Recortes Tres Pequeñas Historias
Relato de comunidad Gayschedule 7 min de lectura calendar_today Diciembre de 2009

Recortes Tres Pequeñas Historias

¡Novio! (Historia 3) Saberse amado A pesar, que el colegio era un disipador para la mente de Martí­n, este se encontraba agobiado por la pérdida de su hermano mayor, le dolí­a en su interior como una púa que no se puede sacar; hiere, hiere y parece que nunca acabará. A pesar que su....

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¡Novio! (Historia 3) Saberse amado A pesar, que el colegio era un disipador para la mente de Martí­n, este se encontraba agobiado por la pérdida de su hermano mayor, le dolí­a en su interior como una púa que no se puede sacar; hiere, hiere y parece que nunca acabará. A pesar que su relación no era la mejor, su madre lo adoraba y él le colaboraba mucho económicamente. Esto habí­a hecho más difí­cil la situación de sus dos hermanas, a pesar de que su madre se reventaba el lomo con la esperanzan de brindarles lo mejor. ¡Aló! Buenas tardes. Hola * Replico con voz quebrada y perdida - ¿Qué pasa? * Le pregunto mientras le miraba detenidamente a los ojos pardos y tintineantes – ¡No nada * Suspiro profundo - ¡Sabes! Te he estado observado estos últimos meses ¿Te gustarí­a comer algo? Claro me encantarí­a * Se levanto mientras guardaba su teléfono celular – Me llamo Francisco, pero todos me dicen Memo * Le paso la mano por la nuca mientras le apretaba con cariño contra su cuerpo – Mucho gusto el mí­o es Martí­n * Le abrazo por la cintura con candor mientras reí­an sin parar - Poco a poco aquella amistad se fue haciendo mucho más que una simple amistad, estos dos chicos pasaban casi todo el tiempo en el colegio compartí­an en todos los descansos y entre juegos y deportes se habí­an dado cuenta que su atracción iba más lejos que la simple amistad. Les gustaba cuando se rozaban sus traseros, y sus potentes y ansiosas vergas cuando estaban en los patios del colegio. Ya habí­an tenido los primeros roces afectivo sexuales, aquello les habí­a gustado con demasí­a, aunque no habí­an avanzado en aquel terreno, los dos eran muy recelosos, no se querí­an equivocar, estaban esperando la mejor oportunidad para declararse su amor, sus ganas y deseo. ¡Sabes! No puedo soportar más esta situación. ¿Qué pasa Martí­n? * Le miro con ternura mientras le tomaba de las manos con amor y calidez - Quiero que seas mi novio, Memo ¿Quieres? * Le pregunto mientras le miraba detenidamente a los ojos – ¡Claro! * Suspiro profundo y aliviado, mientras se dibujaba una sonrisa de satisfacción y deseo en su rostro juvenil - ¡Sabes! He estado esperando estos últimos meses para declararte mi amor, y pensé que esa serí­a tu respuesta me haces muy feliz. Igual yo no me atreví­a a pedirte que fueras mi novio * Le paso la mano por la nuca mientras le apretaba con cariño contra su cuerpo – Poco a poco, muy lentamente sus rostros se fueron acercando; el uno al otro, sus labios temblaban levemente entreabiertos, hablaban de deseo, incesante deseo de aquel beso en ellos atrapados, los ojos de Memo se cerraron suavemente mientras acercaba sus deseosos labios carnosos y rojos a los labios de Martin que ansioso y expectante con sus ojos abiertos esperaba el contacto sutil de aquellos labios, sintió el calor del aliento de Martin en su interior, sus lenguas se enredaron pasionalmente mientras sus cuerpos se acercaban en un abrazo frugal intenso. Sus corazones parecí­an bailar acompasados a un ritmo enloquecido, mientras sus manos acarician sus cuerpos juveniles en búsqueda de sus virilidades ocultas. Los labios estaban unidos los unos en los otros, el uno respiraba en el otro, sintiendo el anhelo de aquellas bocas ansiosas de placer y lujuria. Sus labios se estrecharon y sus lenguas se acompasaron en un beso total, absoluto que les hací­a vibrar de placer y éxtasis. Con desespero rodaron por el césped, y la soledad de aquel paraje se acompaso alrededor de aquella efusiva expresión de amor y placer que se desataba en aquel lugar. Pronto los dos chicos comenzaron a despojarse de sus blue jeans, se despojaron de sus bóxer dejando sus virilidades tensas y dispuestas al aire. Se exploraron con delicia y saciedad aquellos cuerpos desnudos, púberes en los cuales se extasiaban a placer, que por vez primera poní­an el uno a completa disposición del otro. Se miraban con ansias desmedidas y los deseos antes reprimidos, ahora se