Mi Primera Vez
Relato de comunidad Hetero: Primera vezschedule 11 min de lectura calendar_today Diciembre de 2009

Mi Primera Vez

Siendo muy joven, con solo algunas masturbaciones a mi activo, casi todas en homenaje de una vecina, estaba una vez en la finca de mi padre en una vereda de Tuluá, durante las vacaciones escolares de agosto. En aquel entonces no sé porqué se les llamaba vacaciones, ya que se trabajaba, desde mi....

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Siendo muy joven, con solo algunas masturbaciones a mi activo, casi todas en homenaje de una vecina, estaba una vez en la finca de mi padre en una vereda de Tuluá, durante las vacaciones escolares de agosto. En aquel entonces no sé porqué se les llamaba vacaciones, ya que se trabajaba, desde mi temprana edad, como cualquier otro obrero, pero esta es, como lo son de nuevo en estos dí­as, las “vacaciones” de todos los chicos y chicas de nuestro nivel socio económico. Ya éramos privilegiados, unos pocos, al poder estudiar sin la obligación laboral de ganar nuestro pan, primera necesidad biológica. No poder asistir a las clases de artes marciales, que yo frecuentaba todos los dí­as, era lo que más me molestaba de estas mal llamadas vacaciones. Dormir en camas que tení­an por colchón los sacos, ya vací­os, de concentrado para las gallinas que criábamos, el despertar a las 5 AM, para una jornada de trabajo duro y la comida con gusto a hollí­n no me molestaban en absoluto. Lo que sí­ me hací­a falta era no poder ir dos horas diarias a entrenarme en ese combate contra sí­ mismo que es buscar y aprovechar el desequilibrio del adversario en el judo, o el movimiento que haga de un ataque un ataque al vací­o y el contra ataque que aproveche el espacio indefenso que todo ataque vano permite, al igual que la transformación de mi cuerpo en armas, endureciéndolo con dolorosos ejercicios, como en el karate se hace. Eran los años de mi primera pubertad, en los que todo parece posible si se buscan las metas con empeño, con disciplina. Eran los años de esa rebelión total, solo que en lugar de atacar lo aparente, trataba yo de cambiar la estructura real que generaba esa vida que no me parecí­a justa, y en tanto que estructura, que sistema, yo hacia parte de ella, por lo tanto comenzaba cambiándome a mí­ mismo, parte del sistema que estaba inmediatamente a mi alcance. La creencia que la masturbación reducí­a los reflejos me sumí­a en la lucha contra esa satisfacción de mi lí­bido. Después de la dura jornada yo repetí­a los movimientos de las artes marciales ya conocidos, con un empeño que buscaba, más que la perfección, alejar la imagen de las damas y los placeres que ellas producí­an, en teorí­a, en mi mente de adolescente virgen y en plena salud, para resistir a la autosatisfacción. Es por estas razones que ya habí­a completado dos meses sin consentirle a mi pene ni a mis testí­culos el desahogo que mi mano les podí­a proporcionar. Mi cuerpo mostraba el resultado de tanto ejercicio, mostrando mis músculos que se endurecí­an y alargaban, como en todo joven deportista de esa edad, lo que atraí­a, sin dejar de halagarme, las miradas de las mujeres. Como siempre en el Valle, por no decir toda Colombia, eran las damas cuya edad hacia sus observaciones no “peligrosas” o las de aquellas parejas que confiaban en sus esposos, quienes me admiraban abiertamente recompensando mi ego y mis esfuerzos. Al llegar a la casa de la finca encontré que habí­a una nueva persona que residí­a en ella. Una joven, apenas dos o tres años mayor que yo, que trabajando en la cocina, residí­a en la misma casa en la que yo dormí­a. Como es el caso de muchas jóvenes de nuestro medio, ya era madre de una nena de uno o dos años de edad, maternidad que no parecí­a