Por ALBERT C. WALLACE En un santiamén, la Presly había sido deshonrada por detrás. ¡Quién lo creyera! Esta vez su novio, el amor de su vida, había sido el causante. Pero, rememorando su pasado, durante su fiesta de quince años, Carolina había sido brutalmente desvirgada por un primo costeño que le sirvió de pareja en la ruidosa fiesta que ofrecieron sus padres en el Club Campestre El Bosque; y que, en un descuido, mientras salían a contemplar la luna llena… el hermoso y bien dotado costeño de tan solo diecisiete años arrastró a Carolina hasta una enramada del bosque que amurallaba la piscina y prácticamente la violó. Tuvieron que pasar cinco años, antes que la pobre superara el trauma de su niñez. Esto ocurrió, poco tiempo después de conocer a Sebastián con el que llevaba hasta entonces dos años de noviazgo. Al tercer mes y después de mucho rogarle, la brillante promesa samaria del fútbol rentado la coronó con su cachiporra de veintiséis centímetros que hicieron desmayar de gozo a la que desde entonces no había dejado de ser su novia oficial. Todo había marchado bien; pero desde el instante mismo de cuando me conoció, Sebastián tuvo que compartirla conmigo… en lo sentimental; y ahora, por una feliz coincidencia del destino, en lo físico también. ¿No era emocionante? Pero igual, no era lo que yo buscaba en una relación con un hombre: comerme a su novia. Y eso mismo era lo que estaba ocurriendo en ese preciso instante. Yo follaba a su novia por delante, y él la penetraba por detrás. ¡Qué sensación! -¡No más! ¡Ya no más! ¡Por piedad, ya no más! –clamaba la hembra. Era lógico. Llevábamos casi una hora dándole clavo sin parar; y obviamente, estando atravesada por los dos flancos, cualquier hembra, por dura que parezca, debe pedir perdón hasta rendirse. -¿Te rindes, cerda? –le pregunté. Pero, era tal y tanto el goce que la Presly experimentaba, que aún no se daba por vencida. Entonces cambiaba la letanía anterior del “ya no más, ya no más”, por el de: -¡Más… más… mucho más, perros bastardos! ¡Denme verga hasta que me muera! A una señal de Sebastián, decidí entrar y salir; esta vez con ferocidad hasta arrancarnos entre los tres, un orgasmo prodigioso, en medio de fenomenales chillidos de placer. Estoy seguro que, al volver a la realidad, Carolina Presly a lo mejor se habría arrepentido de lo que hizo; pero qué más daba. Estaba drogada y sin ninguna condición de juicio que la hiciera acreedora a sentirse la misma muchachita mojigata incapaz de matar una mosca. ¡Mentira! ¡Había culiado de lo lindo y con dos hombres a la vez! Después de lo cual, entre Sebastián y yo, la arropamos en la cama de la alcoba principal; mientras nosotros dos nos retiramos al cuarto de huéspedes y abrazados nos quedamos dormidos hasta cuando las primeras luces del amanecer detectaron que era propicio que yo me ausentara de su apartamento, ante la posibilidad de que Carolina despertara y nos sorprendiera. Nos despedimos de beso y abrazo, con la promesa de vernos más tarde en el mismo y maravilloso sitio en donde nos habíamos conocido: COMPLICES-SPA. Tomé un taxi. Llegué a mi hotel del Centro Internacional. La recepcionista me pasó la llave. Tomé el ascensor, y al introducirme en él… ¡Oh, sorpresa! Manos a boca me encontré con Ronald (el botones). Un mulato precioso de dieciocho años, que desde que llegué al hotel, siempre se había mostrado solícito conmigo. -Buenos días, señor –me dijo en tono amable. -Buenos días –le respondí; al tiempo que le pregunté-: ¿Puedes acompañarme un instante a mi habitación? -¿Y cómo para qué, señor? -Quiero pedirte un favor. Te pagaré bien. ¿De acuerdo? -De acuerdo, señor. Todo pensaría aquel negro precioso. Todo menos imaginarse en “las negras” intenciones que yo tenía para hacer realidad con él, una nueva fantasía. …CONTINUARÁ…

Relato de comunidad Gayschedule 3 min de lectura calendar_today Agosto de 2008
Una Bella Historia En Complices Spa - Capitulo Decimosexto
Por ALBERT C. WALLACE En un santiamén, la Presly había sido deshonrada por detrás. ¡Quién lo creyera! Esta vez su novio, el amor de su vida, había sido el causante. Pero, rememorando su pasado, durante su fiesta de quince años, Carolina había sido brutalmente desvirgada por un primo....
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