"Entre paredes finas – Parte II: Andrea"
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Andrea es de esas mujeres que, una vez te prueban, no te sueltan.
No porque lo pidan. Sino porque su cuerpo queda metido en la memoria… como tatuado en la lengua, en las manos, en el pecho.
El primer día que la tuve de verdad —sin su hermana, sin preámbulos— fue un martes, justo después de que César se fuera al trabajo en la camioneta del papá. Ella tocó la puerta con una bolsa de pan, pero los ojos decían otra cosa. No traía brassier. La blusa blanca pegada a sus senos grandes, sueltos, marcados por el frío. Su short estaba más corto de lo normal. Y venía con hambre.
—¿Desayunó, vecino? —me preguntó, con esa voz que ya no sabía disimular el deseo.
—Todavía no.
Entró sin esperar. Cerró la puerta. Me empujó contra la pared. Y sin decir más, se subió encima mío, con las piernas abiertas, rodeando mi cintura.
Andrea pesa. Y eso me excita más.
Su cuerpo es caliente. Generoso. Cuando me besa, lo hace con la boca entera. Me toma el rostro con las dos manos. Me muerde, me gime bajito, me marca. Su respiración no se esconde. Sus gemidos se sienten reales, abiertos, húmedos.
Me volvió loco ese día.
Se quitó el short sin vergüenza. Se sentó en mis piernas con las medias aún puestas. Me montó como si lo hubiera ensayado en su cabeza mil veces. Subía y bajaba lento, como bailando. Me miraba a los ojos mientras lo hacía. Sin pestañear.
—Así me gusta que me den —me susurró—. Que me aguanten sin miedo.
Y yo lo hacía. Me aferraba a sus caderas con fuerza, la sentía temblar, gemir, apretarse. Todo en ella era carne viva. Un volcán bajo control… hasta que se dejaba ir.
—No se lo digas a nadie —me decía, sudada, agitada, con la boca todavía sobre mi cuello—. Esto es nuestro.
Y así fue… al principio.
Luego empezó a venir más seguido. A veces se quedaba sin ropa puesta en mi cama, mientras yo cocinaba algo. Se reía, se estiraba como gata. Me provocaba.
—Me gusta más estar aquí que en mi casa —soltó una vez.
—¿Y César?
—Él también juega… pero no como yo.
Andrea quería más. Y yo no sabía decirle que no.
A veces venía con la Mona, y se turnaban. A veces me llamaba al teléfono viejo del taller para que subiera a su casa cuando César se iba al supermercado. Me abría en bata, sin nada debajo. Me esperaba acostada en el sofá, con las piernas abiertas, solo una mirada… y una orden.
—No hables. Solo hazme tuya.
Y yo obedecía. Porque no hay nada más caliente que una mujer que no pide… sino que exige. Y Andrea sabía exactamente lo que quería.
Lo nuestro no era solo sexo. Era deseo que ardía escondido.
En cada pasillo del barrio.
En cada mirada que fingía no saber.
En cada gemido ahogado tras esas paredes tan delgadas.
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