El Umbral.
Relato de comunidad Transexualesschedule 18 min de lectura calendar_today Febrero de 2025

El Umbral.

Andrea, una belleza tímida con un secreto ardiente, se rinde al magnetismo crudo de Carlos, un ingeniero eléctrico de 50 años, corpulento y velludo, en su guarida del séptimo piso en Modelia. Entre el aroma a madera húmeda y...

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Un portal de lujuria, un rito de sometimiento y placer; la rendición del cuerpo ante el deseo.

Andrea siempre había sido una persona reservada, de movimientos elegantes pero tímidos, con una mirada que transmitía una mezcla de deseo y temor. Aunque disfrutaba de su soledad, algo dentro de ella anhelaba ser descubierta, ser vista tal como era. Era travesti, pero aún lo mantenía en secreto, incluso ante quienes la conocían de cerca. Cuando se miraba en el espejo, le costaba reconocer la figura que veía: una mezcla entre la mujer que deseaba ser y la que aún debía ocultar. Los toques de feminidad que lograba mostrar, como el maquillaje delicado y la ropa ajustada, se sentían a veces como un disfraz, un juego para probar sus límites y sentirse más completa.

Carlos, por otro lado, era un hombre de 50 años, de 1.70 metros, con una complexión gruesa y robusta que ocupaba el espacio con naturalidad. Su cuerpo estaba cubierto de vello oscuro y espeso, desde el pecho hasta los brazos, dándole un aire rudo y visceral. Era ingeniero eléctrico, un hombre práctico con manos fuertes y callosas, forjadas por años de trabajo con cables y herramientas. Vivía en un apartamento en el séptimo piso del barrio Modelia, un lugar que se sentía aislado del ruido de la ciudad, donde las reglas se diluían y solo quedaba la intensidad de sus deseos. Su voz era profunda y algo áspera, y su presencia imponía con una mezcla de confianza y deseo latente.

Después de semanas de conversaciones cargadas de tensión y deseo contenido, Carlos la invitó a su apartamento. Andrea sintió una mezcla de emoción y nerviosismo al cruzar el umbral de su puerta, sabiendo que aquel espacio sería el escenario de su transformación definitiva. Había decidido vestirse como Andrés para llegar, con ropa sencilla y discreta, pero llevaba consigo una pequeña maleta en la que guardó un vestido corto y ajustado, de un rojo intenso que parecía sangrar en la penumbra. El vestido ceñía su figura como una segunda piel, con un escote que realzaba sus curvas y una falda que apenas cubría sus muslos. También llevaba consigo una lencería negra de encaje, medias de liguero y unos tacones altos que completarían su metamorfosis. Era un ritual, una entrega simbólica de su antigua identidad.

Carlos la recibió con una sonrisa intrigada, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de curiosidad y anticipación. El lugar olía a madera húmeda y a un leve rastro de cerveza, un espacio que parecía absorber el mundo exterior y transformarlo en algo denso y privado.

—¿Lista para la transformación? —preguntó, su voz ronca cortando el aire como un trueno lejano, mientras cerraba la puerta tras ellos con un sonido sordo que resonó como un punto final.

Andrea asintió, un gesto leve que resonó como una rendición silenciosa. El aire se había vuelto denso, casi palpable, como si la habitación misma contuviera la respiración, esperando. Carlos la condujo hacia el dormitorio con una mano firme en su espalda, un toque que no era ni tierno ni violento, sino simplemente inevitable. El espejo de cuerpo completo los esperaba, un testigo mudo y complaciente. La luz de la lámpara, baja y dorada, se derramaba sobre su superficie como miel espesa, iluminando el espacio como un santuario profano. Aquel no era un lugar de descanso, sino un escenario cuidadosamente dispuesto para su despojo, un altar donde su identidad sería desarmada, pieza a pieza, hasta que solo quedara la carne obediente.

Con movimientos lentos, casi ceremoniales, Andrea comenzó a desvestirse. Cada prenda que caía al suelo era un velo arrancado, una capa de resistencia abandonada. La ropa de Andrés, aquella armadura cotidiana, se deshizo como cenizas, revelando la desnudez que yacía debajo. Carlos observaba en silencio, sus ojos recorriendo cada centímetro de piel expuesta con una intensidad que quemaba más que cualquier contacto físico. Antes de que pudiera continuar, su mano, grande y velluda, se cerró alrededor de su muñeca, deteniéndola con una firmeza que no admitía discusión.

