Un viernes en la tarde estaba agotado, cansado, cargado de mucha densidad. Las cosas en el trabajo habían demandado mucha de mi energía y necesitaba un café. No quería ir a un Tostao o un Juan Valdez y, como comenzó a lloviznar, entré al primer sitio que vi abierto. Fue por Teusaquillo, en Bogotá. Me senté en la barra del lugar. Pedí un expreso doble y saqué un libro de mi maleta. Se trataba de una obra de Heidegger que andaba consultando. A los minutos alguien que anda en una mesa se acercó, me señaló algo del libro y establecimos una conversación amable. Hablamos de filosofía y la incidencia de ésta en la vida cotidiana.
Mi interlocutor era un hombre de unos 35 años, vestido con un jean, una camisa de cuadros, un chaleco y una chaqueta de esas largas. No había nada novedoso en él, pero me pareció agradable y la conversación fluía. Claro, todo bajo la dinámica de una charla sobre filosofía con un desconocido.
Por un momento me quedé mirando el interior del sitio (como dije, estaba en la barra) y me di cuenta de la decoración: había entrado a un café-bar gay. Me puse algo nervioso pero, no sé por qué, me entró una sensación de morbo impresionante. Creo que mi interlocutor notó mi nerviosismo y me leyó por completo: Yo era un hombre heterosexual que había por error a un café gay y ahora quería explorarlo.
La conversación siguió pero con algunos gestos diferentes. Él se acercaba un poco y generaba más confianza. Se quitó la chaqueta y su jean aparecía llamativo: era notoria una erección y mi mirada no era indiferente; lo mismo me pasaba a mí y él me miraba. Había una tensión interesante. Por mi cabeza circulaba la idea que algo más pasará, aunque no estaba seguro qué.
Bueno, ojalá un día me pasara algo así.






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2 comentarios
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login Entrarhola, en que dirección queda el lugar
y que te gustaria q pasara???