—Esta noche no vas a ser de uno. Vas a ser de dos. Y vas a aprender lo que es ser usada por completo.
Me vistió él mismo otra vez: el mismo vestido negro cortísimo, sin nada debajo, tacones y el collar de cuero con la cadena larga. Me llevó a un loft amplio, oscuro, con solo unas luces tenues. Había dos hombres esperando. Uno alto y delgado, el otro más robusto, ambos con esa mirada que ya conocía: la de quien sabe que ha pagado y puede tomar.
Mi Amo les habló sin mirarme:
—Tres horas. La usan como quieran. Culo, boca, coño… todo está disponible. La dejan cansada y marcada, pero no rota. El dinero ya está transferido.
Ellos asintieron. Mi Amo se acercó a mí, me tomó la cadena del collar y me obligó a mirarlo a los ojos.
—Vas a culear con los dos. Vas a correrte cuando ellos quieran. Y cuando yo regrese, me vas a contar cada embestida, cada gemido, cada gota que te hayan dejado dentro. ¿Entendido, puta mía?
—Sí, Amo…
Se fue. La puerta se cerró. Y ahí quedé, sola con ellos.
El más alto fue el primero en tocarme. Me giró, me levantó el vestido hasta la cintura y me abrió las nalgas con fuerza. El robusto se puso enfrente, se bajó el pantalón y me empujó la cabeza hacia su verga. Me la metió entera de un solo movimiento. Mientras yo la chupaba, el de atrás escupió en mi culo y entró sin avisar. Un empujón seco, profundo, que me hizo gemir alrededor de la verga que tenía en la boca.
Me usaron así un rato: uno por delante, otro por detrás. Me sujetaban el collar como si fuera una rienda. Me movían de un lado a otro. Cuando el de atrás se corrió dentro de mi culo, el de adelante me levantó, me puso de espaldas sobre la mesa baja y me abrió las piernas. Entró en mi coño todavía resbaloso del semen del otro. El segundo se acercó otra vez y me obligó a chuparlo limpio mientras me culeaban.
Después me pusieron de rodillas en el suelo. Uno se metió en mi boca, el otro en mi culo otra vez. Me balanceaban entre los dos. Cada vez que uno empujaba, el otro salía un poco. Yo solo gemía, babeaba y dejaba que me usaran. El collar tiraba de mi cuello cada vez que movían la cadena. Me corrí dos veces así, sin que nadie me tocara el clítoris… solo con el culo lleno y la boca ocupada.
En un momento me levantaron entre los dos. El robusto se sentó en el sofá y me hizo montarlo de espaldas, metiéndome el culo hasta el fondo. El alto se puso frente a mí y me folló la boca con fuerza, agarrándome el pelo. Me tenían suspendida entre ellos. Cada embestida del de abajo me empujaba contra la verga del de arriba. Me corrí otra vez, temblando, con lágrimas de placer rodándome por la cara.
Cuando se cumplieron las tres horas, yo estaba hecha un desastre: el vestido hecho jirones, el culo rojo y abierto, el semen de los dos escurriéndome por los muslos, la boca hinchada y el collar todavía puesto. Ellos se vistieron, me dejaron tirada en el sofá y se fueron cuando llegó mi Amo.
Él entró, me miró un largo rato y sonrió.
—Ven.
Me levantó, me puso de rodillas frente a él y me abrió la boca.
—Limpia. Y mientras lo haces, cuéntame cómo se sintió tener dos vergas al mismo tiempo… cómo te abrían el culo entre los dos… cómo te corriste siendo de ellos por unas horas.
Esa noche me culeó lento, profundo, recuperándome. Me dejó el semen de él encima del de los otros. Me besó el collar y me susurró:
—Eres mía. Aunque te venda a diez, sigues siendo mía.
Y yo, con la voz rota y el cuerpo temblando, solo pude decir:
—Sí, Amo… siempre tuya.
¿Quieres que te cuente qué pasó la mañana siguiente… o la vez en que me vendió por toda una noche completa?








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