Eso pasó hace ya algunos años. Estábamos en un parche de sábado por la noche en una casa grande. Era de un muy buen amigo de mi novio y había más de veinte personas entre conocidos y amigos de amigos. La música estaba prendida pero no muy alta, había cervezas, aguardiente y algunos tomando ron. La gente conversaba en grupos por la sala y el patio.
Yo había llegado con mi novio y al principio estaba tranquila. Pero después de tres o cuatro tragos ya me sentía más suelta y animada. Mi novio empezó a pegarse mucho a mí, me pasaba la mano por la pierna por debajo del vestido corto, me apretaba el muslo y el culo, y me decía al oído lo rica que me veía y las ganas que tenía de cogerme.
Yo le repetía bajito que no, que ahí no, que había mucha gente y me daba miedo, pero él no me hacía caso. En un momento me agarró fuerte de la muñeca y me llevó casi arrastrando por el pasillo. Yo le decía que por favor no, que me daba pena, pero no me soltó.
Me metió en un cuarto lleno de cajas y cosas viejas. Apenas entramos le dije otra vez que no, que me daba miedo que alguien llegara, pero él me empujó contra la pared, me besó fuerte y me subió el vestido. Me bajó la tanga y me penetró de una sola vez, bien duro y profundo. Gemí rico, sin poder aguantarme. Le pedía que parara, pero él siguió cogiéndome más fuerte contra la pared, primero de frente y después por detrás, agarrándome duro de las caderas.
Mis senos se salían del vestido y yo gemía cada vez más, blanqueando los ojos del placer. En un momento levanté la mirada y los vi: dos amigos de él parados cerca de la puerta entreabierta, mirándome fijamente mientras me cogían. Quedé helada. Le dije brava y nerviosa:
—“Jueputa, vessss ¡Nos vieron!”
Él cerró la puerta de un solo golpe, pero siguió moviéndose sin parar. Yo ya no quería continuar, la vergüenza me estaba matando. Intenté empujarlo un poco, pero él me tenía bien agarrada de las caderas y no me soltaba. Seguía entrando y saliendo con fuerza, respirando pesado en mi cuello. Yo temblaba, con una mezcla de pena y calor que no podía controlar. Le susurraba que parara, que ya no, pero él aceleró el ritmo, apretándome más contra la pared. Al final dio unas últimas embestidas bien profundas y se vino entre mis muslos, soltando un gemido ronco mientras me abrazaba fuerte, dejando todo caliente y mojado entre mis piernas. Me quedé ahí pegada a la pared, con la respiración agitada y las piernas débiles.
Me arreglé el vestido como pude, con las manos temblando. Salí del cuarto brava y muerta de pena, queriendo irme ya de ese lugar. Nos quedamos un rato más, pero yo no podía ni mirar a la gente a la cara.
al día siguiente, me contó que él tampoco se había dado cuenta al principio de que ellos estaban mirando, pero los chismes ya estaban corriendo entre ellos. Yo me hice la seria y le reclamé, pero por dentro, después de esa vergüenza tan grande, me daba un morbo rico pensar en que me habían visto cómo me cogían: gimiendo sin control, blanqueando los ojos y completamente entregada contra esa pared mientras me penetraban fuerte.
Con el tiempo esa escena se me quedó grabada. Muchas noches la recordaba en detalle, tocándome despacito al pensar en las miradas de esos parceros clavadas en mí mientras mi novio me cogía duro. Por fuera siempre parecía la más calladita y tímida del grupo, pero por dentro esa noche despertó una parte de mí bien atrevida y caliente que nunca le conté a nadie. Esa soy yo, Tamy..







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