¿Esperé Demasiado Para Mi Desfloración?
Relato de comunidad Hetero: Primera vezschedule 8 min de lectura calendar_today Febrero de 2014

¿Esperé Demasiado Para Mi Desfloración?

Sucede que la vida sexual de los jóvenes empieza cada vez a edad más temprana, y como suele pasar, la falta de conocimiento sobre el cuerpo propio y el ajeno hace que el evento no se desarrolle tal y como se espera. Rara vez la pérdida de la virginidad a edad temprana suele ser un evento....

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Sucede que la vida sexual de los jóvenes empieza cada vez a edad más temprana, y como suele pasar, la falta de conocimiento sobre el cuerpo propio y el ajeno hace que el evento no se desarrolle tal y como se espera. Rara vez la pérdida de la virginidad a edad temprana suele ser un evento maravillosamente feliz. La práctica hace maestros, por eso (digo que al menos en teoría), los más jóvenes no son siempre los mejores amantes. Lo que sobra de vigor, falta en técnica y rendimiento. Por el contrario, el sex appeal de los más maduros radica en ese aire de seguridad y confianza derivado del conocimiento basado en el ensayo y el error. También resulta que a veces vale la pena esperar ese glorioso momento. O quizás no. Así lo comprobé en mi iniciación sexual.

No heredé el rostro angelical de mi madre, de quien tengo pocos recuerdos pues falleció siendo yo muy niña. En cambio, quiero pensar que recibí como legado al menos la mitad de la inteligencia de mi padre. Si usted y yo hubiéramos sido condiscípulos en la escuela, posiblemente no me recuerde por mi belleza física, pero sí por una curiosidad inagotable por saberlo todo, en serio un intenso afán por aprender y aunque suene triste, un deseo oculto de aceptación de los muchachos de los que nunca obtuve atención en esa etapa de mi existencia.

Por aquel entonces me describo como una chica solitaria, tímida, alta y desgarbada. Con solo dos amigas, una de ellas era muy popular entre los chicos, y a quien sin duda yo no le representaba competencia pero sí una conveniente amistad gracias a mi dedicación en el estudio.

Crecí rápido pero las curvas femeninas tardaron en salir, añadiendo más desventajas a una incipiente vida amorosa que mis condiscípulas ya disfrutaban. Así que conocí sobre eros, sus delicias y trampas en las novelas rosas de las que me convertí en impúdica aficionada, hecho que ahora me incomoda un poco admitir.

En resumen, no era popular entre los chicos guapos del colegio quienes veían en mí a una niña lista, pero casi desprovista de atributos que les inspire malos pensamientos.

Posiblemente tal circunstancia tuve mi primer novio a los diecisiete años. Una relación tan insípida como breve, que me hizo replantearme si en verdad el amor y el sexo estaban sobrevaluados, y eran más mitos que realidades.

No fue sino hasta mi ingreso a la universidad que despertó en mi cuerpo la urgencia de experimentar los placeres de la carne, pero eso sí, sabía que no me regalaría a cualquier hombre. Además había superado un poco mis limitaciones estéticas con disciplina física, gusto en el vestir y algo de cultura, con lo cual a pesar de mi edad, estaba mejorando mis posibilidades amorosas.

De ahí que con una autoestima con tendencia al alza, estaba en condiciones de iniciar una relación amorosa prácticamente con cualquier hombre por el que me hubiera interesado. Fue así que me decanté por el más guapo de los jóvenes que estaban al final de la carrera, con quien de inmediato surgió una química poderosa que nos llevó a precipitar la relación al plano sexual demasiado pronto. Y las cosas sucedieron así:

Habíamos estado saliendo por dos meses, nunca nos habíamos presentado ante los demás como novios y en público apenas nos expresábamos cariño frente a otras personas, quizás porque no quería que se me catalogara como superficial por salir con alguien tan agraciado estéticamente, pero lamentablemente tan poco talentoso para la academia: debo decir que él todavía veía materias de tercer semestre. Creo que en realidad no estaba enamorada, pero sí muy atraída por este hombre alto y bien formado, excelente deportista pero con quien no había mucho de qué conversar. Y hablar era lo que menos hacíamos, pues estando solos jugábamos a explorarnos mutuamente e inventar toda clase de besos, hasta que una noche, impaciente, mientras estábamos en su carro me metió la mano como pudo, hasta alcanzar a acariciar mi sexo mientras me besaba. Me frotó con tal deleite que estaba completamente empapada y lista para probar aquella fruta prohibida, que antes había rechazado gracias a la educación y las objeciones morales de tener relaciones prematrimoniales. Yo no estaba ni por asomo dispuesta a casarme todavía, pero menos aún podía esperar más tiempo para la entrega de mi virtud. A esas alturas el coito era ya una necesidad irrefrenable. No obstante no fue aquella noche en la que se consumó la copula sexual.

Un fin de semana después de exámenes parciales, el ambiente era festivo. Salimos con varios amigos y luego de haber bailado y bebido toda la noche, no opuse resistencia alguna cuando mi pareja me propuso que pasáramos la noche juntos. Nos marchamos a su apartamento que compartía con un primo que también estaba estudiando, pero que regresaba a su ciudad cuando terminaban las clases de la universidad, así que supuse que estaríamos completamente a solas. Tiempo después supe que no había sido así, y en parte esa fue la razón de la posterior ruptura con mi novio, pero esa es otra historia.

