La noche en que decidió ser una perra
Antes de salir, ella se quedó varios minutos frente al espejo.
No estaba dudando.
Estaba disfrutando la anticipación.
Aquella noche no quería vestirse como la esposa correcta, la mujer prudente ni la señora que siempre pensaba dos veces antes de hacer algo.
Aquella noche quería ser otra.
—Hoy quiero ser una perra —murmuró mientras se miraba.
Y sonrió.
Llevaba un vestido negro, corto, ajustado y descarado, de esos que parecían diseñados para hacer que las miradas se quedaran pegadas. La tela abrazaba su figura, marcaba sus curvas y dejaba lo suficiente a la imaginación como para que cada hombre pudiera completar la fantasía en su propia cabeza.
El escote era atrevido.
La espalda, descubierta.
La falda, peligrosamente corta.
No era una ropa para pasar desapercibida.
Era una declaración.
Esta noche quiero que me miren.
Y ella sabía perfectamente que lo conseguiría.
Pero lo que terminaba de convertir su aparición en un espectáculo eran sus tacones.
Negros, altísimos, de unos veinte centímetros, con una plataforma atrevida y unos tacones de aguja que hacían que sus piernas parecieran interminables.
Sus pies, perfectamente cuidados, descansaban dentro de aquellos zapatos imposibles mientras ella caminaba con una seguridad que parecía desafiar la altura.
Tac.
Tac.
Tac.
Cada paso sonaba como una provocación.
Cuando llegó a la discoteca, la música estaba a todo volumen.
Luces.
Copas.
Risas.
Gente bailando.
Y entonces entró ella.
Varias cabezas giraron.
Después otras.
Un hombre dejó de hablar a mitad de una frase.
Otro fingió mirar hacia la pista.
Ella lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Y sonrió.
—¿Ya empezaron? —preguntó su amiga.
Ella tomó su copa.
—Yo apenas estoy entrando.
Su amiga se rio.
Ella caminó lentamente.
No tenía prisa.
Sabía que cada paso estaba siendo observado.
Veinte hombres, aproximadamente, habían reparado en ella.
Veinte miradas.
Veinte hombres preguntándose quién era.
Qué quería.
Si podían acercarse.
Si tendrían alguna oportunidad.
Y ella disfrutaba de cada segundo.
No necesitaba a ninguno.
Precisamente por eso la sensación era tan poderosa.
Podía escoger.
Podía rechazar.
Podía sonreír.
Podía hacer que un hombre creyera que tenía una oportunidad y, unos segundos después, dejarlo preguntándose qué había ocurrido.
—¿Qué te pasa? —le preguntó su amiga.
Ella la miró.
—Nada.
—No me digas que no estás disfrutando esto.
Ella volvió la mirada hacia los hombres.
—Estoy disfrutando muchísimo.
Y sonrió.
Esa noche había decidido dejar salir una parte de sí misma que normalmente mantenía bajo control.
La mujer correcta.
La esposa responsable.
La que pensaba antes de hablar.
La que no quería llamar demasiado la atención.
Esa mujer se había quedado en casa.
En la discoteca había llegado otra.
Una mujer atrevida.
Descarada.
Sensual.
Una mujer que quería ser mirada.
Una mujer que quería sentirse deseada.
Una mujer que quería comprobar cuánto poder podía tener una sonrisa.
—Esta noche quiero ser una perra —pensó.
La palabra le provocó una sonrisa.
No porque se sintiera mal por ello.
Sino porque aquella noche quería apropiarse de la palabra.
Ser una perra en el sentido más atrevido.
La mujer que sabía que estaba provocando y no hacía nada por detenerlo.
La mujer que podía mirar a un hombre y pensar:
Sí, cabrón. Sé que me estás mirando.
Y me gusta.
Comenzó a bailar.
Al principio lentamente.
Después con mayor seguridad.
No bailaba para un hombre específico.
Bailaba para la sensación.
Para la música.
Para las miradas.
Para esa energía que crecía cada vez que alguien intentaba acercarse.
Uno de los hombres se aproximó.
Le dijo algo.
Ella lo escuchó.
Sonrió.
Y, en lugar de responder inmediatamente, dejó que el silencio hiciera su trabajo.
El hombre sonrió nervioso.
Ella lo miró de arriba abajo.
Después volvió a mirarlo a los ojos.
—No te emociones tanto —le dijo—. Apenas estoy empezando.
Y se alejó.
Tac.
Tac.
Tac.
Su amiga la miró sorprendida.
—Eres una desgraciada.
Ella sonrió.
—No. Soy una zorra.
Las dos comenzaron a reírse.
Y la palabra le gustó.
Una zorra.
Inteligente.
Juguetona.
Peligrosa.
Una mujer que no corría detrás de nadie.
Una mujer que hacía que los demás quisieran seguirla.
Y mientras bailaba, empezó a pensar en la razón por la que había salido aquella noche.
Antes de llegar había dicho, medio en broma:
—Quiero un masaje con final feliz.
Pero ahora, rodeada de tantos hombres pendientes de ella, la frase ya no sonaba tan inocente.
Su amiga se acercó.
—¿Y tu famoso masaje?
Ella miró hacia la pista.
—Hay candidatos.
