Fue en la calle, en Bogotá donde hago un diplomado, iba caminando y me encanto su barba y su madurez (siempre la madurez me llama), exótica mirada de ojos verdes, tal vez un poco delgado, pero no tenia de que quejarme.
Me miro, lo mire, se acerco, se presento: “Alberto”. Me presente: “Andrés”. Una charla, un jugo y el deseo pudo mas, fue en su apartamento estaba a unas pocas cuadras.
Desnudos, de la manera mas lenta y teatral, el beso, su barba raspando mis piernas, sus manos posadas en mis nalgas, su firme miembro pegado a mi excitada arma; abajo los pantalones, unos bóxers negros, muy hermosos de malla dejaban ver su talento. Un poco de sexo oral, delicioso (siempre me ha fascinado hacer el sexo oral). Me tumbo en su cama. Me beso hasta el alma y me rozo con su pene todo lo que pudo rozar.
De repente soltó una carcajada, me pregunto si quería probar cosas nuevas, por supuesto asentí, y de un cesto que tenia en la sala, extrajo una serpiente larga, delgada y marrón, lo primero que me advirtió es que no era venenosa, era su mascota y después de un breve sobresalto y una duda no me quedo mas que confiar en el, y ese demonio se callo en mi pierna y comenzó a subir y yo a evitarme y entrecerraba los ojos y gemía suavecito y mi piel se erizó, y recorrió lentamente mi extensa humanidad con frialdad y su lengua pasándola por mis poros y estaba al punto, y cuando se dio cuenta la retiro con avidez la puso en su canasto, me dio vuelta y sin previsiones me penetro de la manera mas deliciosa, las sorpresa, casi una droga, casi un trance, y yo encima y el debajo, y yo en cuatro y el en dos y ambos en dos y al ritmo parejo del corazón de los latidos y su lengua en mis hombros y mis dedos en sus piernas y sus besos y por fin, Orgasmo.
Nada igual, nunca otra vez. Mi primera vez con una serpiente, con el hombre que me hizo recordar mis instintos animales.







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