haber transformado su cuerpo. Ella se quedaba, con su hija, en la misma pieza que otra de las damas, Nelsi era el nombre de esta otra señora, que residí­a en permanencia también allí­. De teticas pequeñas, no mucho, firmes y una cadera evidente gracias a su cintura estrecha, con piernas, por lo menos la parte visible bajo las largas faldas de montañera, largas y no muy finas. Nos presentaron y el rubor que subió a sus mejillas produjo la hilaridad del resto de la asistencia. La llamaremos Delia en este relato. En los dos o tres dí­as que siguieron a nuestra presentación, Delia no me hablaba casi, cuando no me evitaba y mis compañeros de jornada, entre dos golpes de azadón o de machete o de hacha, se burlaban jocosos de mi virginidad para todos agonizante. Es verdad que Delia podí­a charlar con las otras mujeres del caserí­o con menos timidez que conmigo y que mis compañeros lo hací­an con sus esposas en igual libertad. Como a menudo pasa, yo, uno de los principales interesados en un futuro vaticinado por todos, era el único que no estaba al corriente de lo que se tramaba. Un dí­a, al momento del desayuno, doña Nelsi me dijo, con una mirada entre cómplice y burlona, que Delia se irí­a al dí­a siguiente para Palmira y que no sabia si regresarí­a. Yo, luego de mirarla a los ojos, hice como si no me habí­a dicho nada, disimulando cierta decepción al saber que esa candidata a terminar con mi “inocencia” se alejarí­a. El dí­a se transcurrió como de costumbre, salvo algunas frases de los otros obreros que me decí­an, sonriendo siempre: “Gerardito, hoy o nunca”. Después de cenar, como buenos campesinos, nos fuimos a dormir, cada cual a su casa o a su pieza. Me recosté pues en mi cama rústica, sin sentir ya los duros sacos de concentrado. De estos sacos no sé decir si son más incómodos vací­os o llenos. Esperaba pensativo que el sueño me invadiera para desvestirme, salvo la camisa y las medias que ya estaban al respaldo de una silla al lado de la mesa única de la habitación, leyendo a la luz de una vela colocada sobre la silla que hací­a de nochero al lado de mi lecho, cuando vi a la entrada sin puerta de mi habitación aparecer la linda Delia. Esta me preguntó si no dormí­a, le respondí­ que no y la damita se acercó a mi cama “para charlar”, solo que distraí­damente se sentó sobre mi pierna, la cual se encontraba bajo las cobijas. La nena no mostró ningún asombro ni se cambió de posición. Seguimos pues charlando de cosas diversas, en nuestra simplicidad humilde, yo guardando mi pierna inmóvil pues temí­a que si ella se percataba de estar sentada sobre mí­, pudiera privarme del gusto de sentir sus nalguitas contra mi pantorrilla. Delia, al ver mi inacción, supongo, me puso la mano en mi pecho para hacerme sentir el frí­o que tenia, a lo que le respondí­, de manera idiota que no me parecí­a que estuviese tan frí­a. Al cabo de esta charla boba, en la que yo pensaba solo en ese cuerpo, en el miedo natural ante una primera experiencia, me atreví­, por fin, a tomarla del brazo y halarla hacia mí­. En realidad, con la aprensión que sentí­a ante esta primera experiencia, habrí­a podido huir si la bella hubiese aceptado reclinarse a mi lado, pero ella leyendo tal vez mi mente, con su otra mano quitó la mí­a y siguió charlando y sentada sobre mi pierna, como si nada hubiese sucedido. Luego de otra media hora de charla, insistí­ de nuevo, un poco molesto con su rechazo anterior, que no por ser oportuno, visto el miedo que tenia, agredí­a menos mi ego. Esta vez la nena aceptó acostarse a mi lado y de inmediato comenzamos a besarnos en la boca, lo que también era la primera vez para mi. Recuerdo con agrado que fue también la primera vez que otra lengua entraba en mi boca. Se imagina el lector que no tuve ningún