—Aún falta algo —murmuró, su voz un susurro cargado de promesas oscuras. De la bolsa de terciopelo negro surgió la jaula de castidad, un objeto frío y reluciente que parecía absorber la luz a su alrededor. Andrea sintió un escalofrío recorrer su columna mientras Carlos la manipulaba con manos expertas, ajustando el metal a su cuerpo con una precisión que era casi dolorosa. El chasquido del candado al cerrarse resonó como un eco en el silencio, un sonido final que sellaba su sumisión.

En el espejo, sus miradas se encontraron. Carlos sostenía la llave entre sus dedos, contemplándola por un momento antes de guardarla en su billetera con un gesto deliberado.

—Ahora sí —dijo, su voz baja pero cargada de una autoridad que no necesitaba elevarse—. Eres completamente mía.

Andrea asintió de nuevo, sintiendo el peso del metal entre sus piernas, una presencia constante que la recordaba, con cada movimiento, a quién pertenecía. No había vuelta atrás, y esa certeza la inundó con una mezcla de terror y éxtasis.

La transformación continuó, cada gesto un acto de devoción. La lencería negra se adhirió a su piel como una segunda capa, el encaje rozando su cuerpo con una suavidad que contrastaba con la dureza del metal que llevaba debajo. El vestido rojo, ajustado y ceñido, la moldeó en una figura que era tanto una obra de arte como un objeto de deseo. La peluca negra, larga y ondulada, cayó sobre sus hombros como una cascada de oscuridad, y el maquillaje transformó su rostro en una máscara de perfección artificial. Los tacones altos completaron la imagen, elevándola físicamente mientras la sometían simbólicamente. Cuando terminó, la mujer que miraba desde el espejo ya no era Andrea, ni siquiera Andrés. Era algo nuevo, algo creado por y para Carlos, una criatura de deseo y obediencia, atrapada en la belleza frágil de su propia rendición.

Carlos la observó con una lentitud calculada, sus ojos recorriendo cada curva, cada pliegue del vestido rojo que se aferraba a su cuerpo como una segunda piel. Andrea sintió su mirada como un peso físico, una caricia que no tocaba pero que la atravesaba, dejando rastros de calor y una inquietud que se anidaba en lo más profundo de su vientre.

—Eres increíble —susurró él, su voz baja y áspera, como el roce de una lija sobre seda. Se acercó a ella con la pesadez de su cuerpo grueso, cada paso una promesa tácita de dominio. Andrea se dejó caer en el borde del sofá, cruzando las piernas con una lentitud deliberada, sabiendo que el movimiento haría deslizar la tela sobre sus muslos, exponiendo apenas un centímetro más de piel. Carlos se inclinó sobre el brazo del sofá, su cerveza sostenida con negligencia en una mano, mientras la otra descansaba cerca de su cadera, como si ya la poseyera.

—¿Te gusta? —preguntó Andrea, su voz un susurro meloso que había perfeccionado frente al espejo, una herramienta tan afilada como cualquier otra. Carlos bebió un trago lento de su cerveza, sus ojos fijos en ella, saboreando tanto el líquido como el momento.

—Me encanta —respondió, su voz cargada de una admiración que rozaba la devoción—. Es increíble cómo cambias… cómo te transformas.

Andrea sonrió, un gesto que no llegaba a sus ojos, y se inclinó hacia él, lo suficiente para que el escote de su vestido revelara la sombra de sus pechos.

—No es una transformación, Carlos —dijo, su voz firme pero dulce—. Esta soy yo.

Él la miró entonces con una expresión que iba más allá del deseo; había algo en su mirada que parecía rozar la ternura, pero una ternura peligrosa, como la de un cazador que acaricia a su presa antes de dar el golpe final. Dejó la cerveza en la mesa con un gesto deliberado, como si quisiera conservar su sabor para más tarde, y tomó una de las manos de Andrea entre las suyas. Sus pulgares acariciaron su palma con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su mirada.

—Tienes razón —murmuró, su voz un eco grave que resonaba en el espacio entre ellos—. Y me fascina cada parte de ti.

Andrea sintió un calor que se extendía desde su pecho hasta las puntas de sus dedos, un calor que no era solo deseo, sino algo más profundo, más peligroso.

