La Semana Santa
Relato de comunidad Transexualesschedule 6 min de lectura calendar_today Marzo de 2025

La Semana Santa

En la víspera del Domingo de Ramos, Carlos y Andrea sellan un apartamento en Bogotá como un templo profano, la llave que cae sobre la mesa inicia siete días de pasión desenfrenada. Sin dioses ni arrepentimientos, sus cuerpos...

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La verdadera pasión no se sufre,

se entrega;

no se impone, se acepta

La llave cayó sobre la mesa de roble gastado con un clic que ahogó el repique lejano de las campanas de la iglesia del barrio. Era la víspera del Domingo de Ramos, y Carlos había despejado el apartamento de todo lo superfluo: cortinas corridas, libros apilados en el suelo, el espejo del baño cubierto con una sábana negra. «Siete días sin salir. Siete noches sin llaves… excepto esta», dijo, señalando el objeto metálico que brillaba bajo la luz. Andrea lo tomó, notando su peso: no era para abrir, sino para cerrar. Para sellar la puerta tras ellos como un sepulcro.

Carlos se inclinó hacia adelante, sus manos —limpias, pálidas— cruzadas sobre la mesa como un juez en ayuno. «Mañana al amanecer, giramos la cerradura. Nada entra ni sale. Ni la luz, ni el arrepentimiento». Fuera, el viento sacudió los postigos, y por un instante, Andrea imaginó que el apartamento entero respiraba, ansioso por devorar sus promesas. La llave le quemaba el bolsillo del jeans, pero asintió. En el aire quedó flotando el pacto: una semana santa sin dioses, solo el evangelio de sus cuerpos escribiéndose en las paredes sin testigos.

El Domingo los encontró entrelazados en Yab-Yum, piernas anudadas como serpientes en éxtasis, frente contra frente. Carlos sostenía sus caderas elevadas, penetrándola en un ángulo que hacía gritar a Andrea en lenguas desconocidas. «Así se adora sin altares», jadeó él, mientras sus pulgares presionaban el hueso púbico de ella, marcándola con media lunas rojas. El aire olía a mirra y fluido seminal, una mezcla que Andrea juraría más tarde haber visto ascender como incienso hacia el techo agrietado.

Para el Lunes, Carlos la obligó a imitar el Congreso de la Vaca, arrodillada sobre cuatro cojines bordados con rosarios rotos. Cada embestida desde atrás la hacía reptar centímetros sobre la alfombra, las rodillas enrojeciéndose como llagas de estigma. «Gime, puta sagrada», ordenó, tirando de su collar de perlas hasta que las cuentas estallaron contra el suelo. Andrea obedeció, bramando entre sollozos, mientras sus dedos se enterraban en el terciopelo desgastado, imaginando que arañaba el rostro de algún santo olvidado.

El Martes los sorprendió en Loto, desnudos sobre un lecho de velas apagadas. Carlos había atado sus tobillos a las muñecas con rosarios de madera, obligando su espalda a arquearse hasta que el culo quedó expuesto como ofrenda. «La vergüenza se cura con fuego», susurró, dejando caer cera derretida sobre las nalgas de Andrea, ella contorsionó las caderas, dibujando círculos en el aire mientras el ardor se expandía por su piel, hasta que el dolor se transformó en un ardor que le hizo morder el rosario hasta partir las cuentas con sus dientes.

Al Miércoles, Carlos inventó su propia posición: El Columpio Invertido. Amarrada de los tobillos a una viga del techo, Andrea balanceaba su torso desnudo sobre el vacío, cada oscilación acercando su boca al sexo erecto de él. «Comulga», rugió, embistiendo su garganta con una ferocidad que le hizo lagrimear los ojos delineados de negro. En el reflejo distorsionado de una lámpara de cobre, Andrea vio su propia imagen: un péndulo humano, brillante de saliva y precum, meciéndose al ritmo de un réquiem.

El Jueves Santo los encontró en División del Bambú, Andrea doblada sobre la mesa del comedor, piernas abiertas en un ángulo imposible. Carlos la penetraba desde atrás, una mano en su cuello, la otra trazando el viacrucis de sus costillas con una daga sin filo. «Sangrarás glorias», prometió, y cumplió: cuando el orgasmo la atravesó, los gemidos de Andrea parecían poder romper el cristal de la ventana y esparcir esquirlas como estrellas fugaces sobre el piso de madera.

