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Hace unos años repicaba el teléfono de la recepción. El empleado levantaba la bocina, saludaba. Del otro lado, titubeante, se escuchaba una voz...
—Es que… Necesito, necesito… Un, eh, ¿me entiende?
Y el recepcionista, intentando adivinar, buscaba las palabras que el cliente no encontraba: ¿un lubricante anal? ¿Un vibrador, acaso? ¡Ah!, a lo mejor era un estimulante o un retardante. Hasta que acertaba, y del otro lado la voz sentía el alivio de no tener que llamar las cosas por su nombre.
Pero las cosas han cambiado. Eso sucedía hace trece, catorce años, cuando el motel Ibiza principiaba en su operación. Y suena a poco tiempo, porque, ¿son trece, catorce años, suficientes para notar cambios en las costumbres? Lo son, al menos en lo que respecta a esta historia.
Hoy repica el teléfono. El recepcionista levanta la bocina; del otro lado se escucha una voz ya no temblorosa, sino una que va al grano: necesito un lubricante anal, necesito un vibrador, necesito un disfraz, necesito un retardante… ¿Qué cambio, qué acontecimiento cultural, histórico, devino en la pérdida del pudor, del recatamiento de hace trece, catorce años? No es fácil explicarlo, ni hallar respuestas precisas; pero la historia del motel Ibiza puede ayudar.
El vocablo Ibiza remite en Medellín a un motel, a una idea de entretenimiento para adultos, y poco, por no decir nada, a la isla mediterránea de donde toma su nombre. Fue en 2010 cuando seis socios decidieron crear un motel; pero no pensando en una pensión para encuentro furtivos; no: se imaginaron un servicio moderno, exclusivo, con comida gourmet y coctelería las 24 horas, en fin, algo que, hasta ese momento, no había ni por asomo en Medellín. Esta historia la rememora Jorge Augusto Yepes, gerente del motel desde su puesta en funcionamiento en 2012.
Recuerda el gerente que después de la escogencia del nombre vino la adecuación del lote, ubicado en la autopista sur, donde funcionaba una fábrica. No era poca cosa transformar ese esqueleto en un motel de 90 habitaciones con camas dobles, espejos, jacuzzis, duchas amplias, baños turcos… La Mansión, que es la habitación más grande, tiene dos camas dobles, pista de baile, luces disco, parqueadero privado para dos carros; cuarenta personas bien acomodadas caben en su interior. ¿Cuarenta personas en una habitación de motel?
Pues sí, y ese es otro cambio visible en las costumbres. Una de las empleadas de Ibiza cuenta que a partir de 2017, más o menos, las fiestas y los remates se hicieron más frecuentes en el motel. Grupos de tres, diez, veinte personas reservan y llegan al amanecer, o incluso después. Se encierran, a veces por doce horas o más; llegan con dj, y en ocasiones con cantantes de música popular o vallenata. Qué pasa en esas fiestas es cosa únicamente de los asistentes, porque La Mansión está insonorizada. De puertas para afuera, sin embargo, a veces ocurren cosas entre pintorescas y dramáticas. Es frecuente, dice otro empleado, que en las fiestas intenten colar personas. La habitación se ofrece para cuatro personas, y a partir de la quinta se debe pagar un cargo adicional. Para burlar a los empleados del motel, la gente se mete en el baúl de los carros, o se acuesta entre las sillas delanteras y las traseras, quieta bajo cobijas o ropa.
—Hubo uno— recuerda el empleado, riendo— al que le pusimos Spiderman. No sabemos por qué, ni cómo; pero, por no pagar, se salió por una ventana chiquitica y saltó del tercer al primer piso… Salió corriendo, sin cojear, y se nos fue.
Y es que Ibiza Lounge, en la autopista sur, es un motel horizontal. Es decir, las habitaciones son cabañas independientes, bajas, a lo sumo de tres plantas; cosa muy distinta habría pasado en la otra sede de Ibiza, inaugurada en 2022. Dice Jorge Yepes, el gerente, que después del éxito inicial la empresa pensó en expandirse. En 2015 se abrió un Ibiza en Neiva, de donde es uno de los socios. Es más pequeño, claro, con cincuenta habitaciones, pero el formato es igual: cabañas independientes, comida gourmet, tienda erótica… Pues bien, en 2022, luego de muchas dudas, se abrió otra sucursal en Medellín: Ibiza West, en la 80, en un contexto muy diferente.
