Por ALBERT C. WALLACE ¡Ronald, el botones del hotel, con apenas dieciocho años y un cuerpo fantástico, dispuesto a entregarse a mí! Todo creí menos eso. De todos modos, debía ser muy cauteloso y no despertar sospechas entre sus mismos compañeros de trabajo; o sea, los otros empleados del hotel. Por lo tanto era preferible que se presentara ante su jefe inmediato y entregara el turno. Después y con mucha discreción, llegaría de nuevo a mi habitación sin que nadie sospechara de su presencia; porque supuestamente Ronald se habría marchado para su casa. Desde el instante mismo de cuando abandonó la habitación, el tiempo transcurrido me parecía una eternidad. Incluso llegué a pensar que quizás, a última hora se habría arrepentido de volver, ante la humillación que suponía sentirse poseído por otro de su mismo género. (Al menos eso suelen pensar los machos-machos cuando después de mucho pensarlo deciden tener una relación sexual con otro hombre) Para aplacar mi ansiedad, bebí medio vaso de scotch a las rocas. No alcancé a servirme un trago más, cuando escuché unos golpes suaves en mi puerta. Abrí, y para sorpresa mía, era Ronald… Esta vez, más deslumbrante y divino que nunca. Vestía jeans muy ajustados, que dejaban admirar sus torneados muslos. De igual manera, la imperiosa redondez de su culo supersensual. Llevaba puesta una bella chaqueta deportiva; con una buena combinación de tenis a la última moda y una gorra de las que usan a la moda la mayoría de los chicos de hoy en día. Su misma pinta descomplicada lo hacía ver mucho más hermoso de lo que era en realidad. -¿Me demoré mucho? –me dijo tan pronto abrí la puerta. Yo no contesté. Simplemente lo empujé hacia adentro y cerré, no sin antes colocar en la perilla de la puerta el famoso aviso de los hoteles cinco estrellas: “No molestar”. Después de esto, no me contuve y empecé a besarlo apasionadamente. El chaval respondió de la misma manera y empezó a acariciarme, mientras yo lo iba despojando de su ropa hasta dejarlo en boxer y después de liberarlo de esta última prenda; me decidí a ponerlo en cuatro patas y abriéndole sus nalgas turgentes, descubrí el capullo de su ano en flor, y sin pudor alguno empecé a chupárselo hasta excitarme al escucharlo chillar de arrechera. -¡Uy, así! ¡Qué cosa tan rica! ¡Uy, yo no había sentido nada parecido -exclamaba débilmente Ronald, gimiente de gozo-. No pare, señor, se lo suplico… déme más lengua. ¡Lengua por el culo! ¡Toda la pueda! Yo obedecía sin remilgos, por cuanto sabía que lo que me esperaba era comerme un virgo de dieciocho años. -Ahora sí… ¡métamelo! –rugió el botones- Quiero su verga dentro de mi culo. ¡Sáqueme la mierda! Me asombraron aquellas palabras. Un deseo sadomasoquista se despertó en mí de un modo súbito. -Se lo voy a enterrar sin compasión de una sola estocada, para que sepa lo que se siente la primera vez con una buena verga dentro del culo. Así sucedió. Pero… a la embestida inicial siguió un grito poderoso de dolor. Acababa de romperle el culo. Me preocupaba sobremanera que aquellos gritos pudieran escucharse desde el exterior de la habitación. No reparé en ello. Quería gozarlo hasta la saciedad. Me excitaban sus gritos. -¡Me arde… me arde! ¡No soporto por más tiempo esta tortura! ¡Sáquemelo ya! ¡Me duele mucho, señor… se lo suplico! Un timbrazo del teléfono de mi habitación se escuchó repentinamente. Lo menos esperado estaba a punto de ocurrir. Quedareis asombrados cuando os lo cuente todo en el próximo capítulo de mi novela “UNA BELLA EN COMPLICES-SPA”. …CONTINUARÁ…

Relato de comunidad Gayschedule 3 min de lectura calendar_today Agosto de 2008
Una Bella Historia En Complices Spa - Capitulo Decimonoveno
Por ALBERT C. WALLACE ¡Ronald, el botones del hotel, con apenas dieciocho años y un cuerpo fantástico, dispuesto a entregarse a mí! Todo creí menos eso. De todos modos, debía ser muy cauteloso y no despertar sospechas entre sus mismos compañeros de trabajo; o sea, los otros empleados del....
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