Guía Cereza
Publicado hace 6 horas Categoría: Lésbicos 12 Vistas
Compartir en:

Mis ojos no se apartan de ti. Estás ahí, sentada al borde del sofá, y cada movimiento que haces con esa copa de vino me está quemando por dentro. El aire en este salón se ha vuelto denso, cargado de un magnetismo que casi puedo morder. Me importa una mierda lo que estabas diciendo. Solo puedo fijarme en cómo tus labios se humedecen con el cristal y en cómo el escote de tu blusa sube y baja con una respiración que ya no es tan calmada como intentas fingir. No aguanto más. Me levanto y camino hacia ti. Mis pasos son lentos, depredadores. Noto como te tensas cuando me detengo justo frente a tus rodillas. Te obligo a mirarme, y esa mezcla de desafío y miedo delicioso en tus pupilas es lo que termina de romperme el control. "Suelta la copa", te ordeno con la voz rota, más grave de lo normal. Me obedeces sin apartar la mirada. En cuanto tus manos quedan libres, las mías se entierran en tu pelo, tirando de ti hacia arriba hasta que te obligo a ponerte en pie, pegando tu cuerpo contra el mío. Puedo sentir el calor que emana de tus muslos a través de la tela de mi pantalón. Estás ardiendo. Te sujeto la mandíbula con fuerza, obligándote a echar la cabeza hacia atrás, exponiendo ese cuello que llevo toda la noche queriendo morder. "Llevas horas provocándome", te susurro contra la piel, justo debajo de tu oreja, sintiendo cómo un escalofrío violento te recorre de arriba abajo. "¿Crees que soy de piedra?". No te dejo responder. Estrecho mi boca contra la tuya en un beso que no tiene nada de tierno. Es un choque de lenguas, una invasión. Te saboreo con una desesperación que me hace gruñir contra tus labios mientras mis manos bajan con violencia hacia tu culo, apretándolo, subiendo tu falda hasta que mis dedos encuentran la seda de tu lencería. Estás empapada. Puedo olerlo, puedo sentir cómo tu humedad busca el contacto de mis dedos incluso a través de la tela. Te empujo contra la pared más cercana. El golpe seco te saca un gemido que me bebo entero. Mis rodillas se abren paso entre las tuyas, forzándote a abrirte para mí. Quiero sentirte indefensa y hambrienta. Meto una mano bajo tu blusa, apretando tu pecho desnudo con una urgencia que te hace arquear la espalda. El pezón se pone rígido al instante bajo mi palma, y el sonido de tu respiración entrecortada, buscándome, llamándome, es la única música que quiero escuchar. "Dime que quieres que te folle", te exijo, mordiendo tu labio inferior hasta que gimes de dolor y placer. "Dime cuánto me necesitas ahora mismo". Tus manos se clavan en mis hombros, arañando la tela de mi camisa, y sé que este es solo el principio del incendio que vamos a provocar. Te tengo acorralada contra la pared y no pienso dejarte espacio ni para respirar. Mis manos abandonan tu culo para subir con furia, deshaciendo los botones de tu blusa uno a uno. No tengo paciencia, el sonido de la seda rasgándose me excita aún más. Cuando la prenda cae al suelo, te quedas ahí, con el pecho subiendo y bajando, tus pezones erguidos y oscuros desafiándome desde el encaje de ese sujetador que ahora mismo me estorba. "Estás increíble", gruño, mientras bajo la mirada para devorarte con los ojos. No te doy tiempo a reaccionar. Hinco mis dientes en la base de tu cuello, marcándote, dejando claro que esta noche eres mía. Tus manos se enredan en mi pelo, empujándome más contra ti, y ese gemido ronco que sueltas me dice que estás tan desesperada como yo. Bajo mis labios por el valle de tus pechos, lamiendo tu piel caliente, hasta que atrapo uno de tus pezones a través del encaje, succionándolo con fuerza, mordiéndolo suavemente hasta que arqueas la espalda y sueltas un grito ahogado. Mi mano derecha baja directa a tu coño. No hay rodeos. Meto los dedos por debajo de la seda húmeda de tu braguita y lo que encuentro me hace sonreír con malicia. Estás chorreando. Tus jugos me manchan los dedos al instante, espesos y calientes. "Mírate...", te susurro al oído mientras empiezo a masajear tu clítoris con movimientos circulares y firmes. "Estás deshecha por mí". Introduzco el primer dedo en ti de golpe, rompiendo tu ritmo. Estás tan apretada y tan mojada que el sonido de mi dedo entrando y saliendo de tu cuerpo llena la habitación, un eco húmedo y sucio que nos