“Cruces de deseo”
Narrado por ella _ 45 años
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Últimamente, algo cambió en mí.
No fue una decisión… fue una sensación.
Una electricidad suave en la piel,
un cosquilleo cada vez que una mirada se posaba en mí un segundo más de lo normal.
Empecé a verlo todo diferente.
A sentirme diferente.
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En la panadería, fue el primero.
Un hombre de pocas palabras, manos grandes cubiertas de harina.
Me sirvió un café y me sostuvo la mirada.
Sus dedos rozaron los míos al pasarme el cambio.
Fue un contacto breve… pero suficiente.
Su mirada me desvistió con el mismo ritmo lento con el que amasaba.
Esa noche, al ducharme, pensé en sus manos sobre mi piel, su panal en mi cuello.
Y temblé.
No por el agua caliente… sino por el recuerdo de ese roce accidental.
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Luego fue en el taller mecánico.
El ruido, el olor a grasa, la música vieja de fondo.
Un muchacho con camiseta ceñida, brazos firmes y una sonrisa que no intentaba seducir…
pero lo hacía sin querer.
Mientras revisaba mi coche, se agachó. Su camiseta se levantó justo lo necesario.
Mis ojos se deslizaron por su espalda, sus movimientos seguros, su sudor leve.
Cuando se levantó y me explicó lo que necesitaba cambiar, yo apenas escuché.
Mi atención estaba en su boca.
Y cómo, sin saberlo, la mordía cuando pensaba.
En mi cabeza, imaginé que me explicaba cosas muy distintas.
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En la fila del banco, fue otro tipo de atracción.
Un hombre bien vestido, discreto, elegante.
Leí en su reloj algo de carácter.
En su voz, educación.
Pero en su postura… deseo contenido.
Nos rozamos al avanzar en la fila.
No pidió disculpas.
Solo me miró, y supe que lo hizo a propósito.
Un juego.
Y yo… lo jugué.
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Y hoy, fue distinto.
Un encuentro sin palabras, en un parque.
Estaba sentada, leyendo.
Él corría, sudaba, jadeaba al ritmo de su cuerpo.
Pasó una vez, luego otra… y otra.
Hasta que se detuvo, frente a mí.
Me pidió agua.
Bebió.
Dejó un poco en el borde del vaso, que luego yo rocé con mis labios.
Y aunque no pasó nada más… me bastó.
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No necesito llevarme a nadie.
A veces, solo deseo sentirme deseada.
Otras, me permito más.
Una conversación. Una copa. Un encuentro breve… pero intenso.
Y en cada uno de esos hombres, distintos,
descubro un pedazo mío que había olvidado.
No soy infiel.
Soy libre.
No busco amor.
Busco estremecerme.
Soy mujer.
Y en la mirada del panadero, el mecánico, el banquero o el desconocido en el parque…
yo elijo cuándo encenderme.
Y con quién.
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