Una Prima lejana
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 10 min de lectura calendar_today Julio de 2026

Una Prima lejana

Todo comenzó cuando cuando una prima a la cual llamaré Mónica de 45 años yo Carlos de 40. Comenzamos a hacernos más cercanos a hasta esas edades. Ella vive y nacio en ney York.

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Todo comenzó cuando cuando una prima a la cual llamaré Mónica de 45 años yo Carlos de 40. Comenzamos a hacernos más cercanos a hasta esas edades. Ella vive y nacio en ney York. Yo la conocí por primera vez hace unos 5 años todo transcurrió con normalidad relación de primos. Ella vino en ese tiempo a mi país una dos veces. Ella no es muy bonita de cara pero se ve muy sexy, pechos pequeños pero se ven muy ricos, un cuerpo para su edad muy bien cuidado es muy delgada pero con buenas curvas. Hasta hace algunos meses, me escribió que tenía ya tiempo de no venir a nuestro país y que si yo podía ir por ella al aereopuerto. Todo normal solo que en trayecto me contó que ya tenía un año de separada. En su estadia todo normal la lleve a sitios turísticos etc. Se fue nuevamente pero la relación con ella se hizo mucho más cercana y de confianza nos escribíamos casi a diario me contaba sus cosas y yo a ella .

Hablamos de todo hasta que un día ella comenzó a hablarme de sexo. La conversación subió de tono se Puso muy hot así pasamos por varios días solo hablando de sexo. Ya sabíamos de todo los que nos gustaba a la hora sexo.

Yo me masturba mucho pensando cómo sería cogerme a mi prima más que ya sabía casi de todo lo que le gustaba a ella.

Hasta que le confesé que me gustaría coger con ella a lo que ella me dijo que también.

Pasaron los meses y ella decido venir de nuevo al país. Fui por ella y sin hablar mucho pero con nervios la lleve hotel y tuvimos el mejor sexo agregar todo lo sexo.

Pasamos uno 10 días cogiendo de lo más rico

El Reencuentro

Todo comenzó cuando mi prima Mónica, de 45 años —nacida y criada en Nueva York—, y yo, Carlos, de 40, empezamos a estrechar nuestra relación hasta llegar a esa etapa de nuestras vidas. La conocí por primera vez hacía unos cinco años; al principio, todo transcurrió con la normalidad propia de una relación de primos. En aquella época vino a mi país un par de veces. Aunque no era de rostro agraciado, poseía una sensualidad natural: pechos pequeños pero sumamente atractivos, y un cuerpo muy bien cuidado para su edad, delgado y dotado de curvas pronunciadas.

Hasta que, hace algunos meses, me escribió para decirme que llevaba tiempo sin visitarnos y me preguntó si podía ir por ella al aeropuerto. Todo parecía normal, pero durante el trayecto hacia la ciudad me confesó que llevaba un año separada. Durante su estancia la llevé a conocer sitios turísticos y compartimos como siempre. Sin embargo, tras su partida, nuestra complicidad se disparó. Nos escribíamos casi a diario, contándonos intimidades y detalles de nuestro día a día.

La Tensión Creció

Las conversaciones fueron derivando hacia terrenos más profundos hasta que, un día, Mónica sacó el tema del sexo. La charla subió de tono de inmediato, volviéndose sumamente explícita y provocativa. Pasamos varios días envueltos en mensajes cargados de deseo, confesándonos fantasías y descubriendo exactamente qué nos gustaba a cada uno en la intimidad.

Yo me masturbaba con frecuencia pensando en cómo sería poseerla, imaginando cada rincón de su cuerpo y sabiendo ya de antemano lo que la hacía enloquecer. La tensión acumulada era insostenible, hasta que finalmente me armé de valor y le confesé mi deseo irrefrenable de hacer el amor con ella. Su respuesta fue directa y excitante: ella sentía exactamente lo mismo.

La Explosión del Deseo

Pasaron los meses y Mónica decidió regresar al país. Volví a recibirla al aeropuerto; la atmósfera en el auto estaba impregnada de una electricidad palpable. Sin hablar demasiado, dominados por los nervios y la anticipación, desvié el rumbo y la llevé directamente a un hotel.

Apenas cerramos la puerta de la habitación, las barreras cayeron. Nos devoramos con una urgencia acumulada durante meses. Sus manos delgadas se aferraron a mi espalda mientras la despojaba de su ropa, dejando al descubierto ese cuerpo esbelto y curvilíneo que tanto había visualizado. La besé con pasión desenfrenada, recorriendo cada centímetro de su piel mientras ella gemía en mi boca, pidiéndome que no me detuviera.

