Ella Era Un Travesti
Relato de comunidad Transexualesschedule 4 min de lectura calendar_today Octubre de 2014

Ella Era Un Travesti

Dos tragos de más hicieron que la Catedral me pareciera ambiguamente pulcra y lujuriosa como para deslizarme hacia el escándalo público que, a plena luz del día y a grito herido en la noche, esconde tanto como revela los secretos de una ciudad espléndidamente mojigata. Tímido y algo....

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Dos tragos de más hicieron que la Catedral me pareciera ambiguamente pulcra y lujuriosa como para deslizarme hacia el escándalo público que, a plena luz del día y a grito herido en la noche, esconde tanto como revela los secretos de una ciudad espléndidamente mojigata. Tímido y algo dubitativo, caminé esas dos calles del purgatorio que se instala entre el cielo prometido en los rezos de los canónigos y el infierno convertido en tetas, culos y miradas seductoras de mujeres a medio hacer.

Nunca había estado ahí en sano juicio y, la verdad, no me importó mucho la diferencia. Prendido o sobrio, el cuerpo sibilino de una mujer a la que su entrepierna instala en el mundo masculino me produce una excitación arrobadora y misteriosa. Cuando reviso las razones de mi pasión, no creo que ande perdido; tengo claro que disfruto intensamente el húmedo encanto de una vagina jugosa y la delicada redondez de un culo femenino que se ofrece generoso; pero una bella travesti me roba una mirada instintiva y visceral en cuanto la veo en la calle o en un bar, tal como aquel día cuando conocí a Mariana; una caleña que, como yo, andaba de visita en la ciudad y decidió acompañar a Yuli su amiga, también travesti.

El espectáculo era primoroso: apenas empezaba la noche y frente a mi, entrando al bar, tenía dos rostros que parecían cincelados por diosas o dioses. Una de pie, la otra sentada, permitían adivinar bajo sus faldas deliciosos cuerpos bien ejercitados, muslos torneados, cinturas abrasivas y pechos que invitaban a regocijarse sibilinos en su armada redondez. Luego tendría la posibilidad de saber que se habían hecho mujeres a fuerza de perseverancia, nada de silicona y mucha medicación con estrógenos y otros químicos que apenas si recuerdo, en medio de las palabras dichas en aquel ambiente embriagante y arrobador que me entretuvo toda la noche con aquella chica a la que quería penetrar en cuanto pude conocerla un poco más.

Tomaban Smirnoff Ice, mi coctelito embotellado favorito y por eso me resultó muy fácil aproximarme a ellas. “Tres, por favor”, le dije a la chica que atendía en la barra del bar, sin pedir permiso para acercarme un poco más y dejarles claro que me interesaba compartir con ellas esa noche. Había tenido tiempo para observar, minutos antes, cómo rechazaban a una chica y eso me intimidaba un poco, pero su respuesta resultó favorable.

Tomamos, reímos, contamos historias y bailamos.

Mi excitación iba en aumento cada vez que sonaba una bachata y Mariana, con dotes de bailarina caleña, se abalanzaba a la pista halándome del brazo para deleitarse jugando conmigo. Aunque bailo decentemente, aquella caleña de ojos grandes y labios seductores me dejaba sentir su excitación al deslizar su cuerpo sedoso junto al mío. “Yo sólo quiero darte un beso” musitaba Prince Royce en la canción que yo le susurraba al oído en el mismo momento en que ella se aferraba a mi para que la sintiera descaradamente entera, incluida la erección que empezaba a notarse en su entrepierna, acompañando la mía.

Se despidió de Yuli y el chico que se había levantado en medio de la noche, prometiéndole llamar en cuanto llegáramos. En el taxi, aquella caleña alocada jugaba con su pie tanteándome la verga por sobre el pantalón. Cada centímetro de mi piel anhelaba que ese recorrido inquieto lograra bajar el cierre hasta juntar sus ganas con el calorcito encendido que me recorría entero, consciente de que terminaría en la cama con la primera travesti de mi vida.

Mi pecho sucumbía ante el húmedo, caliente y abrasador vaho despedido por una boca ardiente y traviesa que, entre suaves mordiscos, hacía retorcer mi cuerpo de placer. Suavemente la tiré en la cama. Con experta lentitud la recorrí saboreando cada milímetro de su delicada y sinuosa espalda hasta descender a un portentoso caderamen firme y abundante que ocultaba mi rostro mientras mis manos se aventuraban a descubrir la incógnita oculta entre sus piernas. Jugueteé con su verga, tanteandola sin sentir que esa extensión de piel desentonara en aquel cuerpo perfecto.

Mientras su boca se apoderaba de cada centímetro de mi verga contenta, yo saboreaba la suya. minuto a minuto el cotejo avanzaba, arremolinados en una suma de gemidos que aumentaba la cifra de un encuentro sexual sin límites ni reverencias en el que dedos, manos, lenguas, bocas, penes y culos produjeron un agregado de exhalaciones, bufidos y gritos arrechos; victoriosos.

Nunca había sido penetrado hasta entonces, excepto por la lengua o el dedo jugueton que algunas de mis amigas habían encajado entre mis nalgas incrementando mis embistes en medio de faenas ardorosas. Tal vez por eso mi deleite excedía cualquier expectativa que hubiese tenido sobre aquella exotica primera vez en la que entre lances apasionados, descansos obligados y escarceos reiniciados; aquel abrazo alocado y revoltoso había logrado extenderse la noche entera sin que, lamentable, hubiese podido retener en la ciudad a aquella chica maravillosa cuyo pene probé y me puso a prueba, comprobando mi irrenunciable y curiosa bisexualidad.

— elsexosentido

8 de octubre de 2014

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elsexosentido

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1 seguidores ·Soy hombre heterosexual

Comentarios

1 comentario

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  • disciplinador
    disciplinador · 8 de oct de 2014

    Muy bien contado. muy buen relato

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