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En un momento de la entrevista, Andrea García, una de las primeras directoras porno de Colombia, que fue nominada a premios europeos y trabajó con una productora gringa, dice que los hombres casi no le caen. De entrada, la frase asombra: cada movimiento, risa, gesto de las manos de Andrea son seductores. Por ejemplo, en las horas de este diálogo humedeció sus labios con un humectante, jugó con los lentes oscuros sin quitárselos nunca, habló sin complejos de su pasado, de sus amores.
Entonces, ¿por qué los hombres no le caen? Ella tiene una hipótesis: se sienten atemorizados. Las mujeres con la energía de Andrea atemorizan. Son resueltas. Ella, por ejemplo, siendo niña organizó desfiles de modas en un colegio de monjas; siendo madre, convenció a un ejecutivo de la televisión de crear un canal dedicado al entretenimiento para adultos; luego, separada, se fue a vivir a una finca, en busca de tener el tiempo de cocinarles a sus hijas.
Andrea García dice que habla mucho. Y en efecto, lo hace; pero también es cierto que tiene mucho por decir. En un momento cuenta que su familia, venida de Manizales, llegó a Medellín en 1992, en plena carnicería del narcotráfico; después está comentando que, con 18 años, sin saber nada del tema, dirigió un programa de sexo en la televisión, y que así, pasando de una cosa a la otra, terminó haciendo castings y dirigiendo películas para adultos. Dicho en confianza, mejor: haciendo porno.
Pero vamos con Andrea, y escuchémosla, porque ella prefiere ir cronológicamente, de comienzo a fin.
Era 1992, año en que Pablo Escobar huyó de la Catedral, año de persecuciones de los Pepes, año del diciembre más violento en la historia de Medellín: 698 asesinatos. En ese contexto llegó Andrea de Manizales, una niña de doce años, a esta ciudad enloquecida. Pero había un agravante: venían porque el padre, que era militar, había sido trasladado a Medellín; una sentencia de muerte, prácticamente. Para evitar un final indeseado, y para no dejar a la familia a su suerte, el militar pidió el retiro, que fue aceptado. Años después el exmilitar haría cortas apariciones en las películas de su hija, no como actor porno, sino en papeles que daban fuerza a la trama: un taxista que comete un paseo millonario o un sargento corrupto. Pero no nos adelantemos.
Aunque la ciudad seguía enloquecida en su matanza, el paso de la infancia a la adolescencia fue tranquilo. Pasaba horas leyendo en la biblioteca del colegio; sentía desinterés y tedio hacia sus compañeros. Allá ellos con sus temas, ella se refugiaba en el silencio de la biblioteca y en los libros que leía.
— Fui muy calmada— dice al recordar esos tiempos. — Pero tenía una mente muy soñadora, que iba a mil… Sabía que, en cualquier momento, esos sueños iban a explotar.
Y las cosas comenzaron a explotar, por decirlo con Andrea, con el grupo de teatro al que se unió al final de la adolescencia. Ella era histriónica y quería hacer papeles emocionantes, gritar en el escenario, reír, llorar, en fin, vivir con intensidad, aunque fuera dentro de esa ficción. La vida real, sin embargo, tenía preparada mucha emoción para ella, pero aún no lo sabía.
Fue por esa época, con 17 años, que Andrea vio que en los créditos de un programa de Teleantioquia solicitaban actores. Ella no conocía la televisión, ni había actuado ante luces y cámaras; pero llamó, confiada, y al otro día se presentó en el estudio. Hizo papeles pequeños en sketches humorísticos. Al recordar esos tiempos, Andrea dice que es tímida, que le cuesta más hablar en grupos grandes. Nadie que la conozca, que la escuche enlazar una historia con otra, diría que sufre de timidez. El caso es que pronto, repitiendo una y otra vez esas apariciones, se sintió estancada.
— Quería algo más, así que comencé a buscar en los periódicos y en los directorios. Entonces se me ocurrió meterme en una agencia de modelaje.
Pero los acontecimientos, tan caprichosos, arrastraron a Andrea por otro camino. Para modelar le pedían una plata inalcanzable para ella en esa época; entonces se dio cuenta de que en una habitación contigua al casting estaban presentando un programa de televisión. La presentadora, recuerda, tartamudeaba y se veía muy nerviosa, incómoda. Preguntó si podía “hacer de presentadora”, y fue al día siguiente. De nuevo las cosas conspiraron a su favor:
—La presentadora no fue; entonces me preguntaron si yo sabía hacerlo, y pues obvio dije que sí — Andrea sonríe— . Claro, yo había leído el periódico en voz alta, frente al espejo.
