La que no es puta no disfruta
Lo conocí por un anuncio.
“Hombre mayor, limpio, con movilidad reducida, busca compañía discreta”. Mande mensaje más por curiosidad que por otra cosa. Me contestó educado, con ortografía perfecta y sin mandar foto de verga a la primera. Quedamos en un motel accesible que yo misma pagué, porque él no podía moverse solo y yo no iba a cargar con silla de ruedas ajena.
Cuando abrió la puerta de la habitación me encontré con un hombre de unos setenta años, delgado, de cara arrugada y ojos claros. Las piernas le colgaban inútiles, delgadas, sin fuerza ninguna. En cambio los brazos eran otra cosa: venosos, firmes, de alguien que lleva años impulsándose solo. Me sonrió con una mezcla de vergüenza y hambre.
—Gracias por venir —dijo—. Yo pago la próxima, si quiere.
Mentira. Nunca hubo próxima en la que él pagara. Siempre pagué yo: el motel, el lubricante, hasta la comida que pedíamos después. Él era limpio hasta lo obsesivo. Se había bañado antes, se había puesto colonia suave y tenía las uñas cortadas. Obediente también. Hacía exactamente lo que yo le decía, sin quejarse, sin pedir nada extra.
Lo subí a la cama yo misma. Me costó, pero sus brazos me ayudaron. Cuando lo desnudé vi que se le paraba sin problema: una verga delgada, rosada, completamente dura, contrastando con el resto del cuerpo viejo. Me sorprendió. Más me sorprendió cuando me pedí permiso con la mirada y, al dárselo, me abrió las piernas con esos brazos fuertes y me comió el coño como si se le fuera la vida en ello.
No era técnica de joven. Era hambre. Lengua ancha, constante, sin asco, sin descanso. Me chupaba el clítoris con una precisión casi cruel y después bajaba a meterme la lengua lo más profundo que podía. Cada vez que yo me arqueaba, él usaba la fuerza de los brazos para sostenerme las caderas y no dejarme escapar. Gemía contra mi coño como un animal. Me corrí dos veces seguidas con las manos enredadas en su pelo blanco, su barba de varios dias, sin poder creer que un cuerpo tan destruido de la cintura para abajo pudiera tener esa voracidad.
Después lo monté. Me bajé despacio sobre su verga y empecé a cabalgarlo.
Él no podía empujar con las piernas, pero con los brazos me levantaba y me bajaba a su ritmo, como si yo no pesara. Me miraba todo el tiempo. Me decía cosas suaves: que olía rico, que se sentía vivo, que hacía años nadie lo tocaba así. Yo le contestaba poco. Solo gemía y lo usaba.
En un momento, por puro bmorbo y ya ves que soy bien curiosa, le pregunté si no sentía nada en los pies
- nada mi amor.
Me le baje, me puse de pies (yo si puedo) y me metí una de sus patas descuidadas en la chochita. Le puse un condon y me masturbe a gusto con sus patas. El Cucho, sin sentirlo, estaba feliz de poder verme gimiendo de placer y arqueando los ojos. Lo volví a montar y le di un par de cachetada, que no debería porque discapacitado y que de más. Pero creo que le gustó eso. Que no lo vi con lástima. Deje que su hambre se consumiera en mi carne y su deseo hallará alivio. Que ese río de semen tuviera un mar de culo para venirse, porque en efecto con otras cabalgadas de espaldas termino llegando dentro del condom.
Cuando se corrió dentro de mí, me abrazó con una fuerza que casi me duele. Esos brazos poderosos me apretaron contra su pecho flaco y se quedó temblando. Yo me dejé un momento, respirando su colonia barata y el olor a sexo viejo.
Ahí empezó el problema.
En los días siguientes me escribió demasiado. Mensajes largos, educados, agradecidos. Me decía que yo le había devuelto algo que creía perdido. Que soñaba conmigo. Que si yo quería, él podía intentar conseguir un poco más de plata para no hacerme pagar siempre. Yo le contestaba corto. Cada vez más corto.
La última vez que lo vi fue en el mismo motel, otra vez con mi plata. Me lo follé igual de rico: su lengua de demonio entre mis piernas, sus brazos cargándome, su verga obediente dentro de mí. Cuando terminamos, me agarró la mano con las dos suyas y me dijo, con voz quebrada:
—Creo que me enamoré de usted.
Me quedé quieta. Le sonreí apenas, le limpié el sudor de la frente y le contesté la verdad más fría que pude:
—Ese no es mi rollo.
Me vestí. Pagué la habitación otra vez. Lo dejé en la cama, con las piernas inútiles y los brazos fuertes colgando a los lados, mirándome salir.
A veces todavía me escribe.
Yo casi nunca respondo.
Me siento mal, sí.
Pero no lo suficiente como para volver y darle lo que él necesita.
Porque yo solo quería que me comiera el coño como un condenado.
Y eso ya lo tuve.








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