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Alguien empuja la puerta del local. Son las siete y media de la noche cuando en la sex shop, un hombre de unos setenta años, cuello alto y figura esbelta empuja la puerta del local. Tiene gafas negras, a las siete y media de la noche, tal vez para cubrirse de la luz de la luna o las farolas callejeras, sí, claro que sí.

Con el tipo flaco y alto, también entra un viento fresco que se frota contra el vidrio que exhibe los dildos en una vitrina luminosa. Desde su altura, el señor le pregunta a Carolina por un aceite y un potencializador. Es directo y confiado. Tiene el pelo tinturado y un cuerpo garboso de un hombre sin barriga. Tiene elegancia y soltura. Las arrugas por encima de las gafas negras lo delatan. Es, como diría mi papá, un “viejo cocacolo”.

Carolina busca los productos y mientras tanto, el señor calma su curiosidad:

―¿Y cuánto vale este? ―y señala un saborizante de chocolate.

Ella contesta y luego el hombre le pregunta por un disfraz de coneja y por unas tangas abiertas y femeninas. Las tangas son para penetración sin quitárselas ni correrlas a un ladito, aquellas que no tienen entretela para la zona V.

Al rato, el señor se compró todo. De las cosas entretenidas que tiene una sex shop es dejarse tentar y mirar, antojarse y preguntar. 

―Es un fetichista del sexo oral ―dice Carolina con un ojo bien calibrado de vendedora de juguetes.

―¿Ya lo conocías?

―No pero, por lo que compró, ya se sabe.

A un lado de la caja de pago hay una exhibición de penes y dildos. Hay penes africanos, chinos, europeos, penes grandes, chicos y animales, penes extraterrestres; penes difíciles, complicados, tímidos, callados, abiertos y mentirosos; penes crueles y sinceros; penes extrovertidos y espontáneos; penes agradables, complacientes, aburridos y pendejos, penes bobos. Sí, los penes son bien complejos. Así es, el pene es cualquier cosa menos una parte del cuerpo sencilla y plana, sin fondo. Por el contrario, un pene es un miembro bien interesante. Hay que entenderlo como una representación, como una idea, no solo como una parte física, sino como un concepto. Desde los inicios de la civilización occidental, fue algo más que una mera parte del cuerpo, fue una idea. ¿Y qué representa? En Roma, por ejemplo, el pene estaba al servicio del imperio. Por esa época, los hombres con veinticinco años ya estaban viejos. Solo cuatro de cada cien hombres llegaban a los cincuenta. Se trataba de un pueblo guerrero y asolado por la muerte.

Para sostener semejante imperio, se les exigía a los hombres tener hijos legítimos y evitar a los bastardos. Una potente erección era sinónimo de una potente civilización. César Augusto penalizaba a los solteros y recompensaba la paternidad. Los romanos celebraban la primera eyaculación de los hijos como parte de una fiesta estatal, la Liberalia. El cuerpo del ciudadano romano era propiedad privada sin embargo su pene estaba al servicio del imperio.

En la sex shop, le pregunto a Carolina cuál es el producto más extraño por el que le han preguntado.

―Una vez, un muchacho quería comprar un gancho para elevar carne.

Pongo cara de no entender.

―El muchacho me explicó que practicaba sado y quería que lo colgaran del ano, como colgando una res de carnicería, pero agarrado desde el culo.

―¿Y eso existe? ―le pregunto a Carolina.

―Yo no los he visto. Le dije al muchacho que preguntara por Mercado libre.

―¿Entonces cuál es el producto más vendido? 

―El pene realista.

Y me lo muestra. Es suave, carnoso y forrado en venas, un pene romano, fuerte y enérgico, un pene como para el imperio. Roma tuvo su cuarto de hora y cuando decayó, la idea del pene romano fue sustituida por una nueva versión, subversiva y espiritual: el pene cristiano. El verdadero reino era el de Dios, no el del César; la verdadera libertad era la libertad del deseo. Se acabó el mandato que ordenaba repoblar el imperio. El único hijo de Dios había nacido de una virgen y se paseaba por la tierra. Su nacimiento y su vida sin sexo era un puente entre el estado caído del hombre y su glorioso futuro. El espíritu humano era divino y la carne, viciada. San Agustín declararía que no había órgano más corrupto que el pene. La pobre y Santa María madre de Dios no había probado uno y de allí su santidad. Y entonces llegó la idea del pene cristiano y toda esa mojigatería y triste afección por el sexo y el cuerpo.

En la tienda, Carolina me cuenta que una parte de su clientela se trata de los administradores de estudios web, los intermediarios entre las chicas o los chicos y los clientes cibernautas. Además, tiene una clasificación de sus clientes. Los odiados, las sabiondas y los tímidos. Los primeros son los que entran en pareja, secretean, se ríen, miran, no preguntan nada, vuelven a mirarse, vuelven a reírse, dicen “no gracias”, abren la puerta y se largan. Las sabiondas son las que van con las amigas, les explican todo, no dejan hablar, creyendo que saben de todo sin tener muchas veces la información clara y el resultado final es confundir a las pobres amigas que ni compran ni se van antojadas. De estas tres categorías, los mejores son los tímidos:

―Porque se dejan asesorar ―dice Carolina―, preguntan poquito pero prestan atención.

