Por ALBERT C. WALLACE Posterior a la brutal embestida de que fue objeto mi Julián, entendí la forma de cómo pueden sucederse las cosas del modo más inesperado. -Fue algo fuera de lo común –fue la respuesta concluyente de Julián, después de preguntarle acerca de aquella formidable experiencia. Sebastián, por supuesto, había quedado encantado. -Una noche inolvidable y digna de repetirse –dijo. Aquella insinuación de su parte, lo expresaba todo. Lo bien que la había pasado con nosotros durante aquel maravilloso encuentro en su apartamento. Horas más tarde, Julián y yo regresamos al hotel en donde nos esperaba un suculento almuerzo. Necesitábamos recuperar las energías perdidas. Después lo llevé a conocer la zona histórica de Bogotá, la cual le encantó sobremanera. Durante la noche estuvimos recorriendo la zona rosa de la calle 82. ¡Qué polluelos los que veis desfilar por allí! ¡Madre mía! ¡Qué caras, qué piernas, qué culos! Julián estaba impresionado con la incomparable belleza latina de la gran mayoría. Antes de la medianoche regresamos al hotel, y para mi sorpresa, era Ronald quien atendía el piso en donde quedaba ubicada nuestra habitación. -Hola, Ronald –le dije- ¿Estás de turno esta noche? -Así es, señor. ¿Necesitaba algo en especial? Recuerden que estoy para servirlos. Julián lo miró de arriba abajo, sin poder ocultar su interés manifiesto hacia el chaval. -¿Y quién es esta belleza? ¿Lo conoces? –me susurró al oído. -Pero claro –le respondí-. Es el botones del hotel. Por supuesto que lo conozco. Muy simpático, ¿no te parece? Y sobre todo bastante servicial. -Vaya, vaya… y además, qué bueno está –me dijo Julián con una expresión morbosa. -¿Te gustaría conocerlo mejor? –le pregunté. -¡No hay duda! –exclamó Julián con un gesto de entusiasmo. -Ronald, este es Julián, un amigo de España y a quien quería presentarte. Estamos alojados en la misma suite. Parece que le encantaste. ¿Te importaría acompañarnos un rato, y tomarte una copa con nosotros? -Me encantaría, pero lo lamento. Estoy de servicio y el supervisor de inmediato notaria mi ausencia. -¿El supervisor? –le pregunté. -Sí, don Camilo. Es un señor muy estricto. Si quieren que les diga la verdad, produce terror cuando se enfurece. ¡Se pone histérico y es capaz de pasar un informe y lograr que cualquiera de los que están bajo su mando, sea despedido en el acto! -Eso no debe importarte por ahora, Ronald –le respondí para tranquilizarlo y agregué-: Yo me hago responsable sobre lo que pueda sucederte. -En ese caso, no sabría qué decidir –dijo Ronald en medio de un gesto vacilante. Sin pensarlo dos veces le alcancé un billete de veinte euros a fin de convencerlo. -¿Estarían bien veinte euros a cambio del riesgo? –le pregunté. -En ese caso, imposible negarme –me dijo Ronald con una expresión satisfecha; al mismo tiempo que tomaba el billete, y advirtió-: Solo podré estar con ustedes el tiempo indispensable. -Te aseguro que ese tal Camilo, o como se llame, no asomará sus narices por aquí –le dije-. Puedes estar tranquilo, muñeco. Acto seguido entramos los tres a la suite; y después de servir tres vasos de whisky a las rocas, nos sentamos en la sala. De inmediato imaginé a Ronald en un delicioso juego morboso, del que obviamente participaría Julián. -Me encanta este chico. Mira que culo tiene… qué piernas. Ese uniforme ajustado a su cuerpo lo hacen ver más espectacular de lo que es. ¿Te lo imaginas desnudo? No os había dicho antes, que una secreta perversión de Julián consistía en ver a un chaval de la edad de Ronald, disfrazado de travesti; siempre y cuando tuviera un cuerpo armonioso. De la forma como admiraba a Ronald, pude calcular el alcance de sus intenciones. -¿Te sentirías capaz de vestirte de mujer por un rato, chaval? –le preguntó Julián. -¿Me está diciendo que me vista de mujer? ¡Imposible! Yo soy muy macho. ¿Cómo se le puede ocurrir que yo cometa semejante atrevimiento? -Todo se puede hacer por dinero, muchacho. Y dicho esto, le alcanzó un billete de cien euros. Ronald dudó un instante antes de aceptar el ofrecimiento pero sin dejar de mirar la denominación del billete. -De acuerdo –dijo finalmente- Que conste que lo hago por la plata. Y sin esperar más explicaciones, Ronald solo esperaba las instrucciones finales de Julián. -Usted manda, señor –dijo. Por regla general, Julián siempre llevaba “sus pertrechos”. En este caso, las ropas femeninas indispensables para darle un toque de realismo a su fantasía erótica. -Primero, desnúdate del todo, primor. ¡Obedece! Entre decidido y renuente, Ronald finalmente obedeció. Al verlo en ese estado, Julián no pudo ocultar una expresión de asombro: -¡Uy, pero que tenemos aquí! ¡Qué culo! ¡Qué piernas! ¡Qué ombligo! ¡Qué torso! ¡Qué polla! ¡Qué color de piel tan excitante! Poco a poco, Ronald se fue transformando en toda una mujercita. La tanga, las medias veladas, los ligueros, el brasiere y finalmente un vestido se seda completamente ceñido a su cuerpo… una peluca… lápiz labial y candongas. ¿Para qué más? Vista en el espejo se veía como toda una nenota. -Ahora, acaríciate todo tu cuerpo, con mucha sensualidad, contoneándote, mirándote al espejo como si estuvieras excitada y a punto de perder la razón. Y así lo hizo. Ronald se contoneaba al mismo ritmo de sus propias caricias. Julián y yo nos quitamos la ropa por igual y empezamos a masturbarnos uno al otro mientras contemplábamos la escena. ¡Qué delicia! Ronald también se excito sobremanera, mirando como sus lujuriosas poses causaban en nosotros, una sensación de infinito placer y asombro. Ya os contaré en el próximo capítulo, las cosas increíbles que pasarían después… …CONTINUARÁ…

Relato de comunidad Gayschedule 5 min de lectura calendar_today Septiembre de 2008
Una Bella Historia En Complices Spa - Capitulo Duodecimo Octavo
Por ALBERT C. WALLACE Posterior a la brutal embestida de que fue objeto mi Julián, entendí la forma de cómo pueden sucederse las cosas del modo más inesperado. -Fue algo fuera de lo común –fue la respuesta concluyente de Julián, después de preguntarle acerca de aquella formidable....
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