Entrar a la televisión fue un paso definitivo en el destino de Andrea, y lo que la llevaría, más tarde, al cine porno. En el estudio estuvo, pues, presentando con soltura desde el primer día. El programa se emitía todos los miércoles en vivo, por lo que no había espacio para el error o el tartamudeo. No era un trabajo remunerado, pero qué más daba, porque Andrea, más que el dinero, quería aprender, darse a conocer; la movía la ambición personal, las ganas de hacer algo, de ser alguien.
Y gracias a esa ambición, a ese deseo interior, Andrea se convirtió muy pronto en la directora del programa. A la par, con la intención de pagarse los pasajes, trabajó como promotora de licores en supermercados, una actividad que a la larga habría de aburrirla y de empujarla, una vez más, a la industria del sexo.
En esas llegó una propuesta: el canal buscaba proyectos nuevos, es decir, programas especializados en temas diversos. Eran días de furor en la televisión local, y al aire había programas sobre cocina, moda, fiesta, deportes extremos… Pero no había, pensó Andrea, nadie que hablara de sexo. ¿Era tabú? Quizá; pero también era cierto que había una audiencia interesada por el tema, con ganas de aprender.
— Yo tenía apenas 18 años— recuerda Andrea— . Yo no sabía nada de sexo. ¿Qué iba a saber?
Sex Magazin, como se bautizó el programa, salió al aire con entrevistados: sexólogos, terapeutas, psicólogos, en suma, profesionales en el tema, pero que, además, daban consejos a parejas o llevaban reflexiones.. Andrea hacía casi todo, desde presentar y buscar a los invitados hasta escribir los guiones.
—Tenía que investigar mucho. Prestaba libros en la biblioteca, leía, hacía preguntas; en ese momento compré y leí mucho.
El programa comenzó con temas educativos como la disfunción eréctil o lo relativo al postparto, asuntos pedagógicos. Para entonces Andrea perdió el trabajo de promotora de licores, cosa buena para su carrera, al fin y al cabo, porque al necesitar plata se concentró en buscar pauta para su programa, y la encontró. Una tienda de sexo comenzó a patrocinar Sex Magazin, un alivio porque podía pagar al editor y a ella misma.
Con la pauta y el trabajo de Andrea, el programa se disparó en popularidad; si se subía a un taxi, por ejemplo, el conductor le preguntaba qué pastillas podía tomar para un mejor rendimiento; de revistas y periódicos la llamaron para hacerle entrevistas, y así, de a poquito, se fue convirtiendo en una pequeña figura pública en una ciudad tan pacata como Medellín.
El siguiente paso fue salir del estudio, escudriñar un poco, como un buen voyeur, en la vida sexual de la gente. Entonces fue descubrir un mundo: había grupos de personas que compartían parafilias como la podofilia, la excitación por los pies. Andrea iba a esas reuniones, hablaba con los asistentes, que le daban detalles de esa afición. Fue la comprobación de que en Medellín, de manera muy subrepticia, se movían clubes swinger, se practicaba el sadomasoquismo en mazmorras, en definitiva, de que existía una movida sexual que pocos conocían.
Como Andrea no se puede quedar quieta, como siempre está pujando un poco más, recibió, en aquel entonces, una propuesta que no desaprovechó: montar una tienda de sexo. Fue así como regentó Kamasutra. Quedaba en La Floresta y tenía las vitrinas transparentes, cosa rara para una época en que las tiendas de este tipo ponían ventanas oscuras, como si de algo clandestino se tratara.
Y así, siempre pujando un poco más, Andrea le pidió una cita al gerente de Cable Pacífico, pues le habían dicho que de la parabólica estaban buscando más canales especializados. Hasta el momento, como es lógico, no había en la televisión local un canal sobre sexo. Con la propuesta llegó donde el gerente, que estaba reunido con otra gente importante. Andrea esperó un momento, inquieta, hasta que el hombre se desocupó y se dispuso a escucharla. Pero antes le dijo que veía su programa, y elogió la elocuencia para hablar sobre sexo con un desparpajo como si hablara de “panadería o jardinería”.