Hay una fascinación por los juguetes para adultos, despiertan la curiosidad, el morbo y las ganas. Además, porque, por más que se coleccionen, siempre hay una novedad, una funda vaginal con nuevos pliegues o un glande más suavecito y real.

Alguna vez llegó una señora y un señor, de unos sesenta años, miraron las vitrinas y el señor comenzó a secretearle a la señora. Ya adentro del local, la señora le preguntaba a Carolina por una bomba de succión para el pene, mientras el señor miraba para otro lado como si la cosa no fuera con él.

―Claro que sí ―y la vendedora fue a la vitrina para bajar la bomba―, es para fortalecer el músculo pélvico, se debe hacer el ejercicio entre quince y veinte minutos cada día ―y Carolina puso en las manos de la señora una caja.

La señora miró lo que sostenía y le entregó el paquete al señor, que lo agarró con asco como si tuviera en las manos el cetro del demonio. Resultó que eran hermanos. El hombre había pasado por una intervención en la próstata, le recomendaron la bomba para ejercitarse y había pedido ayuda de su hermana para la compra del aparejo. El hombre sentía vergüenza, la vergüenza católica por el cuerpo, la vergüenza cristiana por la piel, por el deseo, por vivir, por respirar. La vergüenza cristiana.

Más tarde, le pregunto a la vendedora por otros productos. 

―Son juguetes interactivos, para manipularlos a distancia, en encuentros virtuales.

La noche avanza y otros clientes entran a la tienda. Uno de ellos pregunta por una píldora potencializadora y dice que no es para él, “es para un amigo”. Sin que el hombre lo note, Carolina me mira como diciendo “como no, moñito, para un amigo” y luego de despacharlo ella me dice que muchos vienen con esa excusa pendeja.

―¿Y a vos no te da vergüenza, digamos de tu familia ―le pregunto―, por trabajar acá?

―¡Para nada! Pero mi mamá me ha dicho “su tío que vive cerca, qué pena que la vea vendiendo eso”.

Me cuenta que cuando su mamá va a la tienda, entra con las manos tapándose como si fuera un caballo de coche.

―Mamá, relájese.

―Ay, no mija, yo no voy a mirar esa vitrina.

Entonces le pregunto cómo hace para hablar con tanta naturalidad de un tema tabú, de un tema que muchos vienen y dicen que lo comprado no es para ellos. Dice que es una profesional.

―Pero hay gente muy grosera ―agrega―, pero grosera en la forma de hablar del sexo.

Me cuenta que una vez un señor le dijo “necesito que se me pare el chimbo”. Así es, un grosero, otro cristiano. Y lo despachó con un energizante de chontaduro y borojó. En otra ocasión llegaron dos muchachas. La más frentera dijo: “me vende una crema para el culo y otra para estrechar la chocha”. La más tímida fue a reírse a un rincón de la tienda. Dos hermosas cristianas.

 ―¿Y cómo saliste de esa?

―Lo que necesitaba era un lubricante anal y un estrechante vaginal, para contracción de las paredes vaginales.

Y en otra ocasión, otro cristiano le preguntó cómo hacía para convencer a su mujer para que tuvieran sexo anal.

―Con la querida es muy fácil, pero con mi mujer…, ni le digo.

Carolina le explicó que el anal tiene un proceso, lento, con amor, con lubricantes y dilatadores. El señor se fue con la tarea y a los días volvió contento, por otro dilatador y más lubricante.

Entonces concluimos: la asesora comercial termina de sicóloga sexual. Carolina les enseña a sus clientes y trata de aliviar esa ignorancia sobre el cuerpo y el sexo con la que hemos crecido. Todo este pudor a cuenta de nuestra tradición católica y cristiana que renegó del cuerpo, del sexo y del placer. De alguna manera, Carolina deja su granito de arena para que naturalicemos algo que en algún momento de la historia perdimos: amar nuestro cuerpo y lo que la naturaleza nos ha enseñado. Hablando del pene, las culturas paganas que precedieron el cristianismo occidental nunca lo consideraron como una parte malvada. El pene era un ícono de creatividad, era el vínculo entre lo humano y lo sagrado, una entidad de goce corporal y espiritual. Era una fuerza de la naturaleza, reverenciado por su potencia. Sin embargo, para los cristianos no fue así. Una tristeza, le digo sinceramente. Clemente de Alejandría comparó el semen con la espuma de un epiléptico. Tertuliano predicó que el semen no era lo único que abandonaba el pene con el orgasmo, sino que también marchaba parte del alma del hombre. El papa Ciricio fundió el odio hacia el pene con la misoginia en una única enseñanza. El tema era la virginidad de María, que según Ciricio, Jesús le exigió como condición para que se convirtiera en su madre: “Jesús no habría elegido nacer de ella ―escribió Ciricio―, si se hubiera visto obligado a considerarla tan desenfrenada como para permitir que la matriz donde obtuvo forma el cuerpo del Señor, el salón del rey eterno fuera manchada por la presencia de semen masculino”. En una cultura donde la virgen simboliza todo lo puro, el pene era el referente de todo lo malo. Lo que definía la santidad de María era su ausencia de contacto con un pene. Por eso, el pene cristiano es un pene malvado. Mientras tanto están las sex shop para gozar, aprender y saber que el sexo es un regalo de la naturaleza.

Escrito por Andrés Delgado (IG @moleskine32).

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