Como comenzo a ser infiel mi esposa
Relato de comunidad Hetero: Primera vezschedule 6 min de lectura calendar_today Agosto de 2026

Como comenzo a ser infiel mi esposa

Esta es la cuarta parte de la historia de mi esposa siendome infiel con su entrenador, aqui relato como comenzo todo.

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Todo empezó exactamente hace cuatro meses, un martes por la noche. Valentina había decidido volver al yoga después de casi dos años de pausa por los embarazos y la cirugía. “Necesito reconectar con mi cuerpo”, me dijo esa tarde mientras se ponía la malla negra ajustada frente al espejo. Yo la vi hermosa: alta, esbelta, con esa piel muy blanca que brillaba bajo la luz del cuarto, el abdomen plano y firme de la abdominoplastia, los senos altos y redondos que ahora se veían más juveniles. Le di un beso y le deseé buena clase. No imaginé que esa sería la noche en que todo comenzó a cambiar.

Llegó al estudio premium de Fusagasugá nerviosa pero ilusionada. El salón era amplio, con espejos que reflejaban cada movimiento, luces tenues y un aroma suave a incienso. Se colocó en la tercera fila. Cuando Mateo entró, ella lo notó de inmediato. Alto, piel aceitunada, brazos tatuados, voz grave y calmada que guiaba la clase con autoridad. Durante la práctica, Mateo pasaba entre los alumnos corrigiendo posturas. Cuando llegó a Valentina, puso una mano firme pero suave en su lumbar y la otra en su abdomen plano.

—Baja un poco más la cadera… así, perfecto —le dijo cerca del oído, su aliento cálido rozándole la nuca.

Valentina sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y se concentró en el piso. “Es solo un instructor”, se dijo. Al terminar la clase, él se acercó de nuevo mientras ella recogía su mat.

—Bienvenida de vuelta. Se nota que tu cuerpo ha cambiado mucho después de la cirugía. ¿Cómo te sientes?

Charlaron dos minutos. Nada más. Ella le contó brevemente lo de la abdominoplastia y el levantamiento de senos. Mateo la escuchó con atención, mirándola a los ojos, y le dijo con una sonrisa sincera:

—Pues el resultado es impresionante. Te ves fuerte y… muy femenina.

Valentina se sonrojó, murmuró un “gracias” y se fue rápido al carro. En el camino a casa sintió una culpa rara, como si hubiera hecho algo malo solo por haber disfrutado el cumplido. Esa noche me cogió con más ganas de lo habitual. Yo no entendí por qué, pero me encantó.

La segunda y tercera clase fueron parecidas. Mateo la corregía más veces que a las demás. Sus manos se quedaban un segundo más de lo necesario en su cintura, en la parte baja de su espalda, rozando apenas la curva de su culo cuando ajustaba una postura. Valentina sentía el calor de sus palmas en su piel blanca y se reprendía mentalmente: “Es casada, tiene dos hijas, ¿qué estás pensando?”. Después de clase, él siempre encontraba una excusa para hablarle un momento: “¿Cómo va la recuperación del core?”, “¿Sientes más movilidad ahora?”. Las conversaciones eran inocentes, pero había algo en su mirada, en la forma en que la observaba, que la ponía nerviosa.

Pasaron dos semanas así. Valentina empezó a pensar en Mateo más de lo que quería admitir. En la ducha, mientras se enjabonaba, recordaba sus manos. Por las noches, cuando me cogía en misionero, a veces cerraba los ojos y fantaseaba un segundo con esa voz grave. Se sentía culpable. Muy culpable. Me besaba con más ternura después, como pidiendo perdón en silencio. Una noche, mientras usaba el Satisfyer y yo la follaba, se corrió más fuerte que nunca y luego me abrazó fuerte, casi con lágrimas.

—Te amo tanto, Alejandro… —susurró.

Pero siguió yendo al yoga.

La tercera semana las conversaciones después de clase se hicieron un poco más largas. Mateo le preguntó por las niñas, por la vida en el conjunto cerrado, por cómo se sentía como mamá y esposa. Valentina le contó un poco de su rutina, de lo cansada que a veces estaba, de cómo había dejado de sentirse deseada del todo después de los partos. Él la escuchaba con atención real, sin presionar. Una noche, al despedirse, le rozó el brazo con los dedos y le dijo bajito:

—Eres una mujer increíble, Valentina. No dejes que el día a día te haga olvidar eso.