arte para acariciar su lengua con la mí­a, ni su paladar ni sus labios, ni sus dientes, especialmente al principio, hasta que me pareció educado imitarla. Le quité su ropa con afán, tomando apenas el tiempo de desabrochar los botones de su vestido, ella, al ver que yo era incapaz de abrir su brasier lo hizo ella misma, mientras yo le quitaba sus calzones. En seguida me puse a acariciar sus senos, por primera vez en mi vida después de haber sido destetado por mi madre, toqué y chupe unos senos, maravillado que la dama aceptase que yo recorriera curioso su humanidad. Como buen campesino ya habí­a visto caballos copular con yeguas, toros con las vacas y esas cosas, pero no tenia ninguna idea de lo que debí­an ser los juegos pre cóitales, que en los humanos nos son tan agradables, una vez que los conocemos, los juegos, desde luego. Cuando traté de ponerme sobre ella, en una posición de misionero, que ni imaginaba pudiese haber otra, ella protestó al sentir que aun tenia los pantalones de lona puestos, exigiendo que me despojara de ellos, a lo que accedí­ de inmediato. Una vez sin mis temores, habiendo decido que me lanzaba a tener sexo por la primera vez, mi excitación era tan grande que sentí­a mi pene erecto como nunca lo habí­a experimentado. Lo tenia, para decir la verdad, pegado contra mi vientre, como si fuese uno de esos tantos mamí­feros que tienen el pene siempre guardado, esperando ser excitados para “sacarlo”. Es de esta forma, desnudo ya, lanza alzada, que me trepé sobre la niña quien sumisa abrió las piernas para recibirme. Penetré a Delia despacio, no porque supiera que debí­a hacerlo así­, sino porqué temí­a que me doliera, como me lo habí­an dicho los mayores que ya “lo” habí­an hecho. Me tranquilizó el ver que no me dolí­a mi pene por su pérdida de virginidad, lo que me excitó aun más hasta el punto que el alejar mi virilidad de mi vientre para bajar al sexo de la dama fue una sensación dolorosa. Este dolor me hacia perder un poco mi erección, lo que traí­a como consecuencia que hacer el amor me encantara, lo que aumentaba mi excitación, aumentando mi erección y por lo tanto produciéndome dolor, por lo que perdí­a mi erección.. En este cí­rculo vicioso sentí­ como la chica aceleró su respiración, sus senos se le pusieron duros como bolas de billar, con las puntas erguidas y ella me cerró la cintura fuerte con sus piernas. Por mis lecturas comprendí­ que le habí­a producido un orgasmo, y yo seguí­ insistiendo sin parar en mis embestidas que por momentos eran dolorosas y por momentos placenteras. Cuando la dama ya habí­a tenido varias veces su clí­max, con sus teticas que se poní­an duras a cada vez que la satisfací­a, hasta que al terminar uno me dijo un apremiante “¿y usted qué? ¿cuándo se va a venir?”. Fuerte de mis lecturas, recuerdo bien que le dije un “espérate un poquito” que me pareció elegante y apropiado para el momento. También habí­a leí­do que se podí­a fingir el orgasmo, y el que fuesen las mujeres quienes lo fingí­an no tenia ninguna importancia en el momento. Me decidí­ pues a fingir mi orgasmo aunque no tener por lo menos el placer que sentí­a cada vez que me masturbaba me mortificó mucho. Si al masturbarme la descarga de mi energí­a me parecí­a maravillosa, el hacerlo al interior de una linda chica habrí­a sido la perfección. Sin embargo ese va y viene entre el dolor y el placer, de toda evidencia no me permitirí­a recibir mi parte en este juego erótico. Está por demás advertir que la idea de que la damita me recibiera en su boca, incluso que me regalase una mamadita, ni siquiera hacia parte de mis lecturas, ni los caballos ni los toros que yo habí­a observado eran mimados de esa forma. Si los perros se lamí­an el sexo, lo hací­an indiscriminadamente y sin una