Pasamos diez días enteros encerrados, dedicados por completo al placer. Hicimos el amor en cada rincón de la habitación: sobre la cama entre sábanas revueltas, de pie frente al espejo contemplando nuestros cuerpos unidos, y en la ducha mientras el agua tibia deslizaba por nuestra piel sudorosa. Experimentamos cada postura y cada una de las fantasías que habíamos conversado por chat. Cada encuentro era más intenso que el anterior, convirtiendo aquellos diez días en una experiencia inolvidable de pura y desbordante pasión.

Agregar más detalles al sexo

El Despertar en la Habitación

Apenas cerramos la puerta de la habitación del hotel, la tensión acumulada durante meses explotó sin previo aviso. Nos devoramos con una urgencia salvaje. La besé con hambre, absorbiendo sus labios mientras ella emitía un gemido ahogado que me encendió por completo. Mis manos recorrieron su cintura y sus caderas, sintiendo su cuerpo delgado pero de curvas perfectas, hasta llegar a su blusa y arrancársela casi por completo. Sus pechos pequeños, de pezones duros por la excitación, quedaron a mi merced; los tomé con mis manos y me abalancé sobre ellos, lamiéndolos y chupándolos con devoción mientras Mónica arqueaba la espalda, clavando sus uñas en mi espalda y pidiéndome con voz ronca que la tomara de una vez.

La desnudé por completo y la recosté sobre la cama. Me interpuse entre sus piernas, contemplando su cuerpo húmedo y tembloroso. Sin pensarlo dos veces, bajé mi rostro y comencé a besar su vientre, descendiendo lentamente hasta devorar su intimidad. Mis labios y mi lengua trabajaron sin tregua sobre su clítoris, haciéndola retorcerse de placer y gritar mi nombre mientras sus caderas se levantaban buscando mi boca con desesperación, hasta llevarla a un orgasmo estruendoso que la hizo temblar entera.

Diez Días de Pura Pasión

Aquello fue solo el comienzo de diez días donde el tiempo pareció detenerse y el mundo exterior dejó de existir. Vivimos por y para el placer, explorando cada centímetro de nuestros cuerpos con una libertad absoluta.

Frente al espejo: Una de nuestras tardes más intensas ocurrió frente al gran espejo de la habitación. La puse de espaldas, pegada a mi cuerpo, mientras contemplábamos en el reflejo cómo mi miembro penetraba hondo y rítmico en su interior. Ver sus ojos cerrados de puro éxtasis, sus pechos agitados y escuchar sus gemidos resonando en la estancia mientras yo aceleraba el ritmo me hizo alcanzar un clímax brutal, llenándola por completo mientras ella se venía al mismo tiempo.

Bajo la ducha: El baño se convirtió en otro de nuestros escenarios favoritos. Con el agua caliente cayendo sobre nosotros y mezclándose con nuestro sudor, la recargué contra los azulejos fríos. Su cuerpo húmedo se deslizaba contra el mío, haciendo que la fricción fuera insoportable y deliciosa. La tomé de pie, con fuerza y pasión desbordada, mientras el vapor empañaba los cristales y nuestros cuerpos se movían al compás del agua.

Sobre la cama deshecha: En las madrugadas, cuando el silencio lo invadía todo, nos despertábamos con ganas de más. Nos dábamos vuelta una y otra vez, probando posturas donde ella tomaba el control, sentándose sobre mí y cabalgándome con una maestría y un hambre insaciables, mientras yo le acariciaba los senos y le mordía los labios.

Cada uno de esos diez días fue una orgía de fluidos, besos profundos, caricias sin freno y miradas cómplices que sellaron un secreto ardiente entre nosotros, convirtiendo el reencuentro en la experiencia más intensa de nuestras vidas.

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El Reencuentro

Todo comenzó cuando mi prima Mónica, de 45 años —nacida y criada en Nueva York—, y yo, Carlos, de 40, empezamos a estrechar nuestra relación hasta llegar a esa etapa de nuestras vidas. La conocí por primera vez hacía unos cinco años; al principio, todo transcurrió con la normalidad propia de una relación de primos. En aquella época vino a mi país un par de veces. Aunque no era de rostro agraciado, poseía una sensualidad natural: pechos pequeños pero sumamente atractivos, y un cuerpo muy bien cuidado para su edad, delgado y dotado de curvas pronunciadas.

