Soy Lucía, camarera de hotel (25 años)
Pasaron dos días desde lo del baño de vapor, pero el recuerdo seguía vivo… como si todavía lo llevara en la piel. Sus miradas. Sus voces. El calor. Todo eso me recorría de nuevo cuando pensaba en ellos.
No sabía sus nombres. Solo sabía cómo me hicieron sentir. Y eso era suficiente para querer más.
Ese viernes, justo al terminar mi turno, me llamaron desde recepción: “Señor Denzel, habitación 1705, ha pedido que alguien suba con toallas extra… preguntó si podías ser tú.”
Tragué saliva. Dije que sí, sin pensarlo.
El ascensor subía lento, pero mi corazón no. Sentía el pulso en las sienes, en los muslos. Me había soltado el moño. El uniforme seguía igual… pero yo no era la misma.
Golpeé la puerta.
—¿Lucía? —una voz profunda detrás.
—Sí…
—Pasa.
Entré. La habitación era enorme, cálida, en penumbra. El aire olía a incienso y a algo masculino, espeso. Estaban los dos. Denzel —el de la sonrisa amplia— y Malik, con su espalda gigante apoyada contra la ventana. Ambos en pantalones deportivos, torsos desnudos, cuerpos hechos para pecar.
No dijeron mucho.
Denzel se acercó primero. Su mano rozó la mía al tomar las toallas. Luego no soltó. Tiró suavemente, acercándome. Su aliento en mi mejilla.
—No hemos dejado de pensar en ti —dijo, bajito.
Detrás, Malik caminó lento, cerró la puerta. Todo quedó en silencio… menos mi respiración. Yo no hablé. Solo asentí. Lo deseaba. A ellos. A los dos.
No fue rápido. Fue lento. Erótico. Como una ceremonia.
Denzel comenzó por besar mi cuello, mientras sus manos recorrían mi cintura por encima del uniforme. Malik se acercó por detrás, rozándome sin tocar, su aliento caliente bajando por mi nuca. Me desarmaban con su presencia, con su tamaño, con el contraste de sus cuerpos duros contra el mío. Me sentía diminuta entre ellos… y eso me encendía.
No me quitaron la ropa. Me la fueron abriendo. Botón a botón. Como si desenredaran una historia. Mi blusa cayó, luego mi falda. Las medias aún puestas, los tacones aún firmes. Yo temblaba. De deseo. De rendición.
Me llevaron hasta el borde de la cama. No me empujaron. Me guiaron. Y yo me dejé caer entre sus manos como agua tibia.
Uno me besaba el cuello mientras el otro acariciaba mis muslos. Se turnaban. Me descubrían con la lengua, con los dedos, con el ritmo. A veces suaves, a veces intensos. Nunca apurados. Eran expertos. Coordinados. Como si hubieran nacido para esto. Para adorar un cuerpo… el mío.
Mi espalda arqueada, mis gemidos apagados contra el pecho de Malik, la risa grave de Denzel al verme estremecer. Sus bocas, sus manos, sus pieles oscuras contrastando con la mía, mis uñas marcando su carne, mis piernas temblando sin control.
Me hicieron perder la noción del tiempo.
Cuando todo terminó, me quedé entre ellos, con el cuerpo rendido y la piel brillando. No hablamos mucho. No hacía falta.
Me miraron como si me hubieran descubierto entera… y me gustó.
Esa noche, al volver a mi cuarto de servicio, me vi en el espejo. El uniforme arrugado, el cabello desordenado, las mejillas aún encendidas.
No era la misma Lucía que había subido al piso 17.
Y no quería volver a serlo.
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