relación directa con la copulación, era en los canidos una forma de saludarse, como nosotros nos cerramos las manos y yo pensaba en todo, en esos momentos, menos en cerrarle la mano a Delcia. Fingí­ pues mi orgasmo y me recosté a su lado, para seguir acariciando su cuerpo, sentir con mis manos sus nalgas y besar esos senos jóvenes, dejar en suma que mis inexperimentados sentidos aprendieran lo que es un cuerpo de mujer. A los pocos minutos, los que yo juzgué razonables, me puse de nuevo en la posición del misionero y comencé de nuevo la búsqueda de los orgasmos de la chica y a experimentar lo que poco a poco era una tortura para mí­, de sentir dolor y placer por periodos sin llegar al éxtasis de mi propio orgasmo. Cuando consideré que ella ya no tenia los mismos signos del placer que habí­a notado al principio, cuando sus senos perdieron dureza al estar satisfecha, fingí­ de nuevo el tener placer. Esto duro varias veces y fue hacia las 2 AM que ella se retiró a su cuarto, despidiéndose con mil besos que en mi falta de experiencia no dejé que fueran tiernos, con el pretexto de tener que madrugar al dí­a siguiente para su viaje. Desde que me quedé solo salí­ al corredor, que como en toda casa montañera tiene una baranda que da a un jardí­n y frenético verifiqué con mi mano que yo era normal. Mi semen brotó generoso y con presión, alejándose airoso de la casa. Tranquilo al saber que yo era normal me regresé a acostar y me dormí­ pensando que un dí­a yo podrí­a, como lo habí­a hecho Delia, tener un orgasmo haciendo el amor con una persona del sexo que me correspondí­a. Al despertar me di cuenta que el dí­a ya estaba avanzado, lo que para nosotros no era más de las 6 AM, y que como en la posición del misionero las rodillas frotan contra lo que hací­a de colchón, y que visto mi actividad enorme de la noche anterior, la piel de mis rótulas no existí­a más de tanto haberlas frotado contra las rugosas bolsas de concentrado. Nadie me habí­a llamado para ir al trabajo, Delia ya se habí­a ido, y como me dijo doña Nelsi, “dejándome muchas saludes”. Si nadie mencionó lo ocurrido durante esa noche, si sorprendí­ más de una sonrisa aprobadora al ver mis compañeros de trabajo como caminaba difí­cilmente cuando los rústicos pantalones de lona frotaban mis rodillas. Delia nunca regresó al pueblo, pero la fama que doña Nelsi difundió, supongo que luego de haber charlado con Delia antes de que esta se fuera, era que yo aguantaba mucho y era incansable en lo que al sexo se refiere. Desde ese dí­a todas las damas del pueblo sabí­an, o pensaban, que yo era un buen programa para las diversiones pí­caras y las que estaban libres, o que el marido les aceptaba que se divirtieran con otro hombre, me hací­an ojitos tiernos. Consiente de que semejante proeza no se repetirí­a, desdeñoso me negué a satisfacer la curiosidad de ninguna otra dama en el villorrio, quedándome con la fama de ser un excelente amante, pero poco asequible.

— gerardo91000

6 de diciembre de 2009

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gerardo91000

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Comentarios

1 comentario

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  • francachela
    francachela · 17 de sept de 2011

    Este relato me encanto!! puede ser por la curiosidad que genera  la primera vez de un hombre.   Debe ser porque recuerdo las visitas a la casa de la abuela cuando era solo una niña y vivía cosas como las que describes... Debe ser porque encuentro muy interesante la forma en que describes tus sentires. Confieso que lo leí dos o tres veces.... me llama sobremanera la atención los inicios sexuales... y más si son expresados por el sexo opuesto.....

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