Andrea, luego de esa buena antesala, explicó el proyecto al gerente. Fue una charla mucho más breve de lo esperado:
— Él me pidió que le enviara una parrilla, que necesitábamos, mínimo, 25 programas propios para empezar. Mierda, pensé: ¿qué es una parrilla?
Lo primero fue escoger el nombre: Kamasutra, como la tienda. Después vino lo más difícil, es decir, pensar los 25 programas. Para entonces Andrea recién había tenido a su hija mayor; por eso, de esos tiempos se recuerda acunando a la bebé con un pie, meciéndola para que durmiera, mientras ella se devanaba el caletre pensando en los benditos programas. Así nacieron Mentes G, pensado para personas homosexuales; también un programa sobre cine porno en el que se discutía sobre películas y directores; otro sobre posiciones sexuales en el que el presentador y la presentadora, ponchados por una cámara en un plano cenital, demostraban las posiciones. El canal salió al aire en 2005, y fue el primero sobre sexo que existió en Colombia en la modalidad “pague por ver”.
El éxito del canal, muy apalancado por el ruido que causó, fue casi inmediato. ¿Una mujer dirigiendo un canal sobre sexo? Era una cosa muy rara en esos tiempos de prejuicios. Andrea recibió llamadas de revistas, de periódicos, de blogs; todo el mundo quería saber cómo se hacía ese canal tan inusual, cómo era que una mujer se atrevía a tal cosa. En 2007, el diario 20 minutos, de España, reseñaba el reality “Los Pichones”, que se emitía por Kamasutra. Así lo explicaba el medio español:
“El canal de televisión por cable Kamasutra emite el reality Los pichones, cuyos participantes están dispuestos a mostrarse en la intimidad de la manera más explícita. Más de 800 personas ya se han suscrito para participar en el concurso. Entran al concurso como pareja y se distribuyen en uno de los dos equipos creados: el "felación" y el "cunilingus". El público juzga y vota. Si el sexo no es lo suficientemente obsceno o escandaloso, la pareja es expulsada”.
La fama del canal perduraría en el tiempo, pese a que salió de la parrilla en 2008. Andrea posó para la revista Soho en 2014 y allí, de nuevo, contó la historia del canal y su propia historia iniciática en la industria del porno. Pero volvamos a la primera década del 2000, cuando Kamasutra causaba tanto furor como escándalo. En España se enteraron de que en Colombia había una mujer que dirigía un canal sobre sexo. Quisieron conocer su experiencia y la invitaron al Festival de Cine Erótico de Barcelona.
— En Barcelona me encontré con el porno— recuerda Andrea—: me di cuenta de lo que movía como industria. Entonces me dije: esto es una chimba, yo puedo hacer cosas mejores.
De vuelta a Colombia, Andrea, siempre en movimiento, siempre buscando la acción, comenzó a reclutar actores para sus propias películas porno. La primera película fue lésbica, y se tituló Primas paisas. La razón de no incluir hombres fue la dificultad de encontrar actores con una respuesta sexual rápida, que pudieran mantener una erección y tener un buen desempeño.
— Yo monté el guion de esa película; me creí Steven Spielberg, Bueno, alquilé el bar swinger de Guía Cereza y rodamos cinco escenas sexuales, que es lo que debe tener una película; porque era una película, con historia y duración de 90 minutos, no como lo que se hace hoy para internet.
Andrea pensó, luego de producir Primas paisas, que no quería encasillarse en el porno lésbico. Y es que dentro de la industria, explica, hay nichos diversos: hay directores que, por ejemplo, solo ruedan escenas de hombre negro y mujer blanca; o que se dedican con exclusividad a encontrar actrices con el “clítoris gigante”. Para gustos los colores, pero Andrea no quería encerrarse dentro de un nicho. Por eso decidió buscar hombres para la segunda película.
Y vino otra aventura, el casting. Lo que hacían era regar la voz, decir que buscaban actores para una película porno. El anuncio salió inclusive en el desaparecido diario La Chiva. De todos lados salieron aspirantes, decenas de hombres convencidos de sus atributos, seguros de su rendimiento… hasta que pasaban al casting.
— Ellos pasaban y yo les decía: ¿puedes tener ya una erección? Algunos lo lograban, pero la mayoría no podía. Tres sacudidas y nada. Entonces los dejaba ver porno y les decía que volvía en cinco, diez minutos.