El mayor reto allí fue ofrecer el servicio en un formato vertical, es decir, en un edificio y no en un lote de cabañas. Entre los inconvenientes previsibles estaba la discreción, tan importante en los moteles. En Ibiza Lounge el cliente entra en su carro, parquea y de inmediato entra a la cabaña; en un edificio, en cambio, tiene que subir por el ascensor. Ahí, oh destino, puede encontrarse con otro cliente, y el azar no lo quiera, con un familiar, un compañero de trabajo, un vecino; o con su propia pareja, en el peor de los casos. Un ligero bochorno es el escenario más optimista.
—Teníamos muchos temores al respecto— reconoce el gerente—. En un principio pensamos en un ascensor para carros, pero no fue viable. Optamos por comprar una casa vecina, construir un parqueadero privado e implementar estrategias para evitar encuentros en los ascensores. ¿Cómo? Que el cliente que entra vaya a un piso diferente al que sale, por ejemplo. Se pueden dar casos que se encuentren, pero la verdad no los conozco.
Los dos empleados que contaron sus experiencias para esta historia lo certifican: hasta ahora no ha habido ningún escándalo en los ascensores… Quizá algún pequeño bochorno, una incomodidad, un calor o un enrojecimiento repentino en los cachetes; pero eso no lo podemos comprobar.
En el terreno de lo real, y tal vez de lo más prosaico, sí se puede dar fe del escándalo, de la incomodidad, de la cólera de algunos vecinos de la 80 cuando, en 2022, se enteraron de que en su vecindario abriría un motel. Entonces les enviaron a la Policía, al CTI; pusieron quejas, tutelas, en fin, buscaron cualquier camino para poner la zancadilla: que las luces de la fachada, que tal ruido tenía que venir de Ibiza, que la rumba que por ahí retumba tenía que ser ahí.
—Los atendimos con mucho gusto; pero como todo lo teníamos en regla, absolutamente en todo, y la licencia fue aprobada para motel, podíamos operar— explica el gerente.
Y así fue. Hoy, pasados cuatro años, los vecinos aceptaron el motel. Hasta ahora, por fortuna, ningún Spiderman ha querido escapar por una ventana pequeñita desde un piso alto; aquí la consecuencia sería otra. Pero el servicio, sea en el Lounge o en la torre vertical, es el mismo. El que sube el ascensor, como el que aparca en las cabañas, dispone de las habitaciones amplias, modernas, brillantes y de suelos bruñidos, impecables. Aquí y allá está disponible la carta del chef con desayunos, almuerzos, entradas y postres. Para los fiesteros de La Mansión hay disponible un sabroso consomé de pollo, humeante, bien aliñado con cebolla y cilantro, ideal para calmar un guayabo. O si se quiere algo más internacional, algo para llenarse de bríos, un ceviche peruano con tilapia, pulpo y calamar, los frutos del mar que tanto se recomiendan para las faenas amatorias.
Cocteles también hay las 24 horas, dice el gerente; y ese es uno de los servicios que diferencian a Ibiza. Mojitos tradicionales, de maracuyá, o un Moulin Rouge, que evoca la lascivia parisina, están a disposición de los clientes en cualquier momento. Eso sí, el exceso de alcohol, como dicen las etiquetas de las bebidas, puede ser perjudicial. Recuerda la empleada que los fines de semana llegan con mucha frecuencia los clientes bastante pasados de tragos. A veces hacen pequeñas escenas a la entrada, cuando la mujer con la que han venido se arrepiente, se baja del carro y camina en dirección contraria a la portería. En otras ocasiones, también henchidos de una lubricidad alcohólica, les dicen a las camareras que se queden con ellos, en las habitaciones, una vez terminen el turno. Cosas con las que hay que lidiar en un motel.
Los empleados de Ibiza, que son unos cien en el Lounge y sesenta en la 80, están entrenados para lidiar con situaciones que en otros gremios son impensables. Ayudar a los clientes con coartadas o con escapatorias, por ejemplo, hace parte de esas labores. Un hombre llega, pongamos, en una tarde de viernes y toma una habitación. Viene con una mujer y se encierra; pero detrás suyo, sin que se diera cuenta, lo seguía otro carro, con su esposa a bordo, que viene mirando el gps y haciendo cacería.
