—Descansá bien, puta —me dijo Lucas mientras me quitaba las esposas solo para ponerme otras más acolchadas—. Mañana va a ser peor. Mucho peor. Dormí todo lo que puedas.
Cerraron la puerta y me dejaron sola.
Extrañamente… me sentía parte del chiste. Rabia, humillación, excitación. Todo mezclado. Me limpié las heridas de las esposas, me unté con aceite las zonas más lastimadas, tomé un relajante muscular y me fumé un porro bien cargado. Me acosté en el colchón, tapada con las cobijas, y dormí como un bebé. Profundo. Sin sueños. Agotada y extrañamente satisfecha.
Al día siguiente me despertaron a patadas suaves en la camioneta.
—Arriba, piñata. Hoy vas a bailar.
Me hicieron poner de pie desnuda frente a todos. Había más tipos que la noche anterior. Me tiraron una lencería de cuero barata y horrible: un arnés que apenas cubría nada, con correas que me apretaban las tetas y dejaban el coño y el culo completamente expuestos. Me la puse temblando mientras ellos se reían y grababan.
Después trajeron la bolsa. Una malla gruesa, resistente, como una red de carga. Me obligaron a meterme adentro sentada en posición fetal. Me cerraron la bolsa con candados y me izaron con una soga hasta colgarme de una rama gruesa de un árbol grande. Quedé balanceándome a la altura perfecta de sus cinturas, como una puta piñata humana.
Empezaron a vitorear, a gritar, a rebuznar como animales. Me daban vueltas, me azotaban el culo y las tetas con la mano abierta, me empujaban para que girara. La malla se me clavaba en la piel.
El primero que se acercó fue un chico jovencísimo, casi un pendejo. Rubio, nervioso, con la polla dura como piedra.
—Este pagó una fortuna —dijo Lucas riendo—. Es virgen y lo único que quería era chuparte el culo. Dale, abrí las nalgas para él.
El chico se arrodilló detrás de la bolsa, metió la cara entre las mallas y empezó a lamerme el culo con desesperación. Lengüetazos torpes pero ansiosos, metiendo la lengua lo más profundo que podía. Yo gemía y me retorcía dentro de la red mientras los demás se cagaban de risa. El pendejo estaba en el paraíso.
Después vino lo peor… o lo mejor, según cómo se mire.
Empezaron a turnarse. Me cogían a través de la malla, metiendo las pollas por los agujeros de la red, follándome el coño y el culo mientras yo colgaba como un saco de carne. Me daban vueltas, me azotaban, me escupían.
Y entonces inventaron el nuevo juego:
—Adiviná quién te está cogiendo, Lore. Si fallás… te meamos encima.
Me metieron una polla gruesa en el coño. Empecé a jadear.
—¿Lucas? —intenté.
Mal. Era otro.
Se rieron y tres de ellos se acercaron. Me mearon encima mientras seguía colgada, el meado caliente chorreando por mi cuerpo, por la malla, metiéndose entre mis piernas. Asqueroso. Humillante. Y sin embargo mi cuerpo reaccionaba como la puta enferma que estaba descubriendo que era, más bien, que yp siempre he sabido que soy.
Otro me metió la verga hasta el fondo del culo.
—¿El pendejo virgen?
Fallé de nuevo.
Más meadas. Me empaparon la cara, el pelo, las tetas. El olor era fuerte, asqueroso. Yo tosía y escupía, pero no podía hacer nada.
El siguiente entró en mi coño con fuerza y empezó a bombear rápido.
Intenté adivinar otra vez… Falle de nuevo, naturalmente. Yo creo que habria unos 8 con lucas, que era el unico vestido, velandoq ue estuviera bien. Eso siempre se lo agradecere.
El que me estaba cogiendo en ese momento empujaba fuerte, pero controlado. Yo gemía dentro de la bolsa de malla, balanceándome, cuando de repente uno de los tipos —un hijodeputa grandote y medio borracho— se acercó por atrás y, en vez de meterla normal, intentó entrarme a puntapiés.
Me dio un golpe seco con la punta de la bota justo en el coño. Fuerte. Demasiado fuerte.
—¡Aushhh! ¡Duele, hijo de puta! —grité de verdad, retorciéndome de dolor dentro de la red.
Todo se detuvo de golpe.
Lucas y dos más se le fueron encima al idiota en segundos.
—¿Qué le pasa gran hijueputa ? —le gritó Lucas mientras le metía un calvazo en la cara que lo hizo tambalear.
El tipo intentó justificarse, pero recibió otro puñetazo en el estómago y después un puntapié en las costillas que lo tiró al suelo. Lo patearon entre varios mientras yo miraba desde arriba, todavía colgada y goteando. Me bajaron y me atendio uno dizque medico. Solo pedi quedarme quieta y recuperarme.
Me empecé a tocar. Metí dos dedos en mi coño mojado y empecé a gemir más fuerte, con voz entrecortada:
—Aushhh… duele… ese idiota me pegó fuerte…
Cada vez que decía algo, le daban más. Un calvazo. Otro puntapié. El muy pelotudo intentaba cubrirse en el piso mientras los demás descargaban toda la frustración contenida en él.
Yo seguía tocándome, me estaba doliendo, así que solo empece a fingir tocarme, pero me exitaba que le pegaran a ese imbecil.
. Esa sensación de poder era nueva y deliciosa aunque por el dolor, la verdad no me fue tan placentera como me habría gustdao. La frustración de todos esos machos calientes se estaba descargando en ese imbécil que no supo leer el límite, bueno, si me ponia un poquito cachonda. Es que yo no me merezco golpes, pirobo.
—Con el pie, maricon???… qué hijueputa—gemí, me meti tres dedos bien profundo mientras miraba a todos y les dije, se acabo la función. cómo le daban otra patada más fuerte en el costado. El tipo soltó un quejido y se quedó tirado, respirando con dificultad.
Lucas se acercó
—¿Estás bien? —preguntó bajito, solo para mí.
Asentí, mordiéndome el labio.
—Que le duela más —susurré.
Lucas sonrió y le dio una patada final en las pelotas al idiota, que se retorció en el suelo como un gusano. Lo arrastraron y lo sacaron del potrero. No lo volvimos a ver esa noche,. ni nunca a todas estas.
Dormi esa tarde-noche y el día siguiente sería el último. Todops se fueron. Se quedo lucas y dos manes mas echando pola y fumando bareta.
Al día siguiente
Me volvieron a subir y a balancear. Otra polla gruesa me entró en el coño de un empujón. Gemí fuerte.
—¿Lucas?
Fallé.
Tres tipos se acercaron y me mearon encima otra vez, el chorro caliente cayendo sobre mi cara, mis tetas y mi coño abierto. Me reí entre gemidos mientras me tocaba el clítoris, completamente empapada de pis y excitación.
El siguiente me metió la verga en el culo, profundo y lento.
—¿El pendejo virgen?
Fallé de nuevo.
Más meadas. Esta vez me abrieron la boca y me apuntaron directo. Tragué lo que pude, tosiendo y riéndome como una loca.
El pendejo virgen se acercó por fin, todavía nervioso pero con la polla chorreando. Le dejaron entrar primero en mi coño mientras yo seguía colgada y meada. Me cogió torpe pero con mucha hambre, agarrándome las tetas a través de la malla.
Yo gemía mirándolo a los ojos:
—Más fuerte… usame…
Y mientras él me cogía, los demás seguían turnándose, meando, azotando y follándome la boca cuando querían. La bolsa de malla se balanceaba como un péndulo sucio y lleno de semen.
¿Seguimos?






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