¡Que voy a hacer! Pensé salir huyendo a casa de Carmen Luisa por el patio pero eso seria como firmar sentencia de muerte. Pensé esconderme pero... no me dio tiempo. Mientras yo abrí­a la puerta de la habitación de Mónica para pasar a la sala, se paro frente a mi un hombre alto, fuerte y visiblemente alterado. "¡Quién carajo eres!\" Me gritó. \"¿Donde está mi mami? Donde esta Matilde...\" Yo no era capaz siquiera de pronunciar una sola palabra, estaba congelado de terror. "¿Eres muda o que? ¡Dime quien eres!" ¿Muda? ¿Será que el piensa que yo soy una mujer? No lo puedo creer... "Soy Juliana", dije, fingiendo la voz más femenina posible, sin mucho éxito. "Ahhh, ya entiendo", respondió, con una sonrisa malvada en su cara. "Ven Juliana, te voy a pedir un favor". De repente el tipo me agarró por el cuello y de un solo movimiento me empujo hacia abajo, caí­ de rodillas delante de el, me sentí­a impotente ante su fuerza, con una mezcla de nervios, temor y gusto que me tenia sumamente confundida. Sin aflojar su poderoso dominio sobre mí­, saco su miembro y me dijo sencillamente, "Juliana, ¿verdad que a las locas como tu hay que darles de esto para que se tranquilicen"? Yo no tuve tiempo ni de pensar cuando de repente él abrió mi boca y me metió su miembro completo en la boca. Casi no aguante las ganas de vomitar cuando su enorme miembro entro en mi garganta sin delicadeza alguna. En vista de lo que ocurrí­a y puesto que no era la primera vez que me veí­a en una situación así­, decidí­ mamarselo con gusto y efectivamente lo hice, hasta que el hombre se vino y derramo hasta la ultima gota de su leche en mi boca, la cual trague con gusto y satisfacción. Por un instante me senti completamente mujer. Eso si, humillada y sometida por este desconocido, pero sobre todo mujer. Terminado nuestro encuentro, el se sentó haber televisión y yo me pare para ir a la habitación y cambiarme. No habí­a dado dos pasos cuando Matilde abrio la puerta y me encontró en semejantes condiciones. \"¡Virgen Santa!\" exclamo Matilde. \"No, no señora, no piense mal de mí­. Puedo explicarlo todo, le respondí­. "Tranquila, mi amor." Me dijo Matilde. "Siempre supe que eras especial, y que vendrí­as a llenar el espacio vací­o que dejo mi hija. No te preocupes, estas muy linda mi amor. La abracé y comencé a llorar... este era el dí­a más feliz de mi vida.

— gatausa

24 de mayo de 2008

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