—Uf, pasa muy a menudo— dice la empleada— ¿qué?, unos cinco, seis casos al año…
Algunas mujeres se quedan en la portería, esperando al marido; otras gritan, intentan irrumpir. Entre tanto, algún empleado pide un taxi y ayuda a que el cliente se suba, cierre la puerta y se esconda dentro. Ah, pero habrá casos contrarios en que los maridos sean los que persiguen, los que van detrás del infiel, ¿no? Los dos empleados de Ibiza vacilan, resoplan; guardan silencio, hasta que el empleado hombre comenta:
—Nunca hemos tenido ese caso. Siempre el infiel ha sido el hombre— y hace un silencio—. Los hombres se dejan pillar.
Con la misma discreción se tratan las preferencias de los clientes. Hay personas que llegan con regularidad al motel; piden una habitación para ellas solas, consumen alcohol, o ven porno, quién sabe, y pasan horas y hasta días encerrados. Los empleados no saben quiénes son, pero conocen sus gustos. Uno de ellos pide con frecuencia productos de la boutique erótica, que funciona en alianza con GuíaCereza. El cliente en cuestión compra disfraces, se los mide, y se pasa así las seis horas que dura la estancia en el motel. La oferta erótica es en realidad más amplia: hay lubricantes multiorgásmicos, retardantes que traen en el empaque la imagen de un caballo; o vibradores de varias clases: realistas, de dos cabezas, rugosos, lisos, con arnés o en forma de dedo… En la variedad está el placer, dice la máxima de la sabiduría antigua.
También hay momentos tensionantes, y más serios que ayudar a un cliente a escaparse de la señora. En los moteles muere gente con más frecuencia de lo que cabría esperar. En Ibiza no se ha llegado a tales extremos, pero hay atención de primeros auxilios para cualquier emergencia por extraña que parezca. Al tocar el tema, la empleada recuerda un episodio. Un día repicó el teléfono de la recepción; la voz del otro lado no buscaba un lubricante ni nada de la tienda erótica. La voz era desesperada, dolorida:
—Le dijo a la recepcionista que se había fracturado… que se le había fracturado el pipí.
La recepcionista llamó a la supervisora, que está ahí justo para lidiar con lo que ocurra. La supervisora, entonces, entró a la habitación; ahí estaba el cliente adolorido, con el pene curvado, pidiendo ayuda.
Hay otra arista bien conocida de los moteles: el aseo. Si las habitaciones se alquilan cada seis horas, por una cama pueden pasar, en un día bueno, cuatro parejas. No es solo lo que retocen, lo que suden, lo que expelan; es también la comida que dejen por el suelo, el lubricante que rieguen, las botellas desperdigadas, los polvos blancos o rosados. Por eso, explica el gerente Jorge Yepes, el aseo es meticuloso hasta el extremo. Pero no solo debe ser meticuloso; también es obligatorio hacerlo de manera eficiente.
—En situaciones normales— dice Yepes— las habitaciones las dejamos limpias entre doce y quince minutos.
Pero claro, hay casos excepcionales, y los empleados sí que saben de ello. En las fiestas es habitual que alguien se vomite en el suelo; y aunque parezca extraño, también hay quien ha defecado en los parqueaderos. Mención aparte merecen los objetos dejados: relojes, anillos (¿de bodas?), calzones, pepinos y zanahorias, vibradores… En fin, volviendo a la limpieza hay que decir que en Ibiza se toman el asunto tan en serio que hay una persona cuya única responsabilidad es limpiar los jacuzzis. Por cada pareja, trío, persona sola o lo que sea que tome una habitación hay que esterilizar el jacuzzi. Pero estregar las paredes no es suficiente. Para hacer una limpieza completa hay que limpiar y desinfectar con Clorox los ductos que eyectan el agua de los hidromasajes; esos tubos internos, que no se ven, se llenan de grasa, de piel muerta, de fluidos, si este proceso no se hace con regularidad. Es el riesgo que se corre en lugares menos estrictos que Ibiza.
La noticia, para terminar esta historia, es que Ibiza inaugurará muy pronto un nuevo motel vertical, en la 70 con Colombia, un sector de fiesta, restaurantes, hoteles y discotecas de toda laya. Serán 85 nuevas habitaciones con los mismos servicios, desde la boutique erótica de GuiaCereza hasta la promoción de dos almuerzos gratis que rige en semana para quienes huyen momentáneamente de la rutina. En el Lounge de la autopista, en Neiva, en la 80, en la 70; en todos la invitación es la misma: desatar los sentidos.
Escrito por Miguel Ángel Osorio, Ángel Castaño Guzmán