Volviendo a la escena, con el terrible aguijón del deseo reprimido punzando desde lo más profundo de mis entrañas, no bien entramos a su territorio aún de pie lo cubrí de besos y arrinconé hasta la entrada de su dormitorio. Él me tomó por la cintura y con un movimiento firme pero suave me levantó y apoyó contra la pared, besando mi cuello, hasta detenerse en mi escote. En verdad era fuerte. Con su boca se lanzó sobre mis pechos, chupo como poseso uno de mis senos, que se había liberado de ropa y sostén. Al bajarme, con la urgencia del amor reprimido por tanto tiempo, desabotoné su camisa y forcejee para quitarle cinturón y pantalones. Noté a través del calzoncillo que su miembro ya estaba listo para lo que venía, pero se lo dejé puesto ya que nunca había tenido un pene de verdad frente a mi cara y me puse algo nerviosa. Me incorporé y di la vuelta quedando de espaldas para que me ayude a bajar el cierre del vestido, y mientras lo hacía lentamente, beso mi cuello, recorrió con su lengua mi columna, murmurando cosas lujuriosas, lo que desató en mí ser cosquilleos y escalofríos excitantes a grado sumo. Creo que no eran necesarios más preámbulos de manera que cuando mi ropa cayó al suelo, sin pérdida de tiempo y de un tirón bajó mi tanga y con un ósculo atrevido sus labios se posaron sobre mis nalgas. Quise darme vuelta entonces, pero me detuvo poniendo sus manos en mis caderas, se acercó a mi oído y con la voz agitada me dijo que si estaba lista.

¿Lista? Estaba ansiosa por ser penetrada, y el calor de mi entrepierna, el fuego de mi concha, ya era insoportable. Le dije que sí con la voz temblorosa, y casi con un gemido pregunté que qué lo detenía. Todavía de espaldas y de frente a la pared, me abrazó y con una mano en mi vientre, descendió hasta mi palpitante sexo, pudo darse cuenta lo mucho que lo aguardaba. Esos dedos recorrían mi intimidad con delicadeza, una aguda sensación de desesperación de mí se adueñaba, como si quisiera orinar y me estuviera aguantando por horas. Con la otra mano se despojó de su interior hábilmente, dejando sus calzoncillos arrebujados sobre mí ropa, y apoyando su pene sobre mi cuerpo tembloroso de la emoción. Durante un tiempo me prodigó mórbidas caricias, luego retrocedió. Al darme vuelta ahí estaba él, con su masculinidad apuntándome directamente, un gemido se escapó de mis labios. Era la primera vez que un hombre me vio completamente desnuda, y por su puesto yo tampoco había visto un pene de verdad tan próximo, tan real, tan cierto. Ni siquiera en el cine. A decir verdad, los únicos miembros que conocía personalmente eran los del club al que asistía mi padre. Ya en serio, a parte de las láminas en los libros de biología, nunca había visto algo semejante. La serpiente de un solo ojo me produjo una mezcla de asombro, curiosidad y miedo. Me costó trabajo creer que algo que podía crecer tanto en tamaño, podría entrar en mi estrecho sexo sin llegar a hacerle daño.

Se puso un condón y me tiró a la cama ansioso. Yo boca arriba, con su lengua recorrió todo mi cuerpo, jugó con mis senos, me tocó de forma torpe pero desesperantemente tierna. Sus caricias sobre mi vientre y muslos, me produjeron una fiebre que solo podía calmarse con el acto más primitivo y necesario de la humanidad. Le pedí con suspiros que me hiciera suya, que estaba más que lista. Empujó su hombría y una vez adentro se detuvo, mirándome fijamente y esperando mi reacción. Murmuré su nombre y le dije que siguiera adelante. No fue tan doloroso como pensé, pero tan poco sobrenatural como había leído o visto en las películas. Recuerdo cuando entró en mí por vez primera, que al dolor inicial siguió una euforia húmeda que me hizo perder la cabeza, entre jadeos, lágrimas de felicidad y dolor. Era en verdad una asombrosa mezcla de angustioso ardor en un punto intermedio entre el delirante placer de la voluptuosidad y el sufrimiento corporal que conduce al éxtasis. Al incrementar el ritmo de sus acometidas, percibí que estaba cercano su momento más crucial. Quise acompasar sus movimientos y me esforcé por alcanzar también la cima de la felicidad, mas, estando próxima al clímax él se dejó venir con fuerza, temblando y sujetándome con firmeza, como si me fuera a escapar. Pero no me importó. Porque ya había descubierto un inmenso gusto al que jamás renunciaría, y del que me había privado durante tanto tiempo. Comprendí que aquella no era la última vez que me entregaría a los placeres de la carne. Recuerdo también que después de hacer el amor esa vez primera, una nausea exquisita me invadió por completo, y aunque en aquella ocasión no alcancé el orgasmo, lo disfruté tanto que me hice la promesa de no negarme el gusto de fundirme con otro, y experimentar semejante placer cada vez que me apeteciera. Al preguntar a algunas de mis amigas qué sintieron al perder su virtud, ninguna se expresó en términos tan maravillosos como los hombres, las películas y la literatura rosa nos quieren hacer creer. Ser desvirgada no es como idealizamos las mujeres, aunque supongo que puede alterar más los sentidos si ocurre en la noche de bodas, y con la pareja con quien en serio deseas pasar el resto de tu vida.

En retrospectiva, creo que había esperado mucho para perder mi virginidad. Tenía 19 años.

— angelavicario

2 de febrero de 2014

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angelavicario

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Comentarios

1 comentario

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  • ardiente3715
    ardiente3715 · 2 de feb de 2014

    Exelente tienes la razon no todos les va bien en su primera vez, pero no todo es malo conoser lo marabilloso de sentir otro cuerpo junto al tuyo. Es lo mas placentero

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