La segunda película se tituló Paseo sexual; donde participó el papá de Andrea como el líder de una banda de ladrones que se dedica a hacer paseos millonarios. En otra, grabada más adelante, hizo el papel de un sargento malo. Eran otros tiempos, recuerda Andrea, en los que se contaban historias, se esmeraban en escribir un guion coherente. En una familia diferente a la de Andrea sería impensable poner a actuar al papá; para ella fue natural, porque en casa siempre se habló de sexo a calzón quitao, para decirlo de manera coloquial. Lo más fácil, lo más cómodo fue echar mano de la familia, que no vio ningún inconveniente en aparecer frente a las cámaras. El sexo, al fin y al cabo, había sido un tema siempre sobre la mesa.
Kamasutra salió del aire en 2008 porque la parabólica fue adquirida por una conocida multinacional, que metió sus propios canales. Para esos tiempos, de igual manera, las producciones estaban migrando a internet. Andrea se reinventó una vez más; ya había sido actriz de teatro, presentadora, periodista, productora porno… ¿Qué más daba un cambio más, perseguir otra vez la acción? Entonces montó 7labios, la primera página porno de Colombia. El problema fue, al comienzo, monetizarla, pues en esa época no había sistemas de pago disponibles. La respuesta a esa dificultad la encontró en Estados Unidos, en los AVN, conocidos como los “Óscar del porno”. Allá la industria ya se había reinventado, ya se vendían suscripciones en grandes cantidades; el equivalente a hoy comprar un plan de Netflix o HBO, solo que el contenido era exclusivamente sexual. Andrea replicó el modelo y pudo vivir varios años de lo producido por 7labios.
El porno para internet era distinto. Ya no justificaba rodar películas de 90 minutos con guiones complejos; ahora lo que mandaba eran las escenas cortas, el sexo sin antesalas. Andrea no quería dar su brazo a torcer, es decir, no quería resignarse a grabar escenas sexuales sin contexto, sin historia. Así que se inventaba tramas cortas, reducidas, que dieran algo de sustento y suscitaran el morbo del consumidor.
Fue por esos años primerizos del internet que a Andrea le ofrecieron un nuevo reto: dirigir un programa sobre sexo en televisión, otra vez. Al lado de Cristian Cipriani, también director porno, presentó Switch, un programa que, dice Andrea, le trajo un gran reconocimiento, como había pasado antes con Sex Magazin:
— Yo salía a la calle y era una celebridad en Bogotá. Si iba a un restaurante, el chef salía a saludarme; todo el mundo tenía que ver con ese programa.
Fueron años frenéticos de hacer el programa a media noche, madrugar a grabar escenas porno: a Andrea le cayó justo un contrato para hacer 500, léase bien, 500 escenas de sexo para la productora norteamericana Penthouse. Eso era acunar a su segunda hija, grabar el programa, grabar una escena en la mañana, ir a un estudio y a otro, darles almuerzo a los actores, ofrecerles la ducha y prepararlos para otra escena. También había que hacer escenas en playas, lo que implicaba viajar fines de semana de Bogotá a la costa, con el agotamiento que eso implica.
— Ese ritmo lo aguanté un tiempo, hasta que me enfermé: un día me levanté y me desmayé, las piernas no me respondían. Me sentí fracasada al no tener tiempo para mis hijas, entonces dejé todo y me devolví para Medellín. Hoy Andrea vive en el Oriente de Antioquia, tranquila, con sus hijas; para ganarse la vida da conferencias, asesorías y consultorías a estudios que quieren recorrer el camino que ella misma abrió hace 20 años. Es una especie de gurú de la industria.
Viendo las cosas un poco desde la distancia, Andrea lamenta el porno que se hace ahora: escenas sin espíritu, sin historia, cortas y feas, sin pretensión estética. La enervan, además, las malas prácticas dentro de la industria, como los abusos sexuales y laborales contra actrices. De alguna manera ha vuelto al comienzo con un podcast en el que hace de presentadora y periodista, como en los tiempos de Sex Magazin. Lleva invitados, los entrevista, y hace lo que más le gusta: conversar, poner temas difíciles, pero también placenteros, sobre la mesa.
Escrito por: Ángel Castaño Guzmán, Miguel Osorio Montoya









