Por Albert C. Wallace -¡Puta y más que puta! ¡Rata! Del otro lado de la línea, era Julián quien me insultaba después de confesarle mi terrible infidelidad. Ahora gritaba: -¡Te odio con todas las fuerzas de mi alma! Ni siquiera te he amado, perra… ¡Te he adorado; como para que ahora me vengas a decir que hace cuestión de pocas horas acabas de comerte una polla colombiana de veintiséis centímetros! ¿Todo eso por el culo? ¡Traidora! ¡Perra! ¡Puta! ¡Sucia! ¡Cerda! Solo hasta ese instante me convencí acerca de todo el gran amor que Julián sentía por mí. Lo había conocido en un Centro Comercial de Madrid, una tarde soleada de otoño. Nos habíamos impactado uno al otro de solo vernos; y desde ese mismo instante sabíamos que éramos el uno para el otro. Por cuestiones de trabajo, normalmente teníamos que separarnos. Yo como publicista de una multinacional. Julián como actor de teatro, haciendo giras por toda España y Europa; y de vez en cuando le salían papeles menores en el Cine y algo mejores en la Televisión. Sin embargo, su obsesión mayor, era trabajar bajo la dirección de Pedro Almodóvar, en una película con fuerte contenido; no solo para demostrar sus facultades actorales, sino también su deslumbrante físico. (Julián había cumplido apenas diecinueve años el mes pasado). Pero pese a ello, ya poseía una buena experiencia en la cama. Yo por supuesto, le había enseñado mucho de las artes que todo buen amante debe poseer; y mi culo por supuesto le enloquecía. Besaba y mordisqueaba la protuberancia de mis nalgas y luego de lubricar el agujero de mi culo con su saliva espesa, procedía a enterrarme su estaca sin compasión, entrando y saliendo dentro de mí, en medio de agudos gritos y espasmos de agitación: -¡Dale! ¡Métemela toda de raíz, Juliancito mío! ¡Uyuyuy! ¡Así! Suave no más… ¡Ahora dale con toda! ¡Duro, papi, duro! Yo experimentaba frecuentes erecciones, cada vez que recordaba nuestros apasionados encuentros; y me parecía que nada ni nadie en el mundo separaría bajo ninguna circunstancia aquel divino amor y pasión que uniría por siempre nuestras mentes y nuestros cuerpos. Pero ahora, quizás por una malediciente imprudencia mía todo aquel romance podría terminar abruptamente, después de la dolorosa confesión que yo mismo acababa de hacerle. ¿Cómo habría podido ser tan estúpido de confesarle mi infidelidad de la noche anterior, al que estaba seguro iba a ser mi marido, quizás tan pronto llegara de retorno a España? Lo único que acerté a expresarle a Julián ante la gravedad de los acontecimientos fue: -¡Por caridad, Julián, perdóname! ¡Te lo suplico! Yo escuchaba al otro lado de la línea a Julián, llorando a moco tendido, igual que si fuera un chiquillo: -¿Por qué lo hiciste? ¡Dime por qué! ¡Maldito seas, Pedro Villabona! -¡Perdóname! –grité con todas mis fuerzas. -¡Me mataré por tu culpa! –fue lo último que me dijo antes de colgar. Yo sentí un nudo en la garganta. Nunca imaginé que con mi revelación, Julián se hubiese frustrado a un punto tal de amenazarme con quitarse la vida. ¿Simples amenazas? –pensé-. Debía hacer algo y pronto; pero cuando justamente me disponía a marcar a Madrid por la línea internacional para intentar comunicarme con mi amante, el teléfono de mi habitación repicó de nuevo, y una voz agradecida apartó momentáneamente de mis pensamientos aquel fragoroso enfrentamiento con Julián: -¡Hola, lindo! Habla Sebastián. ¿Me has pensado? Os juro que después de escuchar aquella vibrante y melodiosa voz, algo en mí renació de nuevo. Yo más que nadie sabía que me había portado como un vil canalla. Engañé a Julián y ahora estaba ante una encrucijada difícil. Sebastián empezaba a llegar a mi vida, a meterse dentro de mí. Yo por mi parte, me sentía cautivado por él. ¿Qué pasaría en mi vida después de todo esto? Mi relato sigue. No os perdáis el siguiente capítulo de mi novela. …CONTINUARA…

Relato de comunidad Gayschedule 3 min de lectura calendar_today Agosto de 2008
UNA BELLA HISTORIA EN COMPLICES-SPA - Capitulo Decimo
Por Albert C. Wallace -¡Puta y más que puta! ¡Rata! Del otro lado de la línea, era Julián quien me insultaba después de confesarle mi terrible infidelidad. Ahora gritaba: -¡Te odio con todas las fuerzas de mi alma! Ni siquiera te he amado, perra… ¡Te he adorado; como para que ahora me....
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