Manos en las caderas, en las tetas, en el culo. Me subieron el vestido otra vez y me tocaron sin permiso, como si ya fuera de ellos.
Yo dejé que me usaran un rato.
Los dejé creer que habían ganado.
Me arrodillé. Les chupé a dos por turnos mientras los otros me miraban y se tocaban. No lo hice con ganas.
Lo hice con precisión. Sucio, sí, pero calculado. Cada vez que uno se emocionaba de más, yo me detenía, los miraba y sonreía. Los tenía calientes y frustrados al mismo tiempo. Eso era parte del plan.
Jaime fue el que más insistió. Me empujó hacia el sofá, me abrió las piernas y se bajó el pantalón. Yo lo dejé entrar. No porque me gustara. Sino porque necesitaba que creyera que me tenía. Se movía torpe, acelerado, como quien hace rato no folla algo que de verdad le excite. Los otros esperaban turno.
Uno me metió los dedos en la boca. Otro me apretaba una teta. El ambiente era pesado, de hombres viejos y borrachos que se sentían poderosos porque una muchacha más joven estaba ahí. Me sentía excitada, pero ya tenía decidido que hacer...
Cuando Jaime se corrió, rápido y sin gracia, me limpié con el dorso de la mano y me paré. Me acomodé el vestido. Los miré a los cuatro.
—Eso es todo por ahora.
Jaime todavía estaba recuperando el aliento.
—¿Cómo que eso es todo?
Saqué el celular y les mostré la hora.
—Me voy. El carro ya viene. Y los billetes se quedan conmigo.
Uno de ellos protestó. Otro se rió nervioso. Jaime puso cara de ofendido, como si yo le debiera algo más. Yo me agaché, recogí el dinero que había sobre la mesa, lo conté despacio delante de ellos y me lo guardé entre las tetas.
—Les contaste a tus amigos que soy tremenda perra —le dije a Jaime, mirándolo fijo—. Y sí lo soy. Pero no con cualquiera. Y mucho menos gratis. Quizás en otro momento.
Me di la vuelta. Nadie me detuvo. El conductor ya estaba afuera. Subí al carro con el olor a cigarrillo y sexo todavía en la piel, el dinero apretado contra el pecho y una sonrisa pequeña, fría.
Esa noche no me corrí.
No hacía falta.
Me fui con la plata, con la dignidad intacta a mi manera, y con la certeza de que esos cuatro cauchos se quedaron con la verga tibia y la historia a medias. Exactamente como yo quería.
Porque al final, la que no es puta… no disfruta.
Pero la que sí lo es, decide con quién y a qué precio.
Hubo sin embargo momento de nuevo con ellos, pero eso es otra historia.







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