dejaban volar, les agitaba una gran pasión que quemaba con la intensidad de un millar de soles. Ambos miraban extasiados aquellos dos miembros que se acariciaban al compás de los besos y caricias que no paraban en ningún instante ante el compás de los gemidos de placer. Todo estaba dado para amar, para amarse con toda la fogosidad que estaba retenida desde dí­as atrás en aquellos juveniles y fogosos cuerpos púberes deseosos de sexo y placer. Se sentí­a el calor en medio de los gemidos de placer, mientras libaban aquellas lanzas erectas y húmedas, mientras hundí­an sus dedos en aquellos anos abiertos y dispuestos a ser oteados, lamidos y penetrados con intensidad. Sus gemidos se escapaban y ahogaban entre sus labios y bocas pegadas la una a la otra en sumo placer. Era un murmullo tí­mido de amor y éxtasis que los hací­a libar y lucubrar sus mejores ideas y ganas. Memo no pudo esperar más y aun con sus botas y camiseta puesta se subió sobre Martin y se penetro completamente en aquella lanza erecta y rosada que se introdujo de manera rápida en su ojete totalmente abierto. Martin cerro sus ojos con sumo placer y comenzó a hundir su lanza repetidamente en aquella cueva olorosa y húmeda, mientras Memo se mecí­a de arriba abajo sostenido del pecho de Martin, se perdí­an en sus miradas de deseo pleno y placer. Se poseyeron el uno al otro con esas lanzas dispuestas y rosadas mientras gemí­an de placer, dicha y pasión. Se rotaban una y otra vez, en diversas posiciones se hicieron el uno del otro hasta estallar en sus pechos con la ferocidad de sus juveniles años. Ese semen viscoso y caliente les baño sus pechos con ese aroma delicioso, mientras se perdí­an en besos interminables que les decí­an cuanto se gustaban y se amaban. Se habí­an entregado al placer del sexo sin complejos, eran el uno del otro sin restricciones, el mundo se arrodillaba a sus pies clamando un poco de piedad ante tanta pasión. Los dos chicos permanecieron ahí­, tendidos, lasos, el uno abrigado al cuerpo desnudo del otro mientras se prometí­an su amor que nací­a con la fuerza de una galaxia y arrasaba todo cuanto se le poní­a a su paso y en su vera. Ahora eran el uno del otro, se pertenecí­an totalmente y eso los habí­a hecho plenamente felices. Estás dos perras ya están muertas, no pondrán más problemas. Bien Memo * Revisemos el otro cuarto donde duerme la vieja piroba y ese marica de hijo que tiene - ¿Cómo? * Le pregunto mientras le miraba detenidamente – Esta vieja es Martha, la mama de Rubén el que mataste; y tiene un hijo llamado Martí­n, un mariquita que está muy bueno, pero, no le para bolas a nadie de por acá esa piltrafa * Suspiro profundo – Me gusta como un hijo de puta, pero, ese perro no me da ni la hora, esa mariquita me la como y la mato hoy. Un temblor se apodero de todo su ser, una lágrima furtiva broto de sus ojos, la enjugo rápidamente y se abalanzo con rapidez hacia el otro cuarto mientras les hací­a señas a sus compinches para que le cubrieran la espalda, mientras el avanzaba. Una sonrisa de satisfacción se dibujo en su rostro cuando vio aquellos dos catres vací­os, quienes ahí­ dormí­an no se encontraban. Suspiro profundamente mientras salió del aquel cuarto, miro la salita y de una patada tumbo el televisor que se hizo añicos al estrellarse contra el piso de baldosa de la adusta casita. Salieron de aquella casucha, se dirigieron loma arriba en silencio. Pocas horas después casi al unisonó llegaron las radio patrullas, Martin y su madre Martha estaban abrazados, envueltos en la desesperación y angustia de ver los dos cuerpos sin vida acribillados en su alcoba. Todo estaba consumado no se podí­a hacer nada frente a la macabra masacre. De nuevo el dolor y la amargura se apoderaron de aquellos dos seres, que de nuevo se sumí­an en la desazón y quebranto. Ambos sufrí­an y no podí­an hacer nada, ya no habí­a nada que hacer.. Fueron duros estos meses.. Martha decidió que no podí­a continuar ahí­, estaba perdiendo a su amada familia. Solo le quedaba su hijo Martí­n, el era la adoración de su vida, y se habí­a atado a él como refugio y consuelo. Pero, Martí­n estaba profundamente enamorado y correspondido, era en esa relación que habí­a con seguido soportar el agobio, y tristeza de la pérdida de sus seres queridos. Damián Cano jue 03 dic 2009

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11 de diciembre de 2009

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