vuelve locas a las dos. Meto un segundo dedo, abriéndote, estirándote, mientras mi pulgar no deja de castigar ese botón de placer que te tiene temblando. "¡Joderr!", balbuceas, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos en blanco. "¿Por favor, qué?", te provoco, aumentando la velocidad, hundiéndome en ti hasta el fondo mientras te beso con violencia. "¿Quieres que pare?, ¿o quieres que te use hasta que no recuerdes ni tu nombre?". Te agarro de los muslos y te subo a mi cintura. Me obligas a sostener todo tu peso mientras me embistes contra la mano, buscando más profundidad, más fricción. Puedo sentir las contracciones de tus paredes internas abrazando mis dedos, reclamando cada vez más. No hay delicadeza aquí, solo hambre. Meto mi lengua en tu boca al mismo tiempo que empujo mis dedos dentro de ti con un ritmo salvaje, escuchando cómo tus jugos salpican contra mi mano, recordándome que ya no hay vuelta atrás. Estás al límite, y yo voy a llevarte mucho más lejos. Te suelto las piernas para que tus pies toquen el suelo, pero solo para obligarte a arrodillarte. Quiero verte ahí abajo, humillada por tu propio deseo y con la mirada fija en lo que me estás haciendo. Mis dedos, brillantes y empapados por ti, se deslizan por mi propio cuerpo mientras me deshago de la ropa con una urgencia violenta. Cuando quedo desnuda frente a ti, el aire frío de la habitación parece prenderse fuego en contacto con nuestra piel. Te agarro del pelo, obligándote a mirar mi coño, que palpita reclamando tu boca. "Lámelo, chúpalo, cómetelo... quiero sentir tu lengua y tu boca recorriéndome hasta que me dejes seca", te ordeno, y no tardas ni un segundo en obedecer. Cuando tu lengua cálida y experta encuentra mi clítoris, suelto un gemido que retumba en las paredes. Eres insaciable. Me sujetas por las caderas, clavando tus uñas en mi carne mientras me devoras con una desesperación que me hace perder el equilibrio. El contraste de tu boca caliente y el aire de la habitación me está volviendo loca. Te muevo la cabeza, guiando tu ritmo, obligándote a profundizar, a meter la lengua en mi hendidura mientras yo me toco los pechos, retorciendo los pezones hasta que el dolor se confunde con el placer más puro. No puedo aguantar mucho más de pie. Te empujo hacia la cama y te lanzo de espaldas. Me subo encima de ti, sentándome sobre tu cara, restregando mi coño contra tu boca, asfixiándote casi con mi deseo. Puedo olerte, puedo oler el sexo, el sudor y ese aroma dulce que desprendes cuando estás excitada. "Ahora te toca a ti sufrir", te susurro, bajando por tu cuerpo hasta quedar entre tus piernas abiertas de par en par. Sujeto tus muslos y los abro con brusquedad, dejando tu intimidad totalmente expuesta bajo la luz. Estás roja, hinchada y fluyendo sin control. Meto mi nariz ahí abajo, aspirando tu esencia antes de pasar mi lengua de arriba abajo, desde el ano hasta el clítoris, en un trazo largo y lento que te hace sollozar. "¡Ahora, mételos ahora!", suplicas, golpeando el colchón con los puños. Me río entre tus piernas, saboreándote. Meto tres dedos de golpe en tu coño, moviéndolos en forma de gancho, buscando ese punto que te hace colapsar. La succión de tu cuerpo es increíble, parece que quieres devorar mi mano entera. Empiezo a embestirte con la mano con una fuerza ruda, rítmica, mientras mi boca se sella sobre tu clítoris, succionándolo con un hambre animal. El sonido es obsceno, húmedo, el ruido de dos cuerpos que se están destrozando a base de placer. Estás empezando a arquearte, tus piernas tiemblan sin control y sé que estás a punto de estallar en mi cara. Tus espasmos me golpean la cara, pero no me detengo. No te voy a dejar escapar tan fácilmente. Sigo embistiéndote con mis dedos, hundiéndome en tu carne empapada con una violencia rítmica que te obliga a gritar mi nombre contra la almohada. Estás desbordada, tus jugos corren por mi muñeca y manchan las sábanas, pero mi hambre no ha hecho más que empezar. Me incorporo sobre ti, gateando hasta quedar cara a cara. Tus ojos están vidriosos, desenfocados por el placer, y tu pecho sube y baja en busca de un oxígeno que yo te voy a seguir robando. Te obligo a sentarte y a rodear mi cintura con tus piernas. Quiero sentir tu peso, quiero que sientas mi dureza contra tu entrada. "Mírame", te