—¿Y qué parte te gusta más? —preguntó, su voz juguetona pero cargada de una intención que no podía disimular. Inclinó la cabeza, dejando que su cabello cayera sobre un hombro, un gesto que sabía lo volvía loco. Carlos dejó que su mirada descendiera por su cuerpo, como si estuviera catalogando cada detalle, cada curva, cada sombra.

—Tu voz… —susurró finalmente, su voz tan baja que casi parecía un pensamiento en voz alta—. Me encanta tu voz, cómo suena cuando hablas así, cuando juegas, cuando me provocas.

Andrea sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, un temblor que no era de frío sino de anticipación. Sabía que a Carlos le fascinaba su voz, pero ahora lo veía disfrutándola de una manera que la hacía sentirse expuesta, desnuda en un sentido que iba más allá de lo físico.

—¿Así? —murmuró, bajando el tono de su voz hasta convertirlo en una caricia audible, mientras sus dedos trazaban círculos lentos sobre su pecho. Carlos cerró los ojos por un instante, como si estuviera saboreando el sonido, la sensación.

—Así… —respondió, su voz un susurro áspero—. Y también cuando gimes.

Andrea sintió que el rubor le subía por las mejillas, pero no apartó la mirada. Él solo la había escuchado gemir una vez, durante aquella llamada telefónica que aún la hacía estremecerse de vergüenza y placer al recordarla. Pero ahora la miraba como si pudiera escuchar esos sonidos en su mente, como si ya los estuviera reclamando.

—No eres justo —susurró ella, con un puchero que sabía lo desarmaría. Carlos sonrió, una sonrisa que era mitad ternura, mitad amenaza.

—¿No? —preguntó, sus manos deslizándose hacia su cintura para atraerla más cerca, hasta que sus cuerpos casi se tocaban. Andrea no respondió. Se dejó llevar, disfrutando la sensación de sus manos firmes sobre ella, la manera en que la hacía sentir pequeña, frágil, preciosa.

De reojo, notó que Carlos tomaba otro sorbo de su cerveza antes de volver a dejarla en la mesa.

—¿Te gusta la cerveza? —preguntó ella, su curiosidad teñida de una sospecha juguetona. Él sonrió de lado, esa sonrisa suya que siempre escondía más de lo que revelaba.

—Digamos que tiene un propósito —respondió, su voz cargada de un misterio que la hizo estremecer. Andrea frunció el ceño, pero no pudo evitar sonreír.

—¿Qué estás tramando? —preguntó, su voz un susurro entre la curiosidad y la advertencia. Carlos se acercó un poco más, su aliento cálido rozando su mejilla mientras su nariz trazaba una línea invisible sobre su piel.

—Ya lo verás… —murmuró, su voz un eco que prometía tanto placer como peligro.

Con movimientos lentos y deliberados, Carlos comenzó a deslizar las manos por el vestido, sintiendo la tela ajustada que abrazaba su cuerpo. Luego, con una sonrisa traviesa, desabrochó el cierre y lo dejó caer al suelo, revelando la lencería negra de encaje que llevaba debajo. Andrea sintió cómo el aire frío rozaba su piel, pero fue la mirada de Carlos lo que la hizo estremecer.

—Eres perfecta —dijo él, acariciando suavemente la tela de la lencería antes de continuar explorando su cuerpo.

—Así me gusta —susurró con una sonrisa de satisfacción.

Andrea sintió sus piernas debilitarse. No había dudas: Carlos sabía cómo manejar la situación, cómo hacer que ella se sintiera pequeña y sumisa con solo una mirada y un gesto.

—De rodillas —ordenó con firmeza.

Andrea obedeció sin dudar; la sensación de ser guiada por él encendía un fuego dulce y desconocido en su interior. Su respiración entrecortada se mezclaba con la de Carlos, llenando el aire de deseo. Él tomó su rostro con cariño, pero con la firmeza de quien reclama lo que le pertenece. Sus dedos exploraron la suavidad de sus mejillas antes de deslizar el pulgar hasta sus labios carnosos y rojos como frutos maduros.

—Chúpalo —ordenó con voz grave, cargada de promesas.

