Por Albert C. Wallace La escena no podría ser más patética: Sebastián clavado en la cama por mi tranca de veinte centímetros en la deliciosa posición de “pollo asado”, y Carolina, su novia, desmayada en el piso, después de mirar incrédula durante unos pocos segundos, como “el amor de su vida”, yacía en la cama en semejante posición, y sometido por otro de su mismo género que le perforaba el hoyo de su apretado culo hasta sacarle de lo profundo, intensos gritos de dolor: -¡Yo no sabía que esto dolía tanto! ¡Ya no más, Pedrito, te lo suplico, ya no más, papacito lindo! –me decía, agregando-: ¡Sácame ese hierro candente de mi culo! Ajeno a sus ruegos yo seguía empujando con ferocidad mi dura tranca; y estando en todo aquello fue cuando nos percatamos que a través del espejo de la habitación, la silueta imponente y fulgurante de una mujer en el vano de la puerta alcanzó a observarlo todo, petrificada de terror. Creo estar seguro que para esa chica, debió ser aquella, la pesadilla más grande de su vida. ¡No lo pongo en duda! Ante lo inesperado de los hechos, y estando en lo mejor, tuve que suspender la que yo concebía como una regia faena de matador de toros con rabo y orejas, ante la inoportuna e imprevista aparición de la novia de Sebastián. El muy cachondo, muerto de pánico, despegó como pudo su culo de mi polla, intentando reponerse del susto para exclamar: -¿Y ahora qué haremos? ¿Llevarla a un hospital? -Se te ocurren unas cosas… ¿Por qué dices eso? –le pregunté. -¿No la ves allí? Esta desmayada –rugió. -Cálmate, Sebastián. Tengo una idea mucho mejor. ¿Por qué no hacerle creer a tu novia que todo fue un sueño? En mi cartera tengo un narcótico… una droga sintética que la mandará al mundo psicodélico de la fantasía por unos instantes y así podrá soñar con otros mundos, con otras dimensiones jamás imaginadas. -¿Algo así como la coca? –me preguntó inocentemente Sebastián, mientras se incorporaba y al mismo tiempo buscaba su ropa esparcida por toda la habitación para vestirse de nuevo. -Algo mejor que el LSD y que el Éxtasis –le dije. Y sin pérdida de tiempo, saqué de mi billetera el ácido que mandaría a aquella zorra a un mundo mejor imaginado que el de Walt Disney. El tiempo era precioso. Si despertaba antes de tiempo, después de haber padecido el desmayo derivado de la visión de verme haciendo el amor con su novio, y peor aún: en el papel de activo, todo estaría perdido. Busqué entonces su lengua y bajo su paladar introduje la figurita del ácido en forma de corazón. Tardaría en reaccionar a los pocos segundos; pero cuando esto ocurriera, ni Sebastián ni yo estaríamos en el cuarto para ver su reacción. La dejaríamos sola por unos instantes. La pesadilla anterior se habría borrado, y a partir de ese instante, Carolina Presley, la famosa modelo, la “noviecita” de Sebastián, mi ardoroso amante, entraría a la dimensión de lo desconocido. Os aseguro que a pesar de sentirme gay al ciento por ciento, la belleza de aquella hembra no me fue indiferente para mí. Al verla allí en el piso, con su minifalda recogida, pude contemplar a mi antojo sus bien torneadas piernas, sus ricas tetas a punto de estallar dentro del apretado brasier… Su boca de labios gruesos, roja y sensual, ávida de una buena mamada… su larga y fragante cabellera, y después de contemplar todo eso, pensé para mis adentros: ¿Por qué no comernos a esta hermosa chavala entre Sebastián y yo? Al fin y al cabo somos hombres; así muchos homofóbicos yerren al pensar que los maricas no podamos comernos una buena chocha; tan tentadora como esa. ¡Pero claro que podemos! Ya veréis lo que pasaría después. Estad atentos…

Relato de comunidad Gayschedule 3 min de lectura calendar_today Agosto de 2008
Una Bella Historia En Complices Spa - Capitulo Decimosegundo
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