exijo, sujetándote la nuca con fuerza. "Mira cómo te voy a follar". Te penetro de nuevo con mis dedos, pero esta vez con un ángulo más agresivo, mientras pego mi clítoris contra el tuyo. El roce de nuestros coños mojados crea una succión constante, un fuego eléctrico que me hace jadear a mí también. Empiezo a mover mis caderas contra las tuyas en un vaivén salvaje, un tribadismo furioso donde mi humedad y la tuya se mezclan hasta ser una sola sustancia espesa y caliente. "¡Más rápido!, ¡más fuerte!", me pides, clavando tus uñas en mi espalda, dejándome marcas que mañana me recordarán este momento. Obedezco. El sonido en la habitación es puramente animal, el choque de nuestros coños, el rastro húmedo de la fricción y tus gemidos que se han convertido en súplicas roncas. Meto mi mano libre en tu boca, obligándote a chupar mis dedos mientras te sigo castigando ahí abajo. Quiero que te atragantes con mi sabor mientras yo me hundo en ti. Aumento la velocidad de mis caderas hasta que el roce es casi doloroso, una fricción tan intensa que siento que vamos a arder. Mis dedos dentro de ti se mueven con una destreza ruda, golpeando tu cuello uterino, estirándote al máximo. Estás tan abierta para mí, tan entregada, que cada embestida me devuelve un sonido de succión que me vuelve loca. "Vas a venirte otra vez... y esta vez voy a sentir cómo te deshaces por completo". Te gruño al oído, mordiéndote el lóbulo con saña mientras mis caderas golpean las tuyas con una fuerza que hace que la cama cruja bajo nuestro peso. Estamos en el borde del abismo, sudorosas, resbaladizas, conectadas por un hilo de lujuria que está a punto de tensarse hasta romperse. Tu cuerpo empieza a tensarse como una cuerda, tus paredes internas me aprietan con una fuerza desesperada y yo no dejo de empujar, queriendo llegar a lo más profundo de tu ser. Ya no hay vuelta atrás. Siento cómo tus músculos internos se envuelven alrededor de mis dedos en una presión rítmica y desesperada, intentando atraparme, intentando sacarme hasta la última gota de control que me queda. Tu espalda se arquea tanto que solo tus talones y tu cabeza tocan el colchón, mientras tus manos buscan las mías para entrelazar nuestros dedos con una fuerza que me hace daño, un daño que me excita más de lo que puedo expresar. "¡Ahora!, ¡por Dios, no pares!", tu voz es un grito roto que llena toda la habitación. Hundo mis dedos en ti con una última embestida salvaje, girando mi mano para rozar cada terminación nerviosa de tu interior, mientras mis caderas golpean las tuyas con una furia implacable. Siento tu clítoris latir contra el mío, una fricción ardiente que me hace ver estrellas. De repente, colapsas. Tus jugos salen disparados, bañando mi mano y resbalando por mis muslos mientras tu cuerpo se sacude en un orgasmo violento, infinito, que parece arrancarte el alma. Me hundo en tu cuello, bebiéndome tus sollozos de placer mientras yo también estallo. Mi propio clímax me golpea como una ola de calor puro, una descarga eléctrica que me deja sin aire, apretándome contra ti hasta que parece que nuestros cuerpos se van a fundir. Nos quedamos así, temblando, empapadas en sudor y en ese aroma a sexo crudo que lo inunda todo. Poco a poco, el silencio vuelve, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Me separo lo justo para mirarte, tienes el pelo revuelto, los labios hinchados y los ojos todavía perdidos en ese limbo de placer en el que te he dejado. Paso mi pulgar por tu labio inferior, limpiando un rastro de saliva, y luego me llevo ese dedo a la boca para saborearte una vez más. "Eres mía", te susurro, dejando un beso suave pero posesivo en tu frente. Y no te voy a dejar olvidar este sabor en toda tu vida. Me tumbo a tu lado, arrastrándote hacia mi pecho. Estás agotada, indefensa y completamente mía. Mientras acaricio tu piel todavía caliente, sé que este es el final de la noche, pero el inicio de una obsesión que nos va a consumir a las dos. Te tengo exactamente donde quería, bajo mi cuerpo, bajo mi piel y marcada por mi deseo.

Publica tu Experiencia

🍒 Pregunta Cereza

A veces la chispa se apaga sin darnos cuenta... ¿Qué sientes que le está robando más energía a tu vida íntima?

Por favor, selecciona una opción antes de enviar tu voto.

Nuestros Productos

Radiant

SEN INTIMO $ 29,990