Ella llegó a casa con el corazón acelerado. Esa noche no quiso sexo conmigo. Dijo que estaba muy cansada. Se quedó mirando el techo pensando en él.

Los mensajes en Telegram empezaron inocentes. Primero solo el grupo de la clase. Luego Mateo le escribió privado: “Hola, Valentina. ¿Cómo te sentiste hoy con la postura del guerrero? Si quieres, te paso una variación más suave para tu abdomen”. Ella respondió educadamente. Poco a poco los mensajes se volvieron más personales. “¿Cómo va todo en casa?”, “¿Te sientes más fuerte ya?”. Valentina respondía, pero siempre con culpa. Borraba los chats antes de llegar a casa.

La cuarta semana, después de una clase especialmente intensa, Mateo la invitó a quedarse un momento más. El salón ya estaba vacío. Le mostró una secuencia de estiramiento en el piso. Mientras la corregía, sus manos se posaron en sus caderas y se quedaron ahí. Valentina sintió su aliento en el cuello. El corazón le latía tan fuerte que pensó que él lo notaría.

—Mateo… tengo que irme —dijo, nerviosa, poniéndose de pie.

Él no insistió. Solo la miró a los ojos y murmuró:

—Entiendo. Pero si algún día quieres hablar… o desahogarte… aquí estoy.

Valentina se fue temblando. Esa noche me cogió con una mezcla de culpa y deseo. Me montó encima, algo que casi nunca hacía, y se corrió fuerte, mordiéndose el labio para no gritar un nombre que no era el mío.

Pasaron diez días más de tensión. Valentina luchaba consigo misma. Se repetía que era una mujer casada, una mamá, que no podía hacerle eso a su familia. Pero cada clase se ponía más nerviosa cuando Mateo entraba. Cada roce “accidental” la dejaba mojada. Cada mensaje inocente la hacía sonreír como una adolescente.

El primer beso ocurrió un jueves, casi un mes después de la primera clase. La clase había terminado tarde. Todos se habían ido. Mateo la ayudó a guardar los mats y, de repente, el silencio se volvió pesado. Él se acercó despacio.

—Valentina… llevo semanas queriendo hacer esto.

La besó. Suave al principio, casi preguntando permiso. Valentina se quedó paralizada un segundo… y luego respondió. Fue un beso largo, profundo, lleno de culpa y deseo acumulado. Sus manos temblaron cuando las puso en el pecho de él. Se separaron jadeando.

—No puedo… estoy casada… —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas.

Mateo no insistió. Solo le acarició la mejilla y dijo:

—Lo sé. Y respeto eso. Pero si algún día quieres más… solo dilo.

Valentina llegó a casa esa noche destrozada de culpa. Me abrazó fuerte, me dijo que me amaba y lloró en silencio mientras yo dormía.

El primer sexo completo tardó otras dos semanas más.

Fue después de una clase en la que Mateo le había enviado un mensaje antes: “Hoy quédate un rato después. Solo hablar, lo prometo”. Valentina sabía que era mentira, pero fue igual. En el vestuario pequeño, solos, la tensión era insoportable. Se besaron otra vez, más urgente. Las manos de Mateo recorrieron su cuerpo con lentitud, respetando cada vez que ella dudaba. Valentina temblaba.

—Mateo… esto está mal… tengo hijas… tengo un marido que me ama…

—Lo sé —susurró él contra su cuello—. Podemos parar ahora mismo si quieres.

Ella no quiso parar.

Se quitaron la ropa con manos temblorosas. Mateo la besó por todo el cuerpo, despacio, saboreando su piel blanca. Cuando entró en ella, Valentina soltó un gemido largo, ahogado, de placer y culpa mezclados. Fue lento al principio, profundo, mirándola a los ojos. Ella se corrió llorando de placer, abrazándolo fuerte. Mateo se corrió fuera, respetando su miedo a quedar embarazada.

Después, Valentina se vistió en silencio, con lágrimas en los ojos.

—No sé si puedo volver a hacer esto… —dijo.

Pero ambos sabían que sí podía. Y que lo haría.

Esa fue la primera vez. El comienzo real. Y desde ahí, todo se aceleró poco a poco… pero nunca dejó de haber culpa, nunca dejó de haber esa lucha interna que hacía que cada encuentro fuera más intenso.

— kairos34

5 de agosto de 2026

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