Andrea entreabrió la boca, atrapándolo con la calidez húmeda de su lengua. Lo envolvió con suavidad al principio, lamiendo con lentitud, degustándolo como un caramelo prohibido. Luego, succionó con más ansias, dibujando círculos alrededor de la yema, disfrutando de la textura de su piel. Carlos la observaba en silencio, sus ojos clavados en los suyos, poseyéndola sin necesidad de palabras.

Cuando Carlos consideró que era el momento, tomó un collar de cuero fino y lo aseguró alrededor del cuello de Andrea con un clic sutil. La cadena que colgaba de él se deslizó entre sus dedos mientras la guiaba suavemente por la habitación. Andrea sintió una mezcla de sumisión y excitación al moverse sobre sus manos y rodillas, su respiración acelerada en cada paso. Cuando llegaron a la cocina, Carlos se inclinó para colocar frente a ella un pequeño cuenco con leche. La miró con una sonrisa enigmática, dejando que el silencio hablara por sí solo.

Andrea, con las mejillas encendidas, bajó la vista y entendió lo que esperaba de ella. Se inclinó hacia adelante, dejando que su lengua rozara la superficie de la leche con movimientos lentos y calculados. Cada lamida era pausada, tímida al principio, hasta que se dejó llevar por la sensación y bebió con más soltura. Carlos la observaba con una mezcla de placer y dominio, disfrutando la imagen que tenía frente a él. La luz tenue de la cocina resaltaba la curva de su espalda, la forma en que su cabello caía sobre su rostro mientras se inclinaba para beber. Verla así, tan entregada, le producía un placer casi hipnótico.

Con una leve sonrisa de satisfacción, tiró suavemente de la cadena, indicándole que continuara. Se tomó su tiempo, disfrutando cada gesto, cada pequeña prueba de entrega. Luego, con una caricia en su cabello, la ayudó a incorporarse y la llevó de regreso a la cama.

—Quiero admirarte —murmuró, haciéndola acostarse boca abajo.

Se quitó la camisa y vertió un poco de aceite Johnson en sus manos antes de deslizarlas sobre la piel de Andrea. Sus palmas cálidas recorrieron su espalda con lentitud, amasando sus hombros, bajando por la curva de su cintura y deteniéndose en sus caderas. Andrea suspiró, disfrutando el masaje, el roce de sus manos untadas en aceite, que dejaban un brillo sensual sobre su piel. Los tacones aún puestos le daban un aire de sumisión que la excitaba aún más.

Carlos se inclinó sobre ella, dejando un beso húmedo en su cuello antes de susurrarle al oído:

—Ahora, quiero que te pongas en cuatro como la perra que eres.

—No te muevas —ordenó Carlos, su voz un susurro que resonó como un trueno en el silencio de la habitación.

Andrea obedeció, sintiendo cómo el aire se volvía más denso, más pesado, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para presenciar lo que estaba por ocurrir. Carlos se acercó, sus manos frías como el mármol tocando su piel, trazando líneas invisibles que la hicieron estremecer. Con un movimiento deliberado, separó sus nalgas, exponiendo su intimidad a la luz tenue. Andrea contuvo el aliento, sintiendo cómo la vulnerabilidad la inundaba, cómo cada parte de su ser se entregaba a lo que vendría.

Carlos no se apresuró. Su respiración, caliente y constante, rozó su piel antes de que su lengua, hábil y precisa, comenzara su trabajo. Era un acto de posesión, de dominio, cada movimiento calculado para llevarla al borde del abismo sin permitirle caer. Andrea sintió cómo su cuerpo respondía, cómo cada fibra de su ser se tensaba y relajaba bajo el control absoluto de Carlos. Sus gemidos, ahogados y entrecortados, llenaban el cuarto, mezclándose con el sonido de su respiración agitada.

—Eres mía —murmuró Carlos entre besos y caricias, su voz un recordatorio de que no había escapatoria, de que cada parte de ella le pertenecía.

Andrea no podía negarlo. Cada caricia, cada movimiento de su lengua, era una marca invisible, un recordatorio de su sumisión. Sentía cómo el placer y el dolor se entrelazaban, cómo la línea entre ambos se desvanecía bajo las manos y la boca de Carlos. Era como si él estuviera reescribiéndola, moldeándola a su antojo, convirtiéndola en algo nuevo, algo que solo existía para él.