Hasta que, hace algunos meses, me escribió para decirme que llevaba tiempo sin visitarnos y me preguntó si podía ir por ella al aeropuerto. Todo parecía normal, pero durante el trayecto hacia la ciudad me confesó que llevaba un año separada. Durante su estancia la llevé a conocer sitios turísticos y compartimos como siempre. Sin embargo, tras su partida, nuestra complicidad se disparó. Nos escribíamos casi a diario, contándonos intimidades y detalles de nuestro día a día.

La Tensión Creció

Las conversaciones fueron derivando hacia terrenos más profundos hasta que, un día, Mónica sacó el tema del sexo. La charla subió de tono de inmediato, volviéndose sumamente explícita y provocativa. Pasamos varios días envueltos en mensajes cargados de deseo, confesándonos fantasías y descubriendo exactamente qué nos gustaba a cada uno en la intimidad.

Yo me masturbaba con frecuencia pensando en cómo sería poseerla, imaginando cada rincón de su cuerpo y sabiendo ya de antemano lo que la hacía enloquecer. La tensión acumulada era insostenible, hasta que finalmente me armé de valor y le confesé mi deseo irrefrenable de hacer el amor con ella. Su respuesta fue directa y excitante: ella sentía exactamente lo mismo.

La Explosión del Deseo

Pasaron los meses y Mónica decidió regresar al país. Volví a recibirla al aeropuerto; la atmósfera en el auto estaba impregnada de una electricidad palpable. Sin hablar demasiado, dominados por los nervios y la anticipación, desvié el rumbo y la llevé directamente a un hotel.

Apenas cerramos la puerta de la habitación, la tensión acumulada durante meses explotó sin previo aviso. Nos devoramos con una urgencia salvaje. La besé con hambre, absorbiendo sus labios mientras ella emitía un gemido ahogado que me encendió por completo. Mis manos recorrieron su cintura y sus caderas, sintiendo su cuerpo delgado pero de curvas perfectas, hasta llegar a su blusa y arrancársela casi por completo. Sus pechos pequeños, de pezones duros por la excitación, quedaron a mi merced; los tomé con mis manos y me abalancé sobre ellos, lamiéndolos y chupándolos con devoción mientras Mónica arqueaba la espalda, clavando sus uñas en mi espalda y pidiéndome con voz ronca que la tomara de una vez.

La desnudé por completo y la recosté sobre la cama. Me interpuse entre sus piernas, contemplando su cuerpo húmedo y tembloroso. Sin pensarlo dos veces, bajé mi rostro y comencé a besar su vientre, descendiendo lentamente hasta devorar su intimidad. Mis labios y mi lengua trabajaron sin tregua sobre su clítoris, haciéndola retorcerse de placer y gritar mi nombre mientras sus caderas se levantaban buscando mi boca con desesperación, hasta llevarla a un orgasmo estruendoso que la hizo temblar entera.

Diez Días de Pura Pasión

Aquello fue solo el comienzo de diez días donde el tiempo pareció detenerse y el mundo exterior dejó de existir. Vivimos por y para el placer, explorando cada centímetro de nuestros cuerpos con una libertad absoluta.

Frente al espejo: Una de nuestras tardes más intensas ocurrió frente al gran espejo de la habitación. La puse de espaldas, pegada a mi cuerpo, mientras contemplábamos en el reflejo cómo mi miembro penetraba hondo y rítmico en su interior. Ver sus ojos cerrados de puro éxtasis, sus pechos agitados y escuchar sus gemidos resonando en la estancia mientras yo aceleraba el ritmo me hizo alcanzar un clímax brutal, llenándola por completo mientras ella se venía al mismo tiempo.

Bajo la ducha: El baño se convirtió en otro de nuestros escenarios favoritos. Con el agua caliente cayendo sobre nosotros y mezclándose con nuestro sudor, la recargué contra los azulejos fríos. Su cuerpo húmedo se deslizaba contra el mío, haciendo que la fricción fuera insoportable y deliciosa. La tomé de pie, con fuerza y pasión desbordada, mientras el vapor empañaba los cristales y nuestros cuerpos se movían al compás del agua.

Sobre la cama deshecha: En las madrugadas, cuando el silencio lo invadía todo, nos despertábamos con ganas de más. Nos dábamos vuelta una y otra vez, probando posturas donde ella tomaba el control, sentándose sobre mí y cabalgándome con una maestría y un hambre insaciables, mientras yo le acariciaba los senos y le mordía los labios.

Cada uno de esos diez días fue una orgía de fluidos, besos profundos, caricias sin freno y miradas cómplices que sellaron un secreto ardiente entre nosotros, convirtiendo el reencuentro en la experiencia más intensa de nuestras vidas.

— raw121

27 de julio de 2026

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