—¿Uno?
Ella sonrió.
—Muchos.
—¿Y cuál vas a escoger?
Ella bebió lentamente.
—Todavía no sé si quiero escoger tan rápido.
La idea le gustaba.
La tensión.
La espera.
La sensación de que todos querían acercarse, pero ninguno sabía cuál sería su reacción.
Ella podía provocar sin prometer.
Insinuar sin comprometerse.
Sonreír sin entregar nada.
Y eso la hacía sentirse peligrosamente poderosa.
Un hombre pasó cerca.
Ella lo miró.
Otro intentó llamar su atención.
Ella le sonrió.
Un tercero se quedó observándola desde lejos.
Ella sostuvo su mirada durante unos segundos y luego volvió a bailar.
El hombre sonrió.
Ella también.
Pero no se acercó.
Eso era lo que más le gustaba.
La incertidumbre.
La fantasía.
El deseo de no saber qué iba a ocurrir después.
—¿Qué carajos me está pasando? —pensó.
Y se respondió:
Me estoy divirtiendo.
Después se miró en el espejo de la barra.
El vestido.
Los tacones.
La sonrisa.
Las miradas.
Y pensó:
¿Y si soy una ninfómana?
La idea la hizo reír.
Una ninfómana.
Una mujer que nunca tenía suficiente atención.
Que cuanto más la miraban, más quería.
Que cuanto más la deseaban, más poderosa se sentía.
—Una ninfómana, una perra y una zorra —pensó—. ¿Y qué?
Luego volvió a mirar a los veinte hombres.
Y sonrió.
Además, soy una tremenda calienta-güevos.
La frase era vulgar.
Descarada.
Y precisamente por eso le encantaba.
Porque era exactamente lo que estaba haciendo.
Miraba.
Sonreía.
Provocaba.
Se acercaba lo suficiente para despertar el interés y después se alejaba.
No prometía nada.
Pero tampoco se esforzaba demasiado en apagar el fuego.
Su amiga volvió a preguntarle:
—¿En qué estás pensando?
Ella sonrió.
—En que esta noche estoy hecha una perra.
—Eso ya lo sé.
—Y una zorra.
—También.
—Y tal vez una ninfómana.
Su amiga soltó una carcajada.
—¡Estás imposible!
Ella levantó su copa.
—Y una calienta-güevos profesional.
Las dos rieron.
Pero, mientras lo decía, ella sabía que había algo de verdad en esas palabras.
Porque disfrutaba cada mirada.
Cada reacción.
Cada hombre que se preguntaba si tendría alguna oportunidad.
Y cuanto más la miraban, más quería seguir provocando.
La música subió.
Ella volvió a la pista.
Los veinte hombres seguían allí.
Algunos habían conseguido acercarse.
Otros continuaban observándola desde lejos.
Pero todos sabían quién era el centro de atención.
Ella.
La mujer del vestido negro.
La de los tacones imposibles.
La que caminaba como si fuera dueña del lugar.
La que sonreía como si conociera un secreto.
La que podía mirar a un hombre y hacerlo creer que tenía una oportunidad.
Y después dejarlo esperando.
Ella se sentía excitada por la situación.
Por el peligro de la fantasía.
Por la sensación de estar haciendo algo atrevido.
No quería conversaciones aburridas.
No quería hablar de la rutina.
No quería comportarse como una santa.
Esa noche quería deseo.
Tensión.
Miradas.
Juego.
Quería sentirse como una mujer que podía hacer lo que le diera la gana.
¿Qué carajos estoy haciendo?, volvió a pensar.
Y esta vez la respuesta fue inmediata:
Lo que me da la gana.
Sonrió.
Miró alrededor.
Veinte hombres.
Veinte miradas.
Veinte posibilidades.
Y entonces volvió a pensar en el masaje.
En el famoso “final feliz”.
La idea le cruzó la mente y le provocó una sonrisa lenta.
No necesitaba decirlo en voz alta.
No necesitaba explicarlo.
Bastaba con imaginarlo.
Y cuanto más imaginaba, más descarada se volvía la fantasía.
Entonces miró a los veinte hombres.
Y pensó:
«¿Y si esta noche no quiero escoger solo a uno?»
La idea la hizo sonreír.
«¿Y si quiero veinte masajes… y veinte finales felices?»
La fantasía era tan atrevida que tuvo que apartar la mirada.
Pero no pudo dejar de sonreír.
Porque esa noche no quería ser prudente.
No quería ser correcta.
No quería pensar demasiado en el día siguiente.
Esa noche quería ser una perra.
Una zorra.
Una mujer descarada.
Una mujer que pudiera entrar a una discoteca y hacer que veinte hombres se preguntaran si serían ellos los elegidos.
Y mientras la música seguía sonando, volvió a caminar hacia la pista.
Tac.
Tac.
Tac.
Los tacones golpearon el suelo.
Ella levantó la cabeza.
Sonrió.
Y pensó:
«Que miren, cabrones. Esta noche la zorra soy yo.»
Y fueron las miradas las que la siguieron.
Porque aquella noche había entrado buscando una fantasía.
Pero terminó descubriendo algo mucho más poderoso:
que podía convertirse en la fantasía de todos.








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