Soy un fiel lector de los relatos de Guiacereza, algunos son mejores que otros en cuanto a su riqueza descriptiva y narrativa. No pretendo ser el mejor de los relatos haciendo eco al "concurso" lanzado en estos dias en el foro. Solo quiero contar algo que tal vez hemos vivido pero se nos ha olvidado en medio de tanta proeza sexual relatada en estos lados. Todos hemos sido torpes al iniciar nuestra vida erotica. Tal vez como esos nenes que al empezar a caminar se tropiezan con todo, se caen, se vuelven a levantar y lo intentan nuevamente. Yo no fuí la excepción a tal regla e hice pleno uso de mi derecho a la torpeza como el que más.
Ana era una de esas niñas bien en una ciudad pequeña (que en nuestro hermoso país es el equivalente a un pueblo grande). Tenía para ese entonces 16 años y estudiaba en un colegio de aquellos que promueven la rebeldía, la exploración y la búsqueda constante. No me malentiendan, ella estudiaba en colegio regido por religiosas, pero a esa edad lo único que uno quiere hacer es demostrarle al mundo que TODOS están equivocados y que es uno el que tiene la razón. Yo por mi parte, era un adolescente típico. Diecisitete años. Ni muy hermoso (Andrés López tiene razón, ahora todos son apolíneos) ni muy desarreglado. No pertenecí a ninguna tribu urbana porque me daba como repulsión hacer vainas para que otros adolescentes igual o mas despistados que yo aprobaran mi forma de actuar. Siempre fui muy curioso, y en ese momento, creo que se exacerbó mi espíritu de aventura y búsqueda y fue cuando llegó la primera novia.
Desde la comodidad de mis 36 años, se me antoja inocente ese "cuadre" con Ana. Nos conocimos y empezamos a caminar extraño cuando pasábamos frente al otro y a hacernos los que no notábamos nuestras presencias pero siempre tratando de ubicarnos en el mejor ángulo visual. Sin conocer otra realidad que la de aquel presente, fuimos una noche a ver alguna presentación en algún parque de aquella ciudad pequeña y en mi arrebato de valentía, tras caminar acompañándola a su casa, por fin salió de mi boca algo así como "Oye, es que me gustas... y, pues... me gustaría que fueras mi novia..." acompañado de unas manos super frías y una sonrisa estúpida. Ella me dijo que si y lo único que hicimos fue seguir caminando, pero esta vez tomados de las manos en señal de aprobación.
Mi primer beso fue mas o menos una semana después de aquella demostración de "elaborada oratoria de novio en proyecto" y fue allí donde descubrí que los besos son REALMENTE importantes en cualquier contacto físico con fines amatorios. Entendí que los besos te pueden apasionar aunque sean simplemente un encuentro efímero de labios, o que te pueden apagar toda la inspiración aunque se quieran evidenciar como una feria del estrujón y el mordisco. Después de muchos besos, de muchas respiraciones agitadas y de muchas caricias con ánimo exploratorio pero sin ningún exito en haberse posado en zona prohibida, surgió el tema de si podíamos zambullirnos en esa piscinota de sensaciones que nos habíamos convertido estando juntos. Recuerdo que no terminamos de decir eso cuando yo ya tenía en mis manos un calendario de esos de cargar en la billetera para decidir cuándo era el día ideal. Para un adolescente con sueldo de hijo, la única opción era un domingo cuando mi mamá y mis hermanos se fueran a la finca de mi abuelo de manera que se pudiera aprovechar la casa sola.
Todo quedó dicho. Sería aquel domingo que coincidieron nuestras familias en viajar (cada una por su lado) y nuestros exámenes de final de bimestre. La recogí en su apartamento y nos fuimos en un bus a mi casa. Fue tal vez el viaje más incómodo que he hecho a causa del silencio generado por el noséquedecirle que me atacó en ese momento. Llegamos y la bendita puerta no quería abrirse dejándonos de esa manera al (suponíamos) escrutinio de los vecinos. Cuando al fin se abrió, respiramos tranquilos y entramos. Ya liberados de todo recato (lo cual es un decir), empezamos lo que sería nuestra primera vez.
Desvestirnos fue muy vergonzoso, y el no saber qué hacer con las ropas del sexo opuesto no facilitaba las cosas. Verla en sostén y calzoncitos no hacía que se disminuyera mi percepción de "qué mal lo hago", pues en mi afán, intenté quitarme el pantalón teniendo los zapatos aún puestos. La escena aún despierta una sonrisa en mi cara: Yo, con mi orgullo herido, teniendo que deshacer los pasos para poder sacarme los zapatos y desvestirme con algo de orden. Lo que siguió fue un ballet de pasos pisoteados. Yo le acariciaba sus senos, pero siempre lo hacía más fuerte de lo necesario, ella intentaba entender como sacarme de mis pantaloncillos sin hacerme daño con sus uñas, cuando quisimos darnos sexo oral, nuestros dientes "amablemente" nos pusieron nuestros pies en la tierra. Al llegar la hora de la penetración, por suerte no me tembló la mano para ponerme el preservativo, pues lo último que queríamos era un susto posterior. Como era la primera vez para ambos, fue como tratar de hacer joyería de filigrana con los ojos cerrados, pues no atinabamos a ubicarnos correctamente y cuando por fin estuve a su entrada, el dolor que ella sentía me llevó a pensar en desistir. Las películas porno vistas hasta ese momento se convirtieron en un masacote de enseñanzas mal aprendidas y por fin nos decidimos a dejar que todo fluyera sin tanta pose preelaborada.
Tal vez fueron 10 minutos o tal vez mas, sin embargo, las imágenes a partir de allí se vuelven borrosas, como si el recuerdo también se hubiese contagiado de torpeza para evitar el bochorno de rememorar escenas toscas, desprovistas del erotismo pornográfico y sin embargo dejar fresco en la memoria mi despertar a la exploración posterior con Ana.
Al terminar, nos duchamos juntos, nos besamos mucho y nos fuimos a almorzar a algún restaurante que mi precario presupuesto pudiera pagar. Regresamos a su casa sin darnos cuenta que las manos nos dolían de tanto apretar la del otro y entendiendo que nadie nos iba a poder quitar la delicia de explorar con torpeza y la intención de hacerlo nuevamente. Esa noche dormí profundamente... como si estuviese flotando en el aire.
Ya lo sé... Esto no tiene mucho de erótico... pero aún así hace parte de mi presente como ser sexuado y apuesto que algunos de los que lean este relato van a recordar esas escenas propias que en este momento son irrelevantes pero siguen siendo importantes de alguna manera en sus vidas particulares.
Abrazos para todos.







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1 comentario
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login EntrarEn realidad, nadie nace aprendido y la función sexual reproductiva es una serie de vivencias propias que cada quien, como aprender a caminar, debe seguir. No hay por qué apenarse! Lo que sucede es que todo debiera ser "color de rosa" porque eso es lo que se imagina, pero, nada.... eso no es posible. A su manera, fue una experiencia linda, un bello aprendizaje para los dos y creo que ambos deben recordarlo más con emoción y alegría, viéndole el lado bueno y maravilloso, que una colección de hechos dolorosos!!! Saludos