Era un tipo de unos cuarenta, cuerpo común, verga gruesa y esa cara de quien nunca se ha atrevido a pedir lo que realmente quiere. Yo sí me atreví por los dos. Apenas cerré la puerta lo empujé contra la cama y le bajé el pantalón de un tirón. Me arrodillé y se la metí a la boca sin preámbulos. La chupé profundo, con saliva espesa, mirándolo a los ojos mientras le llenaba la garganta. Él gemía y me agarraba el pelo, pero yo mandaba el ritmo.
Cuando ya estaba bien duro, lo volteé a la fuerza. Lo puse de rodillas en la cama, le abrí las nalgas con las dos manos y le escupí directo en el culo. Después le pegué la boca. El beso negro fue lento al principio, después sucio y profundo. Le metí la lengua lo más adentro que pude, chupando, lamiendo, dejando que el sonido húmedo llenara la habitación. Él temblaba y apretaba las sábanas. Cada vez que intentaba decir algo, yo le apretaba más las nalgas y seguía comiéndoselo.
Me cansé de estar abajo. Lo obligué a darse la vuelta otra vez y a recostarse con la cabeza hacia el borde de la cama, boca arriba, mirándome desde abajo. Me subí encima de su cara, pero no para que me chupara. Me acomodé a horcajadas sobre su pecho y le agarré la cara con una mano.
Primero le escupí.
Un escupitajo grueso, directo en la jeta. Le cayó en la mejilla, en la boca entreabierta, en un ojo. Él parpadeó sorprendido, pero no se movió. Yo sonreí y le escupí otra vez, más lento, dejando que la saliva le escurriera por la barbilla.
—Abre la boca —le ordené.
Obedeció. Le dejé caer más saliva adentro y después me corrí un poco hacia adelante, todavía encima de él. Me concentré. El chorro salió caliente y constante. Le oriné directo en la cara. Primero en la frente, después en los ojos, en la nariz, en la boca abierta. Él tosió, se atragantó un poco, pero no apartó la cara. El líquido le corría por las sienes, le mojaba el pelo y le caía al colchón. Yo me reí bajito mientras terminaba de vaciarme sobre él.
Cuando paré, su cara estaba brillante, chorreando, con la boca todavía abierta y los ojos entrecerrados. Me bajé, le di la vuelta otra vez y le volví a pegar la boca al culo, chupándole el sabor mezclado de saliva y orina que le quedaba en la piel. Después me tragué su verga otra vez, ahora con el gusto de todo lo anterior todavía en la lengua.
Lo follé la boca hasta que se corrió. Se vino profundo, ahogándose un poco, con la cara todavía mojada y el cuerpo temblando. Yo me quedé arrodillada mirándolo: rojo, sucio, derrotado y más duro de lo que había estado en toda la noche.
Esa fue la versión más enferma que le di.
Y por la forma en que me miraba desde el colchón empapado, supe que iba a volver a pedirla.







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