En un Sao, una esquina circundada de tráfico, su metro con setenta y mis piernas infinitas se encontraron, hablamos. Mismas profesiones. Vivía en Bogotá desde hace 8 años pero seguía siendo Barranquillero. Un local abierta ese día perezoso de esa perezosa ciudad y una cerveza cada uno, la charla fluía como lava del infierno y las opiniones se calentaban como el liquido etílico al final de unas papas fritas y un par de picarescas sonrisas, tomamos un taxi hacia el deseo.
Un hermoso motel y algo que ningún otro amante esporádico había hecho: aceptar el deseo en un auto, tomándome primorosamente de las manos como enlazando las lenguas que pudimos haber aprendido en muchos siglos de cuerpos. En la soledad no fueron necesarias las palabras ni los gustos solo las piernas estiradas vestigios de mi paso por la gimnasia, las nalgas al aire, los besos en el jacuzzi, las lamidas, la ruptura de los labios con los besos mas apasionados que el mundo de mi cuerpo haya conocido, no le importo enrojecer de placer mi flor anal su lengua hizo estragos en mi conocimientos del placer y su pene: grandiosa arma de la exactitud y el movimiento. Ninguna explicación física o lógica basta para argumentar nuestro placer tuve que retorcerme como víbora, convertirme en hiedra entre su tronco, usar mis labios para acariciar el cielo y solo dos horas y diez minutos después el esfuerzo y el culmen de placer en chorros de semen impensables nos detuvo.
Esta vez camino a una hermosa cena que me ofreció nos tomamos de la mano con mas ternura que en cualquier otro momento pero todo lo hermoso se acaba y mi soledad se ira a Bucaramanga y la suya a Bogotá. Ojala pueda repetir su incendio entre mis piernas.








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