Cuando finalmente se detuvo, Andrea jadeó, su cuerpo tembloroso como una hoja en la tormenta. Carlos se incorporó, sus ojos brillando con una mezcla de satisfacción y deseo. Con movimientos lentos y deliberados, tomó el frasco de lubricante, vertiendo un poco en sus dedos. El líquido brilló bajo la luz tenue, como si fuera un símbolo de lo que estaba por venir.

—Relájate —susurró, sus dedos fríos tocando su piel, preparándola con una precisión que hizo que Andrea cerrara los ojos, entregándose por completo a la sensación.

Él deslizó su mano entre sus muslos y, con calma, tomó un frasco de lubricante para prepararla. Sus dedos exploraron con precisión, deslizándose con facilidad, haciéndola gemir suavemente. Cuando Carlos estuvo seguro de que estaba lista, la sujetó con una mano y con firmeza por la cadera mientras con la otra sujetaba la cadena del collar y la penetró lentamente, dándole el tiempo necesario para adaptarse a su tamaño. La cabeza de su miembro era particularmente grande, y cada milímetro que avanzaba iba desmoronando las pocas ruinas de masculinidad que quedaban en ella. Cada milésima de segundo marcaba el renacimiento de Andrea como mujer.

Andrea se mordió los labios, entremezclando sensaciones de placer y expectación hasta que él estuvo completamente dentro de ella. Carlos se detuvo y la admiró, fue apenas un instante que la hizo sentir plena y a él poderoso por hacerla suya. Continuó al sacarla lentamente, observando el pequeño orificio que ya no era virgen y que le pertenecía para siempre. La penetró nuevamente, marcando el ritmo, dominándola con cada embestida, sus manos aferradas a sus caderas, disfrutando del poder absoluto que tenía sobre ella. El sonido de la piel chocando, sus jadeos y gemidos llenaban el cuarto.

Andrea, con el aliento entrecortado y las piernas tensas por la expectativa, se acomodó sobre Carlos con movimientos lentos y sensuales. Sus manos recorrieron su torso, sus uñas dejando rastros fantasmales antes de apoyarlas en su vientre para sostenerse. Sus muslos lo enmarcaban mientras se hundía sobre él con deliciosa lentitud.

El contraste entre sus cuerpos era electrizante: la calidez de la piel, la firmeza de sus caricias y, entre ellos, la fría presencia del metal. Con cada movimiento, la jaula de castidad rebotaba contra el abdomen de Carlos, marcando el ritmo de su entrega, tintineando en un eco discreto de la sumisión.

Andrea jadeó, mordiéndose el labio mientras sus caderas se mecían con mayor confianza. Sus pechos, pequeños pero sensibles, se estremecían con cada vaivén. Carlos la observaba, fascinado, con las manos firmes en su cintura, guiándola, marcándole el compás de su danza.

Entonces, sin prisa, deslizó una mano por su espalda, ascendiendo hasta su pecho. Sus dedos encontraron un pezón endurecido, que atrapó entre ellos antes de pellizcarlo suavemente. Andrea dejó escapar un gemido quebrado, su ritmo vacilando por un instante. Carlos sonrió y se inclinó hacia adelante, atrapando el otro pezón entre sus labios. Su lengua lo rodeó con precisión antes de succionarlo, arrancándole un escalofrío de placer.

Pero no le bastaba. No aún.

Con un movimiento firme, Carlos la tomó por las caderas y la obligó a detenerse. Andrea gimió en protesta, pero él solo sonrió, deslizando los pulgares sobre sus muslos temblorosos.

"De pie", ordenó con voz grave.

Andrea obedeció de inmediato, tambaleándose ligeramente al incorporarse. Carlos se levantó tras ella y la llevó contra la pared. Sus manos recorrieron su cuerpo hasta llegar a la jaula de castidad, que acarició con deleite antes de empujarla suavemente contra el muro. Andrea apoyó las palmas en la superficie fría, arqueando la espalda en una silenciosa súplica.

Cuando Carlos volvió a hundirse en su interior, un gemido ahogado escapó de sus labios. Cada embestida la empujaba contra la pared, sus mejillas rozando el yeso mientras la jaula de castidad, atrapada entre sus cuerpos, vibraba con cada impacto. El tintineo metálico se mezclaba con su respiración entrecortada, como un recordatorio constante de a quién pertenecía.