Para el Viernes Santo, eligieron La Yegua. Andrea cabalgó a Carlos con la devoción de una conversa, su cuerpo entregado a él sin reservas. “Morderé la carne del pecado…” murmuró Carlos, y ella se inclinó, ofreciéndose sin dudar. Sus dientes dejaron marcas profundas sobre su piel mientras el sillón crujía como madera de cruz bajo su peso. Cuando vinieron simultáneamente, el semen de ambos se mezcló en el vientre de ella, formando un cáliz de blasfemia tibia.

El Sábado de Gloria los consumió en Indrani, frente al espejo recién destapado. Carlos la penetró por detrás, coronando su cabeza con espinas de rosal mientras forcejeaban contra el vidrio empañado. «Mírate resucitar», jadeó, aferrándole las muñecas contra el marco. Andrea vio cómo su reflejo se partía en cuatro pedazos: la mártir, la ramera, la diosa y la niña. Al final, solo quedó el vaho de sus respiraciones escribiendo un Amén efímero sobre el cristal.

El séptimo amanecer trajo consigo la luz del domingo, el día en que la carne resurge de su entrega y el deseo deja de ser sacrificio para volverse certeza.

Andrea se enfrentó al espejo del baño, ahora desnudo de su mortaja negra. El vidrio, empañado por el vapor de siete días de sudor y gemidos, reflejaba una silueta que ya no titubeaba. Había muerto una vez entre esas cuatro paredes, entregándose sin resistencia, y ahora renacía, marcada por el placer y la rendición.

Sus labios —hinchados, morados como bayas al borde de rendirse al otoño— sonrieron primero, luego vinieron las caderas, arqueadas con una seguridad nueva, y los senos, erguidos bajo el roce fantasmal de las espinas que Carlos había retirado al amanecer. No quedaban dudas, solo certezas: su piel ya no era la misma, ni su carne, ni su deseo.

Él emergió de la penumbra, su presencia firme, su mirada devoradora. Su mano se deslizó lentamente por su espalda desnuda hasta posarse en la curva de su cintura, reclamando lo que ya le pertenecía.

«Has resucitado», murmuró, y en su voz no hubo triunfo, sino veneración. La luz del bombillo cercano se quebraba en las estrías del espejo, proyectando sobre ellos un mosaico de sombras que recordaba a los vitrales de una catedral profanada. Andrea rozó su reflejo con las yemas de los dedos, manchando el cristal de carmín y cera derretida. En el roce, sintió el eco de sus propios gritos: aquel «¡Dios!» ahogado al ser penetrada contra la pared el Jueves Santo; el «¡Sí!» desgarrado cuando él le arrancó el vestido a latigazos.

Carlos deslizó una mano por su costado, deteniéndose en la curva de su cadera, justo donde la jaula de castidad ceñía su intimidad. «Mírate», susurró, mordisqueando su oreja. «Eres el evangelio que nunca escribieron». Andrea cerró los ojos, dejando que el peso ausente del metal le recordara su libertad. Cuando los abrió, vio por fin lo que el espejo le devolvía: ni Andrés, ni mártir, ni puta. Solo Andrea, con sus músculos tensos bajo la piel brillante de aceite, con sus pupilas dilatadas como hostias consumidas por el fuego.

Fuera, la lluvia golpeaba los cristales del apartamento, siempre llueve en Bogotá los domingos de Semana Santa, lavando las huellas dactilares de los siete días. Las velas se habían consumido hasta convertirse en montículos de cera deforme, los libros yacían abiertos en páginas manchadas de vino, y el aire —pesado aún a sexo y sándalo quemado— guardaba el eco de sus himnos. Carlos tomó su mano, y al hacerlo, el rosario de perlas roto crujió en su bolsillo como una letanía final.

«¿Oyes?», preguntó Andrea, apoyando la frente en el espejo. Desde afuera llegaba el murmullo lejano de la peregrinación de la Misa Solemne por las calles de Modelia. Carlos sonrió, trazando con un dedo el arco perfecto de sus caderas. «Es la ciudad rezando por lo que hemos desatado». Ella rio, baja y ronca, mientras las últimas gotas de agua resbalaban por su clavícula. Supo entonces que la verdadera redención no estaba en el perdón, sino en el sabor a vino y miel que aún le quedaba entre los dientes, en el temblor que le recorría las piernas al caminar, en el susurro de su nombre verdadero repitiéndose en cada esquina del apartamento vacío.

— AndreaSissyCol

1 de marzo de 2025

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