“Puerta entreabierta”
Narrado por ella — 45 años
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Últimamente he desarrollado una pequeña adicción.
No a los zapatos, ni a la ropa.
A los paquetes de Amazon.
O, mejor dicho… al hombre que los trae.
La primera vez que lo vi, apenas crucé una frase.
Me sorprendió su sonrisa honesta,
su voz cálida,
y ese contraste entre su uniforme apretado y la soltura con la que se movía.
No era el típico repartidor.
Tenía algo más.
Una comodidad en su piel que me desarmó.
Después de eso, pedí más seguido.
Cosas innecesarias.
Velas.
Libros.
Un cojín que no hacía falta.
Pero lo que realmente esperaba…
era ese golpecito en mi puerta.
Y su voz.
—"Buenas tardes… entrega para usted."
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Una tarde llegó justo cuando salía de la ducha.
Tenía puesta una bata de algodón suelto.
No planeaba abrir así.
Pero lo hice.
A propósito.
Vi cómo sus ojos bajaron —rápido, disimulados—
y luego subieron a los míos, con una sonrisa torcida que no ocultaba nada.
—"¿Le incomoda si entro un segundo para firmar desde mi aplicación? El sol me está matando allá afuera…"
Asentí.
Y esa fue mi forma de decirle: pasa.
Mi casa.
Mi mundo.
Mi momento.
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Estaba de pie, al lado de la mesa.
Sacó su celular para registrar la entrega.
Yo me incliné ligeramente para alcanzar un bolígrafo.
Noté su respiración más densa.
Su mirada se quedó en la curva de mi espalda, como si pudiera adivinar cada centímetro debajo de la tela suelta.
—“¿Siempre está sola por las tardes?” —me preguntó, sin mirar el teléfono.
Su tono no era casual.
Era una provocación contenida.
Una cuerda tensa.
—“No siempre…” —respondí, sin mirar su cara. Solo sus manos.
Fuertes, venosas, nerviosas.
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Hubo un silencio.
De esos que no incomodan.
De los que cargan la habitación con algo que no se dice… pero arde.
Di un paso más cerca.
Solo uno.
Y le sostuve la mirada como si lo invitara a cruzar el límite de lo correcto.
No se movió.
Pero sus ojos lo dijeron todo.
Y en ese momento, supe que si yo abría un poco más esa bata…
no haría falta decir una sola palabra.
No lo hice.
No todavía.
Solo dejé que el lazo se aflojara, apenas.
Lo suficiente para que imaginara.
Lo suficiente para que deseara volver.
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Salió sin tocarme.
Sin besarme.
Sin promesas.
Pero me dejó el número de seguimiento escrito en la parte de atrás del recibo.
No era de mi pedido.
Era el suyo.
Y sabía perfectamente lo que quería rastrear.
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Esa noche dormí con la bata puesta.
Y el lazo… deshecho.
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