Sus manos volvieron a subir, atrapando sus pechos otra vez, masajeándolos con más firmeza esta vez. Entre caricia y caricia, sus dedos pellizcaban con precisión, enviando descargas de placer que la hacían temblar.

"Así", murmuró Carlos, con los dientes rozando la curva de su cuello. "Mía".

Andrea apenas podía responder, entregada completamente al ritmo que él marcaba, sintiendo la deliciosa combinación de su control y su devoción.

Y mientras la ciudad rugía más allá de las ventanas, ellos se perdían en su propio universo de placer y sumisión. Andrea cerró los ojos con fuerza. Sentía su cuerpo temblar, la presión construyéndose en su vientre, el placer acumulándose como una ola a punto de romper. Pero la jaula de castidad la mantenía prisionera, su propio clímax atrapado, imposible de liberarse, y esa frustración solo alimentaba su deseo.

Carlos gruñó, su agarre en sus caderas volviéndose más fuerte mientras aceleraba sus movimientos, enterrándose más hondo con cada embestida. Andrea jadeó con fuerza, sus uñas resbalando contra la pared.

Y entonces, Carlos se tensó detrás de ella. Su cuerpo tembló, su respiración se rompió en un gemido ronco mientras su placer explotaba dentro de ella en oleadas de semen, cálidas y profundas. Su agarre se endureció, aferrándola contra sí mientras vertía todo en su interior, marcándola con su esencia.

Andrea sintió su propio orgasmo atrapado en la jaula, latiendo contra el metal, un placer ahogado que solo podía manifestarse en el estremecimiento incontrolable de su cuerpo y en el grito que se ahogó contra la pared. Cada músculo se tensó, su vientre vibrando con la necesidad insatisfecha, con el tormento delicioso de estar a punto de explotar sin poder hacerlo.

Su respiración era un jadeo tembloroso cuando Carlos finalmente aflojó el agarre, sus labios encontrando su cuello en un beso húmedo, su lengua probándola con la misma devoción con la que la había reclamado. Andrea apoyó la frente contra la pared, sintiendo el temblor residual recorrer sus piernas.

—Perfecta —susurró Carlos, acariciándole la espalda con suavidad, aunque en su voz aún quedaba el eco de la lujuria satisfecha.

Andrea cerró los ojos, sonriendo débilmente. Atrapada en la jaula, atada a su deseo, pero completamente entregada a él.

Y mientras la ciudad seguía su curso, en ese apartamento solo existían ellos dos, enredados en la certeza de que el placer más profundo no siempre significaba liberación, sino pertenencia.

—Te has portado bien, perrita —dijo Carlos con una sonrisa de satisfacción mientras le acariciaba el pelo, sus dedos enredándose en las ondas negras.

Andrea, aún temblorosa, sintió que su cuerpo había cruzado un umbral del que no había retorno. Sin darle mucho descanso, Carlos la giró, dispuesto a seguir explorando su nueva posesión. Con un gesto firme pero lleno de ternura, la tomó de la mano y la guió hacia el baño, donde el vapor ya comenzaba a envolver el aire, creando una atmósfera íntima y cargada de anticipación.

— AndreaSissyCol

28 de febrero de 2025

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AndreaSissyCol

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AndreaSissyCol verified

75 seguidores ·Soy transexual, transito por el género

Comentarios

2 comentarios

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  • andresbix1982
    andresbix1982 verified · 19 de jun de 2026

    Waoo, espectacular como describes todo, sin palabras explicitas pero extremadamente morbosas, me encantó, yo quiero que me pase a mi tambien!! Jejeje

  • carlosm49
    carlosm49 · 28 de feb de 2025

    Hola Andrea me parecio hermoso el relato, tiene parte encantadoras que describen mucho de lo que setimos al compartirnos con otro ser hermoso, que relato tan lindo, es como un sueño y un descubrimiento, hay momentos que me identificaron mucho "Y mientras la ciudad rugía más allá de las ventanas, ellos se perdían en su propio universo de placer y sumisión. Andrea cerró los ojos con fuerza. Sentía su cuerpo temblar, la presión construyéndose en su vientre, el placer acumulándose como una ola a punto de romper. Pero la jaula de castidad la mantenía prisionera, su propio clímax atrapado, imposible de liberarse, y esa frustración solo alimentaba su deseo."

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